viernes, 23 de junio de 2023

El Proceso. Presente para el centenario de Franz Kafka (1883-1924) Por: René Jaramillo Valdés

 El Proceso.

Presente para el centenario de Franz Kafka (1883-1924)

Por: René Jaramillo Valdés


Cuando la vida es el límite que se le pone a las acciones humanas cuanto haga el hombre debe hacerla escenario idóneo para su discurrir en el mundo. Este es uno de los conceptos que Franz Kafka recuerda a los lectores que releen sus obras, que buscan comparar épocas y comportamientos humanos. Éstos terminan comprendiendo la fuerza sicológica con la que caracteriza los personajes de sus historias, la serenidad con la que los hace transitar por los pasadizos impuestos por el azar y la precaución con la que afrontan cada situación, pues sienten un abismo que les sopla en la nuca, que tiende a presentarse de frente, sorpresivamente, porque ese vacío se alimenta de los posibles errores cometidos u observados por los semejantes. Los encuentros de los personajes de sus obras con el mundo exterior así lo dejan entrever. La aniquilación, la negación, el desconocimiento que inspira la figura, y el abandono, son la muralla que deben saltar si esperan verse reflejados en el espejo colectivo propuesto por la sociedad. La timidez causante de ese choque, cuando menos, deja una apremiante angustia y el ineludible compromiso de sobreponerse al aplastante peso en que se convierte vivir cuando se desea llegar a la cumbre por senderos apacibles y solitarios. Las constantes tragedias padecidas por los incomprendidos, los que se quedan a medio camino, terminan por hacerlos entender que los destellos que cada uno lleva dentro son inextinguibles y que cuantos esperan oponerse a sus rayos no pueden eludir el reino de la conciencia, el lugar donde agonizan las penumbras.

Un diálogo, un párrafo, una frase en la obra de Kafka incita a la reflexión y convoca a observar el entorno desde ópticas lejanas, pero claras; desde lugares impensados, pero reales; con interrogantes ahogados en incertidumbres, que la misma distancia responde, pero que los personajes abordan con determinación, porque en su resolución se halla el sentido más cercano de su existencia. Para el autor checo lo que no interroga el mundo pierde su razón de ser y quien no se pregunta por el misterio de la vida ya está viviendo la muerte. Los personajes de sus novelas, como los del escritor Fiódor Dostoievski, se guardan los pensamientos más sublimes y los entregan cuando han satisfecho o esclarecido sus dudas. Saben en qué momento y con quién compartirlos. Temen que les causen sufrimiento. A la vez son conscientes de que los destellos que brotan en los otros son señales inequívocas de esa esperanza colectiva por la que han luchado en solitario desde sus trincheras. Un aliento que no deben dejar extinguir, no para perpetuarse, o aferrarse a la vida, sino porque ese pulso vital es el que puede revelarles el sendero donde nada perturba su conciencia, y por el cual su deseo de conocer lo más cercano a la verdad le permite contemplarla.

Leer a Kafka, sumergirnos en lo que acontece a los personajes, en cómo asimilan y deambulan por tinieblas, conduce, en la mayoría de los casos, al descubrimiento de facetas desde donde se puede observar el mundo con miradas auténticas, las únicas que nos recuerdan la senda que debemos seguir si esperamos entender lo que significa vivir. Los caminos son impredecibles, puede que acaben pronto, que se trunquen antes de situarnos frente a la luz que nos guiaba, pero sabemos que nos basta el esfuerzo realizado, pues las huellas sinceras serán garantes de nuestro regreso. Cuando se juegan bien las pocas cartas que se tienen, cualquiera que se ponga en la mesa exigirá ingenio al adversario, mayor certeza, la misma que acabará guiándonos al lugar que hemos deseado. Por eso no sorprende el final de la novela El proceso y nos duele la muerte trágica e indefensa del señor K.


Estas breves reflexiones alrededor del pensamiento kafkiano surgen de la relectura de El proceso, en versión completa y ordenada, producida por el escritor colombiano Guillermo Sánchez Trujillo. La serie de escalones en los que se convierten los diecisiete capítulos reordenados, y la relación profunda que el autor demuestra con Crimen y castigo, lleva a pensar que en la vida de Franz Kafka no había otro camino distinto a la literatura para dejar constancia de su vida. El estudio meticuloso de las escenas, los comportamientos contrastados de los personajes y las referencias capítulo a capítulo, son pruebas de que la obra en mención es el resultado de un trabajo literario serio y profesional. En ambas obras clásicas las penumbras del convulso final del siglo diecinueve, la necesidad de crear un hombre nuevo, eran fáciles de identificar, pero como densa neblina rodeaban el entorno, asfixiaban y no daban otra opción que volver a la protección de la luz de la conciencia. Las obras de Kafka, en sí, son un refugio, son lo más cercano a la verdad propia, a esa luminosidad que le provee el mismo mundo que detalla e interroga. Podría decir que esta versión completa y ordenada de El proceso, palimpsesto de Crimen y castigo, es el espejo en el que Guillermo Sánchez buscó reflejarse para contemplar su figura en lo más oscuro del túnel, desde donde quiso, a la vez, preguntarse si estaba en capacidad de regresar a su propia luz. En este caso, en su búsqueda, con la reflexión acuciosa y el estudio de las dos obras universales no sólo halló los puentes que por décadas muchos académicos buscaron, sino que también logró saber a dónde conducen los pasadizos secretos para presenciar las escenas completas que los personajes protagonizan. Este legado servirá de antorcha a los lectores que se atrevan a deambular por los pensamientos, por los vericuetos de la Praga de principios del siglo veinte. 

Es memorable, plausible, que desde estas latitudes “sin historia” luminosa un lector obsesionado con el mundo laberíntico de Franz Kafka emprenda el viaje físico para corroborar recorridos imaginarios, para comprobar, pie en tierra extraña, que el destino de los seres humanos lo diferencia la manera como lo afrontemos. Con la mirada individual la luz que nos guía siempre buscará entregarnos regocijo por el deber cumplido. No basta mirar a los otros como si ocultaran huellas nuestras extraviadas en los avatares del destino, que perdimos porque nos abrumaron los vientos ineludibles del azar, sino entender que ellos también nos siguieron al saber que buscábamos los linderos de la verdad. Descifrar sus estelas es despejar, con la transparencia que rodea el asombro, la ecuación que nos une de nuevo al universo. Franz Kafka encontró las suyas, las que se habían adelantado, en las obras de Fiódor Dostoievski, y quizá volvió a sentir que cuando el mundo exterior se desmorona, cuando se pulveriza la grandeza del ser humano, no hay refugio más seguro que los atajos interiores donde la bruma advierte que se puede transitar serenamente, que sólo se requiere constancia y disciplina para no extraviar el camino. Kafka sintió, tal vez, las fuerzas necesarias para atravesar el árido e inmenso desierto en que se convierte el mundo para quien lo interroga y del que recibirá pocas o evasivas respuestas.

El lector, quien propone esta versión completa y ordenada de El proceso, cuando recorre Praga, las calles y espacios que guardan silentes la historia de su escritor preferido, lo hace como testigo de que existen caminos que se entrecruzan y que al interceptarse generan momentos de regocijo propicios para preguntas concluyentes, después de las cuales aparecen horizontes apenas insinuados que marcan la dirección final, precisa, la más cercana a la verdad o al abismo. 

Un libro, una novela, que motive a cuestionarnos, que indique las otras posibilidades que ofrece la vida, que haga sentir su fragilidad y la potencia para abarcar la totalidad, es una obra edificante. Sus historias, los personajes, no temen al tiempo porque sus páginas confirman que no hay poder capaz de detener el pensamiento. Un libro de estas características es un río que lleva en el silencio de sus aguas la belleza de los paisajes avistados. Cuando la serenidad del espíritu está al servicio del arte se hacen visibles los anuncios que conducen al reencuentro con nosotros mismos. No nos importa lo insondable del abismo, lo escarpada que sea la cordillera que nos conduce a éste ni las pesadas nubes que ahogan las escasas luces que se escapan de la cumbre. Importa que al cruzar los túneles las fuerzas permanezcan, que ninguna salida nos sea esquiva y la que nos corresponda, para ir en busca de la luz, podamos afrontarla con la luminosidad con que nos haya dotado el arduo camino. Esta única salida, al fin y al cabo, tendrá la potestad de mostrarnos lo cerca o distante que estuvimos de la esquiva verdad que pobló de simas nuestra vida. 

miércoles, 7 de junio de 2023

 

Hermanados en la piedra

Por: René Alfonso Jaramillo Valdés

Epígrafe.

“Nosotros que partimos para esta peregrinación

miramos las estatuas quebradas

nos olvidamos de nosotros y dijimos que no se

pierde la vida tan fácilmente

que la muerte posee sendas inescrutables

y una justicia propia;

que cuando morimos erguidos sobre nuestros pies

hermanados en la piedra

unidos con la dureza y la debilidad,

los antiguos muertos escaparon del círculo y resucitaron

y sonríen en una extraña quietud”.

Yorgos Seferis. (Esmirna 1900 – Atenas 1971)

 

El lector se preguntará por qué inicié el texto con el fragmento número 21 del poema Mythistorima, del gran poeta griego Yorgos Seferis. Mi deber es dar claridad a su inquietud, pues mi intención es abrirle el portón para que observe el movimiento que permanece en la distancia, piense en la finitud de la vida, en como algunos acontecimientos escapan al tiempo y se convierten en sombras que cruzan sigilosamente esquinas, con la intención de confirmar con sus mensajes la estrecha relación que tenemos con los misterios.

Cada sombra que se nos adelanta lleva implícito el afán del sol que declina. Lo sagrado y lo mágico relampaguean cuando las vemos pasar. Procuran detenerlas para fijarle a los caminantes los lugares que inevitablemente deben buscar si alguna vez pierden el rumbo y desean regresar al sitio de partida. Lo inexplicable sólo tiene cabida en la mente qué es interrogante para el hombre mismo y cualquier respuesta que dé a los enigmas es la parte de su vida que no entrega a la muerte.

Cuando no se sabe la duración de la travesía la señal que aproxima la distancia debe verse desde muchos ángulos y qué mejor faro que la seña dejada en piedra, esa marca de un cruce que llama a detenerse, que advierte o simplemente muestra la dirección correcta del camino. Así lo ha entendido el hombre desde el inició de la civilización. Sintió la finitud adherida a su cuerpo, la que los invadía con secretos que ni el pensamiento o el tiempo alcanzaron a descifrar. Muchas de las civilizaciones tallaron sus dudas, sus miedos, los logros de la época, y lo que no pudieron esclarecer lo insinuaron con sus representaciones. Monolitos, megalitos, dólmenes, plataformas ceremoniales, colosos de piedra, petroglifos, pirámides y pinturas rupestres, sirvieron para proteger legados que ellos consideraban de importancia para el desarrollo de la humanidad. Ejemplos de estos talladores, y hermanos de la piedra, están exhibidos en Stonehenge, Machu Pichu, Teotihuacan, Las estatuas de la isla de Pascua, las tallas Olmecas, los Chibchas, las pirámides egipcias y mayas y la cultura agustiniana. Estas culturas encontraron en la piedra el símbolo de la perennidad, de la totalidad, de la forma perfecta para guardar los misterios. Qué mejor espacio para propagar las certezas e incertidumbres que en aquello que en su quietud permitía movimiento al espíritu. Estas culturas tallaron en la piedra su fuerza, su creatividad y su energía. A los monumentos les concedían los poderes que sentían. A lo ancho y largo del planeta aparecieron Betilos (espacios sagrados), lugares para el sacrificio, para rituales funerarios, para la adivinación y túmulos para recordar tragedias o agradecer beneficios recibidos. Las piedras horadadas, si se cruzaban, tenían poder de curación. A las moldeadas por el tiempo, por lluvias y vientos huracanados, el hombre con sus incertidumbres y afanes les daba el nombre que más se acercaba a sus vacíos o necesidades. Parecería que el ser humano al tallar la piedra o descubrir en ellas figuras adversas a sus creencias quisiera eternizarlas, inmovilizarlas, para despreocuparse de ellas. La “silla del diablo” es un ejemplo común en el hemisferio occidental. En Colombia, además de sillas del diablo, lucifer tiene púlpito en la Sierra Nevada de El Cocuy, una roca de hielo de más de setenta metros de altura. Caso contrario sucede con las piedras sagradas, las ermitas, aquellos lugares revestidos de sentido mágico y religioso, frecuentados en todas las épocas cuando el ser humano siente adormecer su espíritu.

Se sabe poco de los constructores de los grandes monumentos líticos, como las pirámides egipcias, maravillas que hoy todavía asombran y aumentan la litolatría. La distancia en siglos del descubrimiento de los megalitos, las esferas de piedra y los dólmenes generan preguntas que aún no hemos atinado a responder. Al no tener certeza de sus constructores desconocemos los propósitos de sus mensajes. Aquí quiero referirme a las estatuas del Parque Arqueológico San Agustín, departamento del Huila, Colombia. En este parque sobresalen el Alto de los ídolos y el Alto de las piedras, en Isnos. En Isnos se hallan tumbas, pequeños templos y figuras humanas y de animales míticos tallados en piedra. Una de estas figuras zoomorfas, tallada para custodiar las tumbas y los templos, es la que me ha motivado a escribir este breve homenaje la piedra. Se trata de El Águila y la serpiente o también llamada El Búho y la serpiente.

Mi relación con la piedra viene desde mi niñez. Nos acercamos en la soledad, al yo sentir la totalidad de la noche, en la inmensidad de los días, donde, a veces, alejado del bullicio y acompañado por las pulsaciones de la naturaleza, comprendía las vibraciones de los árboles y del campo, mi lugar de permanecía durante la mayor parte del año. En las noches mis sueños infantiles eran extensos viajes a tierras inhóspitas e infinitas donde el descanso era abrazado por una vastedad asombrosa, incapaz de mover el punto donde me hallaba parado. Allí un sosiego indescriptible congelaba mi sangre. Al despertar ese punto que había visitado durante el sueño me remitía de manera inexplicable a los sonidos que mi madre producía al quebrar el maíz seco para hacer mazamorra. Era piedra contra piedra, el sonar de dos eternidades que chocaban para producir el milagro, el asombro; el amanecer. Supe años más tarde que aquellas rocas alargadas, redondas y planas, en la que mi madre aporreaba el grano, mi padre las encontraba después de las tempestades en la orilla del riachuelo que pasaba por la finca. Como esas piedras que estaban en la cocina, a mi casa llegaron otras figuradas que mis viejos guardaban en lugares especiales alrededor del patio. La que más recuerdo es aquella en la que estregábamos la ropa nuestra y de los trabajadores. Parecía un sarcófago para niño. Su tamaño, su peso, en esa época, me hacía pensar que la naturaleza daba forma hasta a las necesidades que teníamos y mandaba las soluciones precisas, pero había que descubrirlas entre sus incontables maravillas.

Nuestra casa, enclavada en la mitad de la montaña, tenía el patio rodeado de piedras que hacían de muro de contención. Otros momentos de esta hermandad, de la quietud y de mi movimiento, lo sentía cada vez que al salir de las sombras me sentaba en la Piedra Plancha y veía las primeras luces del día. Mi hermana y yo salíamos a oscuras, orientados por el canto de los gallos de las fincas vecinas, rumbo a la escuela del pueblo. En la parte alta de la Loma de los Chorros, la piedra era el punto de descanso y reloj, a la vez. Sentarnos allí nos permitía observar los secretos y la magia que el día jamás revelaba a la noche. Otro recuerdo imborrable es la Bola de cacao, piedra que vigila y sirve de mirador natural de Guadalupe. En mi infancia su amenaza inmóvil mantenía nuestros sueños en desbandada. En la escuela se fabulaba con su desprendimiento, con el peligro que ésta constituía, con la suerte atroz que esperaba a la población y por muchos años nuestras miradas asustadas hicieron de puntales para sostenerla en su sitio. Cuando pasábamos temporadas en el pueblo, en la casa de El Volcán, las primeras noches eran de largas vigilias, a la espera de que entre el canto de los grillos del amplio solar el estruendo de la roca desprendida nos avisara del inicio de la tragedia.

En la época de cosecha de café volvíamos a la finca. De regreso de la escuela, a los lados del camino encontrábamos arrumes de piedras de variados tamaños con las que los campesinos consagraban el lugar y rendían homenaje a quien había sufrido su última tragedia. Poner la roca encima de las otras se convertía en descanso de caminantes y de la víctima, pero para nosotros era un abismo que cada vez aprendimos a esquivar. Las veces que pasábamos corriendo, detrás, las rocas comenzaban a rodar y apenas se detenían en la orilla de la quebrada. Cuando nos disgustábamos en la escuela y caminábamos distantes, antes del túmulo volvíamos a contentarnos; solos no éramos capaz de seguir.

Mi hermandad con la piedra se reveló a los nueve años. Fue una mañana que mi hermano y yo marcábamos una novillona con hierro al rojo vivo. La vaca bramó y el toro, que se hallaba en una colina cercana, se dejó venir contra nosotros y nos tuvimos que montar a una enorme piedra que había en el potrero. El toro dio varias vueltas a la roca buscando la forma de treparse, rastrillaba los cascos delanteros, echaba espuma por el hocico y bramaba. Mientras tanto yo me orinaba en los pantalones. Hasta buena parte de la tarde el animal estuvo pendiente de la piedra y aunque nos habíamos acostado para que se olvidara de nosotros, desde la colina nos vigilaba. En esa oportunidad nos salvó la piedra. Por esto la llevo como un grato recuerdo. Contuvo la furia que venía hacia nosotros y me enseñó a confiar en la quietud.

En Medellín, ciudad a la que llegué a vivir en 1967, tuve dos encuentros más con la piedra que afianzaron la sensación de totalidad que encierran sus formas. Cuando visité la piedra de El Peñol y me paré en lo más alto, al abrir los brazos sentí de nuevo el milagroso movimiento que genera la quietud. Mi imaginación voló detrás del aire que huía sobre los espejos de agua y pensé que dentro del grandioso monolito se podían construir habitaciones, innumerables cavidades, para esconder en ellas, como en una caja de sorpresas, lo más relevante de cada nación hispanoamericana. Fue una idea loca, una utopía. Las piedras son hermanas del entorno y más de lo que busca agotar las formas que su totalidad refleja. La realidad que se refugia detrás del velo del pensamiento sale a confirmar las utopías y nos crea nuevos e ineludibles interrogantes. Esta visita al monolito de El Peñol hizo que me informara del asentamiento Petra, y sus habitaciones labradas en la misma roca, en un valle angosto, al este del valle de la Aravá, en Jordania.

Quizá hoy comprendo mejor lo que significan las hermandades, las comunidades, término que nos remonta a la época del feudalismo, de la alta Patrística, de la baja edad media. Lo que a aquellas las hace posibles, cercanas, es la necesidad de mutuo reconocimiento, de la confirmación de la atracción, que de no manifestarse se convierte en la anulación de las partes y la entrega total al poder de las sombras. Ese palpito que surge a primera vista no es otra cosa que el de un reencuentro, el abrazo aplazado que al final de la travesía confirma que los caminos pueden distanciarse, pero no pueden llevarse al caminante a otro lugar que no sea el pactado cuando eligió la ruta. Y eso, quizá, fue lo que sentí aquel miércoles cuando vi entrar al auditorio de la Biblioteca Pública Piloto al hombre que cargaba una talla de figura zoomorfa, ahuecada, que luego descargó al lado del escritorio donde estaba el maestro Manuel Mejía Vallejo. Recuerdo los elogios que el escritor hizo a los artesanos, a los talladores, a la sabiduría que sencillamente guardan las manos del artista. Dijo que él también tallaba, que hacía juguetes de madera y prometió traer unas muestras para que las observáramos.

Yo no salía del asombro. Mi atención estaba puesta en la talla de piedra liviana. Me preguntaba en qué lugar del auditorio la iban a exhibir, qué resguardo indígena la había enviado o si el propietario nos hablaría del proceso de tallar la roca. Por último, pensé que era un regalo que le hacían al maestro Manuel, por haber nacido en el suroeste del departamento, donde estaban ubicados algunos resguardos ancestrales. Seguí absorto. Los demás asistentes al taller de escritores continuaban atentos a las observaciones que el maestro hacía de los trabajos literarios que había analizado. Recuerdo que sólo vine a despertar del sueño cuando oí decir que el hombre obsequiaba la talla para rifarla entre los asistentes. Al instante me empezó un temblor inédito, me temblaba hasta la ropa, igual al sentido cuando el toro nos persiguió en el potrero y nos hizo encaramar a la roca, porque le habíamos maltratado a la novillona preferida. Al rato pude pensar en lo retirado que estaba de las bancas de adelante. Tuve la intención de cambiarme de sitio, pero me dije que debía conservar la quietud para no distorsionar el movimiento que comenzaba a recorrer mi sangre. Con este argumento, casi tonto, me quedé en el sitio. “Ya tengo el número”, me dije después de que Manuel dijo que el sorteo se haría del uno al cincuenta. Le oímos la pequeña introducción que hizo de la figura. Se trataba un búho que tenía cogida con sus garras, y su pico, una serpiente. Era una réplica del Águila y la serpiente, talla descubierta y exhibida en el parque arqueológico San Agustín. Estábamos ansiosos. Todos queríamos ganarnos la talla.

Mi turno para probar suerte quizá no llegaría. Manuel ya tenía elegido el número ganador de la talla y lo había compartido con el hombre que la obsequió. Me dispuse a esperar que lo que había pensado, rememorado, desde que vi la obra de arte, confirmara la hermandad. Cada número descartado, cuando el maestro decía “el que sigue”, era un paso mío dado en La Loma de los Chorros, cuando subía a la escuela y me sentaba en la Piedra Plancha a recibir las primeras luces del día. Paso a paso llegó mi turno y dije el número 28. Manuel se asusto más que yo. Abrió los brazos y dijo: se la ganó. Yo me petrifiqué. No escuché los aplausos ni los comentarios que aludían al arte y al valor de la pieza que acababa de ganarme. Mientras la recibía escuché decir que el búho con la serpiente entre sus garras significaba que el bien siempre vencía el mal, que la sabiduría derrotaba la ignorancia; que la serpiente era portadora de fertilidad.

Salí del auditorio con búho y la serpiente al hombro. No tenía dinero para pagar un carro y transportarla con el mayor cuidado. Eso no importó. Iba feliz. Un sueño que yo había olvidado se cumplía; quietud y movimiento caminaban juntos. Sobre mis hombros descansaba el más valioso de los tesoros, se había consumado el encuentro. Mientras caminé sobre el puente de la calle Colombia, el escaso bullicio del río Medellín me hizo pensar que sobre las corrientes podían soplar fuertes vientos y huracanes, pero que no lograban hacerles abandonar el cauce. Nuestro destino de hermandad era inamovible, impostergable.

Caminé hasta la plaza Rojas Pinilla, en el centro de la ciudad, y aun no aparecía el cansancio. No recuerdo cuántas ofertas me hicieron por la obra de arte, me detuvieron para que la mostrara y lo hice con alegría, porque la admiraban. Uno de los interesados la midió: 65 centímetros de alto por 40 centímetros de ancho. Me dijo que pidiera lo que quisiera y respondí que no tenía precio. Desde ese miércoles el valor de la obra de arte y de la hermandad son incalculables. El búho permanece al lado de mi escritorio: somos quietud y movimiento.

Medellín, marzo de 2023