La poesía es quizá el único género literario que puede convocarnos a leer en pocas páginas la historia del hombre; es quizá ella la poseedora de un don místico capaz de amainar la nostalgia y la dureza de la guerra, y adentrarnos por las calles polvorientas de la memoria, espacio donde el recuerdo se convierte en reserva sagrada de todos aquellos que le apuestan a la vida, aunque sea ésta el objetivo predilecto de lo absurdo. Para defender la vida de lo absurdo está el arte, la armonía, y para este noble fin el poeta tiene en su poder sutil pero omnímodo de la palabra. La palabra exorciza, capotea lo que no tiene salvación, lo que destruye, puede atreverse a medir fuerzas y entregar lo material de su vitalidad para recuperar su espíritu. Quien hace esto podrá aventurarse por los lugares místicos y transparentes de la poesía y decir, como el poeta que hoy nos ha llamado a escuchar su canto:
"Cuando tú desaparezcas, oh violencia
sorda, ciega y mísera
la muerte llegará sin aspavientos
sedosa y muda
el día de la cita y no la víspera".
Olas de lágrima y risa, libro de poesía de Fernando Alirio López, infiere de lo terrígeno alientos espirituales. Su poesía sigue un proceso biológico, de re- nacimiento, donde recupera la trascendencia de la palabra hasta llevar al hombre a reconocer sus falencias, a liberar su espíritu y alcanzar consciencia sobre todo cuanto lo rodea, para afincar allí sus recuerdos y valerse de ellos para hallar nuevas posibilidades a la vida. Esta postura existencial, moldeada como cinta de moebius, lleva al poeta a volver sobre sus primeros años y preguntarse:
"¿Qué será después de mí, ya en tierra firme,
obligado a conquistar un mundo
que no se asemeja a ningún sueño?"
En cada pregunta, en cada vuelta al cosmos, observa lo impotente que ha sido el ser humano frente a la grandeza de la vida, y es en este punto de la obra donde al poeta el determinismo parece permitirle las últimas preguntas, antes de él comenzar a responder las que el mundo con antelación le había hecho. Al volver sobre las trochas, ríos y montañas, el poeta descubre que su mirada ya no inquieta como antes y que el tiempo a toda hora se confunde con la noche. Pero conciente de su búsqueda, se siente partícipe de la naturaleza, de su designio terrígeno, y frente a tanta impotencia acepta su finitud, no sin antes dejar como testimonio sus poemas, pretendiendo reservar el camino de regreso, si algún día la vida quiere apoyar en ellos su defensa y sus misterios.
La lectura de olas de lágrima y risa convoca al silencio, actitud mediadora entre el dolor y la alegría, secreto guardado a quienes han comprendido que es aquel -el silencio- el mejor camino para esquivar la tragedia, dispersar la muerte para que no asalte, sino que llegue pausada como la vida misma lo exige.