Medellín
reconquistada.
Por:
René Jaramillo Valdés
Son muchos los privilegios que
disfrutan quienes se dedican al estudio de la historia. Entre éstos están la
extensión que alcanza la mirada sobre los acontecimientos que han conformado el
devenir de las sociedades, los nuevos significados adquiridos por los
territorios en referencia y la posibilidad de avistar resplandores que las
luces del pasado guardaron en la memoria de los hombres que no se dejaron
apabullar por su presente. Estas son preferencias que también nos recuerda la
lectura de la novela ¡Medellín, soy tu conquistador!, del escritor César
Herrera Palacio.
Conocer el mundo difuso y turbio
en que deambulan los jóvenes de nuestro siglo, y los abismos insondables con
los que asedia la vida, permite el momento preciso a un profesor de
bachillerato para hacer que uno de los estudiantes vuelva la mirada sobre el
origen de su apellido, cambie de actitud frente a los compromisos educativos y
motive su imaginación hasta sentirse parte viva de la ciudad. Medellín se
fracciona en múltiples caminos, en cúmulos de hechos históricos que terminarán
complementando el sentido de la existencia de la misma urbe. Esta conciencia
acrecentada por la curiosidad lejana del encuentro entre culturas, y la
cercanía heroica del conquistador Francisco de Herrera y Campuzano, llevan al joven
Herrera a revertir la pesadilla de la investigación acordada con el profesor y
encaminarla hacia el acto sublime del arte; a querer escribir un libro con sus
experiencias lectoras.
En toda buena historia se
entremezclan y confluyen alegrías, dolores, amores, desamores, muerte,
aventuras y lentas agonías que hacen pensar en lo distante que a veces parece
todo comienzo, lejanía que a la vez advierte que es en el final donde se
esconde la franja con los colores que debemos reconocer si esperamos
apropiarnos de nuestra historia. En la novela los personajes interactúan en
presente, las crónicas hacen de telón de fondo e ilustran la fundación de
Medellín y los aspectos culturales y socioeconómicos de la época colonial. El
lector alcanza a sentir la dureza de la piel de los ancestros y desposeídos que
forjaron la pujanza del Estado Soberano de Antioquia, empuje y riqueza que la
historia no ha logrado olvidar. Poder del que fueron testigos conquistadores,
colonizadores, piratas y mercaderes y que sirvió de estandarte para romper el
viento frío de la esclavitud y buscar el don preciado de la libertad.
La única historia que debemos tener
presente es aquella dispuesta a revelarnos, sin recelos, la evolución de las
grandes civilizaciones humanas. Su comprensión depende en gran medida de la
manera como nuestro comportamiento, nuestra cultura, contribuya a la difusión y
al desarrollo de la época en que nos correspondió vivir.
Leer esta bella novela corta de
César Herrera, aparte de ser un homenaje a Medellín, es un reconocimiento a los
lectores; un reencuentro propiciado por la ciudad que conserva lo mejor de su
historia, que no olvida los senderos que cruzaron montañas en busca de progreso
e hizo a sus pobladores conscientes de la pequeña luz del universo que llevan
dentro y con la cual podían iluminar generaciones. La sombra del hombre se
agiganta cuando sólo piensa en el futuro. Volver la mirada al pasado es cada
vez más tedioso para el hombre de este siglo. El futuro se ufana de poseer
luces para todas las oscuridades y motivados por éstas permitimos que la sombra
crezca hasta ahogarnos la conciencia del presente. Otro privilegio más de la
historia es que muestra sin demora las huellas ancestrales, aquellas que nos
hacen sentir la dureza del terreno que pisamos y nos advierte de lo frágil que
se vuelve el camino cuando ponemos la mirada en el horizonte, al que cada
amanecer debemos renovarle los colores.
Fin.
