Siempre he creído que los viajes son libros inéditos
dispuestos a cambiar o a repetir historias con tal de que no nos quedemos a
mitad de camino. Por esta razón los
impostergables viajes en Metro, los sábados, me suscitan una nueva lectura de
la ciudad, me llenan de mesura y alejan los afanes que conllevan las madrugadas
cuando se deben cumplir compromisos laborales.
La mañana estaba gris. La neblina tenía aplazado el
saludo que el Cristo del Cerro El Picacho daba a los barrios altos. A las diez
Medellín parecía no haber despertado. El silencio en la Terminal de Transporte
hacía pensar que nadie quería partir quizá porque la quietud no es buena consejera
cuando a su lado permanece la ansiedad, pero esa no era mi situación. Avancé
por el viaducto, miré el paisaje nublado del cañón que se abría hacia el norte
del valle, recordé mi tierra natal, llamada luz
entre montañas, seguí el tren que estiraba la ciudad hacia el sur hasta
perderlo más allá de la Universidad de Antioquia. Crucé el torniquete y a los cinco minutos abordé el tren. Algunos
pasajeros estaban absortos, otros dormidos, los demás tenían puestos audífonos
y vociferaban intentando seguir los ritmos con movimientos de pies. Me ubiqué
en la parte final del vagón, reparé el cambio ambiental que recibía la colina
del antiguo basurero municipal y las últimas miradas a lo largo del río las
robaron las canoas hechas con trozos de madera
que parecían atracadas de por vida por el olor putrefacto de la
corriente. Abrí el morral manos libres y extraje el libro que releía por
tercera vez. Me dejé llevar por la historia fraterna que habían construido
Jorge Luis Borges y Norman Thomas di Giovanni, este periodista norteamericano
contratado por la revista The New Yorker, por casi una década para que
tradujera al inglés las obras del escritor argentino. Amistad que habían construido
con el sello eterno de la pasión por la literatura y que para mi formación su
encuentro ayudó a descifrar algunos de los misterios que aun me escondía su
obra. Por instantes Norman me hizo sentir que ambos habíamos caminado al lado
del escritor por senderos vedados a otros lectores y que nos correspondía
ratificar esa especie de milagro que era la literatura. Quizá, pensé, estábamos
convocados para dejar al Borges ciego en medio de nuestras miradas. El asombro
me llevó a retirar la mirada de la página y buscar un lugar, fuera del vagón, dónde
detenerme para intentar ver desde la lejanía la vasta llanura que había crecido
con aquellas anécdotas narradas en La
Lección del Maestro. «Próxima estación, Prado. Estación con...». Volví los
ojos a la página, releí los renglones anteriores y llegué a preguntarme por qué
hechos tan dispares y distantes, con sorpresa, terminaban deletreando en una
hoja de papel el destino del ser humano. «La señora del bebé, aquí hay un
puesto», dijeron en un costado del vagón. «Siéntese, por favor», concluyó la
voz y escuché las infinitas gracias que exhaló la madre.
El hombre de unos sesenta años de edad, que había
cedido el puesto a la madre, se acomodó las gafas de lentes gruesos, tomó el
maletín de tela con su mano derecha y lo subió hasta su cintura. Después dio un
paso adelante y se detuvo a mi lado.
─Perdone, señor, ¿qué libro lee? ─me preguntó.
─La Lección del Maestro ─dije
después de mirarlo al rostro─. Se trata de la vida de Jorge Luis Borges.
─¡Borges! Excelente escritor. ¿Cómo le parece su obra?
«Próxima estación, Parque Berrío. Estación cercana al...».
─Señor, me quedo en esta estación ─dije y le vi
fruncir los labios.
─Lo acompaño unos minutos..., después sigo mi ruta.
Recordé que para mí los libros siempre encierran magia,
que esta la potencian los viajes y los encuentros. Antes de que se abrieran las
puertas, acepté su compañía.
«Recordamos a los pasajeros que no deben permanecer en
la plataforma...»
Por los altoparlantes seguían informando que no debíamos
permanecer en la plataforma sino hasta el arribo del próximo tren. El hombre de
las gafas me recordó que le debía una respuesta.
─Me llamo Leonardo, con mucho gusto.
─René, es un placer. Para servirle.
Dedicamos unos segundos a contemplar los afanes de las
personas que se desplazaban por la calle Boyacá y a construir mentalmente la
parte siguiente del diálogo. De la carrera Bolívar subían voces con ofertas de
tenis, bluyines, morrales para la temporada escolar y de vendedores de chicles,
tinto, jugos y cigarrillos, algarabía que solo espantó el pito estridente del
tren que iba con dirección norte.
«Señor pasajero, recuerde que debe permanecer detrás
de la línea amarilla hasta que el tren se detenga por completo».
Cuando el tren partió, las tórtolas bajaron de nuevo a
la carrilera, unas a buscar paja para hacer sus nidos y otras a buscar qué
comer.
─La obra de Borges me parece magistral ─dije para
contestar la pregunta que estaba pendiente─. Pero me gustan más sus cuentos.
Leonardo subió un poco sus gafas con el índice, como a
la espera de una respuesta más concreta.
─Prefiero su prosa ─continué─, por ejemplo cuentos
como “El hombre de la esquina rosada”,
“El Jardín de senderos que se bifurcan”,
“El Aleph”, “El otro”, “Funes, el
memorioso.”
─¡Excelente! Nadie más que él, en su época, mereció el
premio Nobel de literatura, ¿Verdad?
─¡Es verdad! ─dije. Me había contagiado de su euforia─.
Creo que cometió el error de hablar en contra de la Academia Sueca. También defendió
la dictadura del general Pinochet.
─No sabía que él defendió la dictadura de Pinochet.
─Esta posición política lo alejó del club de los
Nobel.
─Pero, se lo mereció más que muchos de los consagrados
en octubre por la Academia.
─Seguro que sí.
Leonardo me pidió que le mostrara el libro. Observó la
carátula, le llamó la atención la figura en blanco y negro del Maestro y del
autor de la obra. Leyó en voz baja el título, dio un vistazo a las solapas, a la
letra menuda de la contraportada y lo abrió para oler sus páginas. Cuando
escuchamos el tren que él debía abordar, me lo devolvió.
El tren se detuvo. Las tórtolas se habían refugiado
entre las cerchas del techo. Las campanas de la iglesia La Candelaria dieron
las diez y treinta minutos, la misma hora que señalaba el reloj de la estación.
─Yo leo todos los días ─dijo Leonardo después de que el
tren partió─. En el maletín siempre llevo un libro. Los libros son una
maravilla. Le doy gracias a mi madre porque me inculcó el amor por la lectura.
Leonardo abrió su maletín. De él salió un olor a cuero
recién cortado y mostró la caratula del libro que estaba terminando de leer.
─Leer es lo que me alegra la vida, René.
─Hay pequeñas cosas que uno se encuentra y en el fondo
guardan grandes tesoros que si se saben valorar le dan otro significado a la
vida. Eso es quizá un libro.
─¡Cómo no! ─Exclamó Leonardo.
Los dos policías bachilleres que estaban encargados de
la vigilancia de las zonas de abordaje, se hicieron señas para alertarse de
nuestra permanencia en la plataforma.
─No tenemos tiempo ─habló Leonardo, sin perder de
vista al policía que nos seguía de cerca─, para contarle mi historia. Como le
dije, gracias a mi madre, aprendí a buscar educación en los libros, sin tener
que asistir a la escuela. Ella una vez me dijo: «como en la vejez se duerme
poco no hay un mejor amigo que un buen libro».
─Ella tiene toda la razón, Leonardo. Quien toma el
libro como su amigo mantiene su espíritu rejuvenecido y predispuesto a las
sorpresas.
Leonardo estaba ansioso por hablar más de libros y de
su vida. Rebujó su maletín, lo volteó, hurgó hasta cuando pudo sacar una
cartulina tamaño tarjeta personal, donde le escribí mi número de celular y el
link de mi blog literario.
─Hasta hace
trece años fui drogadicto ─dijo mientras ordenaba los artículos de cuero que
fabricaba y vendía para obtener el sustento diario─. Sufrí un vacío afectivo
que dio un giro completo a mi existencia.
Leonardo terminó de ajustar el cierre de su maletín.
Lo oí dar gracias a esa fuerza divina que lo había iluminado y lo tenía
transitando un camino menos oscuro y lleno de alegría. Puso su mano en el
pecho, en la boca, en su frente y dijo que siempre se bendecía de corazón,
palabra y pensamiento.
─Perdí al ser que más quise, después de mi madre─. Sentenció
con voz sincera.
Leonardo hablaba con rapidez, quería agotar hasta el
último segundo que nos quedaba para compartir. El policía estaba a dos pasos de
nosotros; esperaba impaciente que termináramos la conversación. Hicimos el
intento de abandonar la estación y volvimos a detenernos. El vacío de vida que
le había dejado el consumo de drogas lo estaba llenando lentamente, vivía, se
sanaba al saber que recuperaba el tiempo
perdido.
─René, ahora trabajo para sacar adelante este joven ─Leonardo
me mostró en la pantalla de su celular la imagen del joven que motivaba su vida─.
A los tres días de él haber nacido lo tuve en mis brazos y el brillo de sus
ojos me iluminó. Ese niño dio un nuevo significado a mi existencia. Hoy
disfruto cada minuto, trabajo para compensarlo y ayudarlo a salir adelante.
No quise interrumpir la confesión que siguió haciendo
Leonardo. Pensé en la magia que esconden los libros, en su calor, olor, en sus
colores y en lo que estos han significado para el desarrollo del ser humano. Él
guardó la tarjeta de cartulina en un lugar privilegiado de su maletín. Me
pregunté sí ese encuentro se habría llevado a cabo si en lugar de un libro en
formato de papel tuviera en mis manos uno electrónico y respondí que no, que su
frialdad no hubiera permitido el acercamiento, la primera pregunta y mucho
menos tan grata compañía.
El policía bachiller se arrimó y preguntó qué si
íbamos a abordar el próximo tren. Le respondí que él sí, señalé a Leonardo, y
que yo no, que ya iba a salir de la estación. No le escuché el reproche que
hizo porque habíamos infringido el reglamento del Metro. Me despedí de mano de
Leonardo. El tren ya estaba en plataforma. Abrió sus puertas. Quedamos
comprometidos con un nuevo encuentro, ahora no fortuito, sin afanes, para
hablar de libros, de la lectura, quizá hasta llegar a la conclusión de que la
vida posee páginas que cuando se saben comprender dan nuevas oportunidades, así
estemos al borde del abismo.
26 de enero de 2013