domingo, 2 de agosto de 2015

Fronteras del destino




Fronteras Del Destino
Novela.

A la memoria de Aníbal Valdés, quien me entregó el eslabón madre para que escribiera esta historia.






Uno

John Fitzgerald Kennedy, al despertarse el 21 de noviembre, sintió como si la historia lo llevara de la mano para mostrarle su vida, igual que a un personaje de ficción al que debían pasar de capítulo para que la novela no se cortara de manera abrupta ni el final se estropeara. Se persignó. Pensó en sus hijos Carolina y John Junior. Los llamó en voz baja, como creyéndose a salvo en la peor de las tormentas, y los vio como dos balsas que no se apartaban de la playa por muy fuertes que fueran los vientos. Pensó en Jackeline, quien había regresado a la Casa Blanca para acompañarlo en la recepción de los jueces, y terminó por aceptar que él hacía parte del curso de la historia y ahora las aguas del gran río humano querían devolverlo a su cauce y recoger sus ideas, para dinamizar el nivel de compromiso que muchos de sus compatriotas habían adquirido. Sonrió, censuró sus pensamientos románticos y antes de ponerse en pie intentó alejar de su memoria los sones de la Banda de Cuerdas de la Marina y de la Orquesta de Cuerdas de la Fuerza Aérea, de la noche anterior. Las melodías que alegraron el baile empezaron a borrarse cuando volvió a su memoria el poema de Alan Seeger, Tengo una cita con la muerte. Se miró en el espejo del armario y sintió que el tiempo caprichosamente se detenía. Tomó en su mano una de las fotografías que su hija Carolina había incrustado entre el espejo y el marco del armario, y repitió en voz baja los versos favoritos del poema:
“Tal vez me tomará de la mano
Y me conducirá a su tenebrosa tierra
Y cerrará mis ojos y apagará mi aliento
Pero tengo una cita con la muerte”.
El Presidente repitió los versos. Recordó al escritor Aldous Huxley, quien se hallaba enfermo, y se conmovió al encontrar gran similitud entre la visión pacifista y social que este pregonaba en sus obras literarias y su labor al frente de la Casa Blanca. Pensó en que nada debía condicionar la felicidad y que era un deber de cada ser humano conquistarla. Su imagen reflejada en el espejo mostraba su cabello castaño con mejor tonalidad, más parejo, y la piel alrededor de sus labios cuarteada. No se retiró del armario, recordó al escritor, los momentos difíciles por los que estaba pasando y la manera sensata como los medios de comunicación seguían la evolución de su enfermedad. El viaje próximo a Texas, y la agitación social que se vivía en otros Estados del sur, lo alarmaron; solo la imagen del espejo volvió a concentrarlo en la agenda del día. Su espalda ancha, atlética, y sus 1,82 metros de estatura parecían ayudarle a resistir el peso del globo terráqueo que daba sacudones y le hacía perder el equilibrio. Sus cuarenta y seis años de edad y las adversidades que la vida le había encomendado vencer le recordaron que aún quedaban grandes retos que enfrentar, si no quería defraudar a quienes veían en él al defensor de las libertades, los derechos civiles y de la convivencia mundial. Reparó en las arrugas que comenzaban a zanjar su rostro, recordó los conflictos que tenían lugar en el Lejano Oriente, en Vietnam, a donde los señores de la guerra querían trasladar el negocio de las armas, ahora unidos a los mercaderes de la fe. Pensó en el conflicto en Laos, en las diferencias con los sindicatos del acero, las tensiones con los magnates del petróleo de Texas, en el sistema de salud que había propuesto para la Nación Americana, en la Ley de derechos civiles y en lo inútiles que se habían vuelto las negociaciones del armamento atómico con las naciones europeas. Volvió a recriminarse por no haber removido de sus cargos a los directores del FBI, y de la CIA. Se dijo que quizá ese había sido un error que no podría saldar hasta las próximas elecciones presidenciales. Recordó los vicios del expresidente Eisenhower y el fracaso de la invasión de Bahía Cochinos, que este dejó en marcha, desastre que él cargaba y el cual se había convertido en el mayor desacierto de su administración. A las preocupaciones anteriores sumó la división que sufría el partido demócrata en el Estado de Texas y la amenazaba que representaba para sus intereses reeleccionistas del año 1964.
El presidente Kennedy pasó la mano derecha por su cabello, en voz baja se dijo la frase que siempre lo impelía a cumplir sus retos: “La dificultad es una excusa que la historia no acepta”. Sonrió. Volvió a mirarse en el espejo, ladeó la cabeza como buscando una puerta que le presentara otra imagen de su rostro y al enderezarla se dijo que el paso por la ciudad de Dallas, después de la crisis de los misiles, sería el mayor desafío que tendría que enfrentar y sentir en carne propia. Estaba dispuesto a meterse en territorio de coyotes.
Cuando George Thomas, su ayudante de cámara, tocó la puerta de su dormitorio para que pasara a tomar el desayuno, ya se había asegurado el aparato ortopédico de la espalda y acababa de acomodar la plantilla de su zapato izquierdo. La luz entraba decidida por las ventanas. Precedió a George, sintió el frío repentino que sopló a su espalda y antes de ir al comedor se dirigió al dormitorio de Jackeline para que le diera el abrazo de protección. Ella aún dormía. La recepción de los jueces había durado hasta pasada la media noche y él había aprovechado parte de ese tiempo para pulir los discursos que leería en su viaje por el Estado de Texas. Visitó a sus hijos, que acaban de ducharse, y los invitó a desayunar. El Presidente comía y no dejaba de pensar en las sombras tenues que se movían detrás de las tensiones generadas por la firma de la ley ejecutiva que eliminaba la Reserva Federal, y le permitía al gobierno elaborar su propia moneda, como lo estipulaba la Constitución Nacional. Estaba consciente de que al eliminar la Reserva Federal debilitaba la ayuda que su administración prestaba a Vietnam, donde se hallaban apostados 15.000 soldados estadounidenses. Hizo un quite a las sospechas y las sombras desaparecieron ante el bullicio de Carolina y John. Elogió el vestido que su hija había escogido para ir a despedirlo al aeropuerto, después vio a John correr detrás de un avión de juguete que intentaba elevarse para perderse en el firmamento gris y entre las gotas de lluvia que escondían la ruta de regreso. Pensó en su hermano Joe, quien había sido elegido por su padre para ocupar la Casa Blanca. Volvió la mirada hacia su hijo, que lanzaba el avión sin lograr ponerlo en vuelo, y se dijo en voz baja que lo más importante en los seres humanos son las metas que se proponen realizar, así muchas veces no se logren. John le había enseñado que nada en la vida merecía más cuidado y dedicación que lo emprendido cuando se conocían sus fines. Terminó de desayunar y dedicó unos minutos a leer en los periódicos los artículos donde hablaban de su viaje a Texas. De la lectura dedujo que el viaje no podía tener término medio y se convenció de que la franqueza de sus discursos iba a neutralizar las diferencias entre los copartidarios y llamaría a la unidad en las filas demócratas.
Caminó de la mano de sus hijos hacia su oficina en el ala izquierda. Los vientos que cruzaban los pasillos movían con fuerza su corbata, su saco sin abotonar y las botas de su pantalón. Esos vientos, como las crisis por las que atravesaba el mundo, inevitablemente pasaban por la Casa Blanca. Sentía las pequeñas manos, pensaba en grandes tempestades y se decía que aferrado a columnas como lo eran sus hijos, en su pecho no había espacio para el temor. Saludó a quienes se encontraba de frente y a quienes salían de sus oficinas para saludarlo. El Presidente siempre se mostraba enérgico, les estrechaba la mano con firmeza y los instaba a aportarle a la Nación, en vez de esperar que ella se acordara de cada uno de ellos. Iniciaba su jornada de trabajo a las siete y cuarenta y cinco.
Los niños se quedaron en el pasillo atendiendo los saludos de algunos empleados y luego se fueron a buscar a Jackeline. Cuando el Presidente entró en su despacho sintió el mismo frío de la madrugada, un leve temor lo llevó a mirar atrás; como si las puertas se hubieran cerrado para siempre. Antes de tomar asiento junto al escritorio de madera que la reina Victoria regaló al presidente Hayes, sonó con sus dedos la concha de coco que conservaba desde el incidente de la torpedera PT-109, en aguas del Océano Pacífico, y la volvió a su sitio. Coger la concha, y acariciarla, se había vuelto un ritual que en muchas ocasiones lo había sacado de momentos aciagos. La sonaba hasta encontrarle sonidos agradables que lo hacían recordar aquellas horas de valor y entrega. Observó las cortinas de la oficina recogidas a media altura, la luz que entraba por la ventana formando un obelisco que alumbraba el escritorio y la silla de madera. Entre las ventanas la bandera blanca y roja permanecía vigilante. Se paró unos instantes frente a la inscripción que dominaba en su despacho y la leyó en voz baja: ¡Oh, Dios qué vastas son tus aguas y qué pequeña es mi barca! Recordó que su administración le había propuesto al pueblo americano que esta era la década de la conquista de la luna y volvió a llevar su mirada a la frase, pero no la pronunció. Se sentó, buscó las frases que tenía escritas de Tucídides, su historiador favorito y encontró la que más se acomodaba al momento: “La historia es un incesante volver a empezar”. Era el autor que mejor le había enseñado a analizar los hechos históricos, quiso recordarlo, buscó entre sus apuntes de lectura y releyó: Tucídides, 460 a.C., Atenas; 395 a.C, Anfípolís. Él, como Tucídides, estaba convencido de que la búsqueda de las razones profundas de los hechos no permitía al historiador quedarse en la simple anécdota. Dejó a un lado sus pensamientos, los recuerdos sobre este, y pensó en el sí que Jackeline le había dado para acompañarlo a Texas. Su compañía era suficiente para esperar confiado los vendavales y olvidarse de las excusas.
El Presidente leyó los informes del Servicio Secreto, de la agencia de comunicaciones de la Casa Blanca, del FBI y de la CIA. No le entregaron el informe del estado del tiempo para los siguientes tres días, como él lo pidió con el fin de procurarle a Jackeline un viaje placentero. Todos los informes manifestaban preocupación por el viaje a Texas, que debía iniciarse antes del mediodía. Lo que mayor desconcierto generaba en la Casa Blanca era el cambio de ruta aprobada por las autoridades de Dallas. El cambio evidenciaba serios peligros para la caravana presidencial y las facilidades que tendrían los francotiradores que quisieran atentar contra el séquito. Así lo hizo saber Lawson, el agente del Servicio Secreto, quien el dieciocho de noviembre había inspeccionado la ruta de Dallas en compañía de Jesse Curry, y con Forrest V Sorrels. Los comentarios de Sorrels habían dejado un manto de duda sobre la eficiencia en la seguridad que se le iba a brindar al Presidente y el poco interés que pusieron para enterar a los agentes del Servicio Secreto de los sitios más vulnerables del recorrido, entre estos el edificio de la Texas School Book Depository. Curry y Sorrels, apenas se limitaron a decir que para cubrir la parte de la ruta de Holston Street, necesitaban un batallón. El Presidente buscó otros informes anteriores del Servicio Secreto y cotejó las evidencias de que Lee Harvey Oswald se hallaba de nuevo en los Estados Unidos. Los organismos de seguridad seguían su pista y tenían indicios de que estaba residenciado en un condado cerca de la gran D. El prontuario de Lee Harvey Oswald, después de su regreso de la Unión Soviética, donde vivió por espacio de dos años, no era extenso, no preocupaba a los organismos de seguridad, pero tampoco debían descuidarlo. La radical oposición de Lee Harvey Oswald al capitalismo mantenía su a mente enferma.
El Presidente reorganizó su escritorio, llevó el cenicero de vidrio hasta el extremo derecho, junto a este puso la cigarrera de plata y en el izquierdo ubicó la escultura de  Heracles y la piel del león, que había comprado en uno de sus viajes a Roma, y fijó su mirada en el globo terráqueo que estaba en medio de la oficina. Firmó documentos, leyó informes de sus asesores. Le llamó la atención un folio que tenía que ver con el miembro representante de Texas en el comité nacional demócrata, Byron Skelton, quien días antes le había manifestado las mismas preocupaciones por el viaje a Dallas que ahora inquietaban a los organismos de seguridad de la Casa Blanca. Byron le había propuesto cancelar el viaje a la gran D, y si era posible postergar la unión del Partido Demócrata en los Estados del sur. El Presidente soltó la hoja de papel y recordó que en esa ocasión le había dicho al representante de Texas que el Presidente de los Estados Unidos era el presidente de todos los Estados Unidos. Mientras firmaba el resto de los documentos pensaba en los artículos publicados y distribuidos por todo Texas, donde esperaban que la suerte, o cualquier pistolero atrevido, llevaran a la primera magistratura al tejano Johnson, quien pasaba desapercibido por la Casa Blanca. Dichos pasquines instaban a atentar contra “el traidor Kennedy” y a desearle gloria eterna a quien lo quitara del camino. El presidente Kennedy, en el fondo, estaba convencido de que la gran mayoría de la gente de Dallas era buena y creían en la Nación que él se había propuesto rehacer para el bien de todos los americanos, sin distingo de ninguna índole. O´Donnell, coordinador de viajes y horarios del Presidente, que había sido llamado al despacho para enterarlo de los últimos pormenores, había querido intervenir, pero los ojos grises y fijos de su jefe lo hicieron callar. O´Brien, asesor especial, dijo que el representante Byron Skelton no cesaba de contar a sus amigos que la gloria de un chiflado podía estar en el cadáver del Presidente y que el ambiente turbio que había en Dallas ponía a muchos cobardes al acecho. El Presidente quiso contarles la anécdota surgida entre el filósofo Leucipo y su discípulo Demócrito, sobre el temor a los enemigos, pero el tiempo apremiaba. Les dijo que en otra oportunidad se las contaría.
El Presidente llamó a Evelyn, su secretaria, y le pidió que llamara a Jackeline, o preguntara si ya la habían acabado de peinar. Mientras tanto recibió una llamada de su hermano Bobby, el fiscal general, quien le hizo nuevos comentarios sobre los pasquines e improperios que desaprobaban el paso del Presidente por las tierras del sur de la nación. “En Dallas tildan al Presidente y a su administración de judíos y comunistas”, dijo Bobby, “y piensan en un golpe de suerte que les permita tener un presidente tejano, al Vicepresidente, para volver por los principios y lealtades que ellos creen perdidos”. “Según ellos”, dijo el Presidente, “se debe gobernar con la espada y no con el espíritu, contrario a lo que proponía Napoleón”. Bobby no dejó pasar el momento para contarle a su hermano el poco entendimiento que tenía con el vicepresidente Johnson y el silencio que este mantenía con respecto de los comentarios e injurias que proferían los poderosos de Texas. El Presidente lo tranquilizó al decirle que no se podían menospreciar los votos del feudo del vicepresidente y le mencionó lo cerca que estaban las elecciones del año entrante. Evelyn entró al despacho y dijo que a Jackeline  aún la estaban peinando. Él aprovechó para preguntarle por las nuevas cortinas que habían comparado para el despacho y ella respondió que para el regreso del viaje encontraría su oficina como nueva.
Conque soy comunista, se dijo el Presidente cuando vio salir a Evelyn del despacho, y sonrió. Tomó la cáscara de coco, le dio unos golpes con su índice y volvió a ponerla en el extremo del escritorio. Se reafirmó en sus sospechas de que el líder soviético estaba descargando sobre sus hombros todo el peso de la guerra fría, que lo estaba dejando que nadara a ciegas por el océano, sin dar nada a cambio. Nikita Kruschev se aprovechaba de su carácter conciliador, habían levantado el muro de Berlín y se mostraban reacios a entablar negociaciones de no proliferación de armas nucleares. Se olvidan de las bases que tenemos en Turquía, pensó el Presidente mientras miraba por la ventana. Observaba las estrellas que engalanaban la bandera de la nación americana y se preguntaba por qué lo acusaban de blandengue, de comunista y de traidor. Recordaba con desagrado el extremismo radical de Ted Dealey, director del News, de la ciudad de Dallas, y las palabras que salían intactas y desafiantes de su voz cortante. En la propia Casa Blanca, le enrostró la debilidad de su administración y las ventajas que se le estaban otorgando al comunismo. El Presidente le había perdonado muchos de los improperios, pero lo que no le iba a pasar era que hiriera la inocencia de su hija y su honor de padre. La mirada del Presidente volvió a cargarse de furia. En los Estados del sur desaprobaban su gestión en el extranjero y sentían que la administración Kennedy los guiaba hacia la mezcla de razas. El Presidente alejó los informes, los periódicos, los documentos que había firmado y se acomodó en la silla a esperar que su sangre se aquietara. Mientras tanto la sintió galopar por sus arterias como buscando un sitio en su cuello para detenerse, represarse y romper el dique y vagar libremente.
Evelyn regresó y le dijo que Jackeline ya estaba en el cuarto. Él le agradeció la información y le pidió que le consiguiera el informe del tiempo que había solicitado. Se reacomodó las gafas. Releyó apartes de los informes de la misión MacNamara-Taylor, en Vietnam del Sur, donde sus asesores daban importantes evidencias de por qué Estados Unidos debían retirarse de Vietnam. “Vamos en la dirección correcta”, dijo al terminar de leer los apartes. Pensó en Pierre Salinger, Dean Rusk y en Mc George Bundy, quienes habían salido la noche anterior hacia Honolulú, para asistir al consejo militar que trataría el tema de Vietnam. Ellos lo habían llenado de optimismo al decirle que el consejo militar colmaría sus pretensiones. Hizo a un lado los informes dejados por los asesores destinados al Lejano Oriente y pensó en su hijo Patrick, fallecido dos días después de nacer, a causa de una insuficiencia respiratoria. En esa vez lloró desconsolado. Frotó sus manos mojadas de lágrimas hasta secarlas y prometió a su hijo que no lo olvidaría. Recordó las palabras consoladoras del cardenal Richard Cushing, en Commonwealth Avenue, que le hicieron comprender que la muerte era el verdadero comienzo de la vida eterna. En medio de aquel desierto diminuto en que se había convertido su cuerpo, las únicas palabras que pudieron aferrarse a su piel fueron las de su esposa Jackeline: “Sólo hay una cosa que no podría resistir... Si algún día te perdiera...” “Lo sé, lo sé”; le respondió él. La compañía de ella lo blindaba contra cualquier tristeza. Sacó unos segundos para pensar en el baile de la noche anterior, en la orquesta de cuerdas de la Fuerza Aérea y entonó el fragmento de “Camelot” que más le gustaba.
“No permitas que se olvide
Que una vez existió, durante un breve
Pero fulgurante instante, un lugar
Llamado Camelot”.
       El Presidente estaba seguro de que la presencia de Jackeline en Texas haría que las multitudes se volcaran sobre las avenidas para ver pasar la caravana. Los iban a recibir como a verdaderos jefes de Estado y quienes pretendían hacerles pasar malos ratos tendrían que aceptar su popularidad. La asistencia a los diferentes actos programados en las ciudades y el despliegue realizado por el vicepresidente Johnson, desde semanas atrás, permitían contar con los votos electorales del Estado y en la unión definitiva del partido demócrata. Yarborough y el gobernador Connally permanecían en dura disputa y mantenían tensas las relaciones entre todos los integrantes del partido. Yarborough tenía rango de empleado estatal y Connally Jr era el típico hombre de éxito que denigraba de su origen, era un sacerdote al que se le había olvidado que un día fue sacristán. Yarborough había apoyado la candidatura de Kennedy a la presidencia y tuvo que pagar las consecuencias. Connally manejaba los hilos del negocio del petróleo y disponía del apoyo del magnate de los hidrocarburos Sid Richardson. De esas artimañas se había valido Connally para obtener preferencias especiales, planear a su amaño la visita del Presidente a Dallas y situar en lugares secundarios a su oponente Yarborough.
El Presidente a las nueve de la mañana ya había escrito los mensajes para los niños tejanos que perdieron a sus padres mientras servían a la nación americana. Había dado instrucciones a Andy para que atendiera la visita del canciller alemán Erhad, ya que Pierre Salinger estaba en el Océano Pacífico. Para dedicarse de lleno a los pormenores del viaje dio indicaciones generales a los embajadores en el Alto Volta y en Gabón. Pidió a Evelyn que le cancelara los compromisos que seguían y que le llamara a Ted Sorensen, su asesor estrella. Ted Sorensen entró a la oficina del Presidente con los discursos en la mano y se sentaron a terminar la tarea que venían realizando desde una semana atrás. Discursos pensados para cada ocasión y que siempre llevaban el sello indiscutible y preciso del Presidente. Le dedicaron buen tiempo al mensaje que leería en el Trade Mart. El Presidente leía y Sorensen transcribía y lo adaptaba al estilo literario del jefe. En el discurso el Presidente admitía voces disidentes, otras alternativas que abogaran por una paz con justicia y no por las voces que ejercían influencias sin contraer responsabilidades, y menos murmuraciones que suponían una igualdad entre la humillación y la victoria. Releyeron el discurso, lo adaptaron para que los magnates de Dallas comprendieran que en su administración serían bienvenidas las disidencias y las críticas siempre y cuando se ajustaran a las necesidades de la nación americana y a la época. Sorensen elaboró una lista de las frases más contundentes del discurso y se las leyó: “Siempre se escucharán en el país voces disidentes que expresen oposición tajante y sin matices, haciendo resaltar los errores sin mostrar jamás la benevolencia, percibiendo las tinieblas a ambos lados y procurando ejercer influencia sin contraer responsabilidades”, “Creen las derechas que esta Nación marcha hasta el desastre a causa del déficit, o que la fuerza no es otra cosa que un eslogan y ello no es más que una frase sin sentido”. En silencio las estudiaron y después de un minucioso análisis comprobaron que las frases fuera del contexto laceraban, pero que al final las envolvía el tono conciliador de quien ponía los intereses nacionales sobre los suyos propios.
Evelyn llegó con el informe meteorológico elaborado por Godfrey McHugh, en el cual pronosticaba días calurosos para Dallas. Eran las 10 y 30 minutos y la llamada que él con tanto esmero había hecho a Jackeline para que empacara vestidos frescos, no logró su objetivo; las maletas de ella ya estaban en el helicóptero. El malestar del Presidente no se hizo esperar, no tardó en llamar a McHugh y a O´Donnel y les ordenó contactar los aeropuertos locales, y de destino, para que estuvieran atentos a las necesidades de la primera dama. Antes de verlos salir les recalcó que el informe a deshora traería dificultades.
John Junior apareció en el despacho y su sonrisa le calmó los ánimos. El niño vestía un impermeable londinense y gorro. Continuaba lloviendo. El Presidente miraba por la ventana, pensaba en el tardío informe de meteorología dado por McHugh y la inocencia de su hijo lo llevaba a calmarse. Mrs Shaw, la encargada del cuidado de los niños, llevó a John Junior hasta el ascensor,  bajó y lo dejó en manos de Bob Foster, agente del Servicio Secreto. En el helicóptero estaba reunido el séquito que iba a acompañarlo a Texas. El Presidente llevaba el sombrero de copa en la mano. Se despidió de quienes salieron de las oficinas del ala occidental. Llamó a John Junior y lo vio ir a abordar el helicóptero número uno, donde iban Evelyn, Ted Clifton y tres agentes del Servicio Secreto. En el helicóptero número dos viajaba el doctor George Burkley. Mac Kilduff estaba en el número tres, con los periodistas de la Casa Blanca.
Las tres horas que pasó en su despacho el Presidente fueron suficientes para recordarle las sombras con las que muchos hombres intentaban oscurecerle el camino. También lo fueron para asegurarle que con una leve llama que se buscara alumbrar los senderos de la verdad, se podría guiar a toda una nación. Las manos seguían batiéndose como si esa luz se debilitara y el viajero la necesitara para orientar mejor su barca y no perder la orilla. Él volvía la mirada y saludaba para apaciguar los adioses. Sentía la mano que apretaba sus impulsos y le hacía recordar que él nunca había sido inferior a sus obligaciones. Jackeline lo miró a los ojos para hacerle el presente y mostrarle su decisión de ir a su lado hasta que el destino se lo permitiera.
Faltaban tres minutos para iniciar el viaje. Las aspas de los helicópteros comenzaron a girar. El presidente pidió a Sorensen que se acercara y le recitara el poema de Stephen Spencer, que a él tanto le gustaba oír. Sorensen sonrió y se lo dijo de memoria:
     “Pienso siempre en aquellos que fueron realmente grandes...
en los nombres de aquellos que
en su vida lucharon por la vida,
que llevaban en su corazón
el prometeico fuego
nacidos del sol, volaron unos
instantes hacía él,
y dejaron en el aire diáfano
la firma de su honor”.