miércoles, 1 de septiembre de 2021

Medellín reconquistada

 

Medellín reconquistada.

Por: René Jaramillo Valdés

 

Son muchos los privilegios que disfrutan quienes se dedican al estudio de la historia. Entre éstos están la extensión que alcanza la mirada sobre los acontecimientos que han conformado el devenir de las sociedades, los nuevos significados adquiridos por los territorios en referencia y la posibilidad de avistar resplandores que las luces del pasado guardaron en la memoria de los hombres que no se dejaron apabullar por su presente. Estas son preferencias que también nos recuerda la lectura de la novela ¡Medellín, soy tu conquistador!, del escritor César Herrera Palacio.

Conocer el mundo difuso y turbio en que deambulan los jóvenes de nuestro siglo, y los abismos insondables con los que asedia la vida, permite el momento preciso a un profesor de bachillerato para hacer que uno de los estudiantes vuelva la mirada sobre el origen de su apellido, cambie de actitud frente a los compromisos educativos y motive su imaginación hasta sentirse parte viva de la ciudad. Medellín se fracciona en múltiples caminos, en cúmulos de hechos históricos que terminarán complementando el sentido de la existencia de la misma urbe. Esta conciencia acrecentada por la curiosidad lejana del encuentro entre culturas, y la cercanía heroica del conquistador Francisco de Herrera y Campuzano, llevan al joven Herrera a revertir la pesadilla de la investigación acordada con el profesor y encaminarla hacia el acto sublime del arte; a querer escribir un libro con sus experiencias lectoras.

En toda buena historia se entremezclan y confluyen alegrías, dolores, amores, desamores, muerte, aventuras y lentas agonías que hacen pensar en lo distante que a veces parece todo comienzo, lejanía que a la vez advierte que es en el final donde se esconde la franja con los colores que debemos reconocer si esperamos apropiarnos de nuestra historia. En la novela los personajes interactúan en presente, las crónicas hacen de telón de fondo e ilustran la fundación de Medellín y los aspectos culturales y socioeconómicos de la época colonial. El lector alcanza a sentir la dureza de la piel de los ancestros y desposeídos que forjaron la pujanza del Estado Soberano de Antioquia, empuje y riqueza que la historia no ha logrado olvidar. Poder del que fueron testigos conquistadores, colonizadores, piratas y mercaderes y que sirvió de estandarte para romper el viento frío de la esclavitud y buscar el don preciado de la libertad.

La única historia que debemos tener presente es aquella dispuesta a revelarnos, sin recelos, la evolución de las grandes civilizaciones humanas. Su comprensión depende en gran medida de la manera como nuestro comportamiento, nuestra cultura, contribuya a la difusión y al desarrollo de la época en que nos correspondió vivir.

Leer esta bella novela corta de César Herrera, aparte de ser un homenaje a Medellín, es un reconocimiento a los lectores; un reencuentro propiciado por la ciudad que conserva lo mejor de su historia, que no olvida los senderos que cruzaron montañas en busca de progreso e hizo a sus pobladores conscientes de la pequeña luz del universo que llevan dentro y con la cual podían iluminar generaciones. La sombra del hombre se agiganta cuando sólo piensa en el futuro. Volver la mirada al pasado es cada vez más tedioso para el hombre de este siglo. El futuro se ufana de poseer luces para todas las oscuridades y motivados por éstas permitimos que la sombra crezca hasta ahogarnos la conciencia del presente. Otro privilegio más de la historia es que muestra sin demora las huellas ancestrales, aquellas que nos hacen sentir la dureza del terreno que pisamos y nos advierte de lo frágil que se vuelve el camino cuando ponemos la mirada en el horizonte, al que cada amanecer debemos renovarle los colores.

Fin.

martes, 15 de junio de 2021

Reseña: Sinfonía Cubana 1

 


Sinfonía Cubana 1

Allegro ma non Troppo

Por: René Alfonso Jaramillo Valdés.

 

Esta primera novela de la trilogía Sinfonía Cubana, escrita por Jorge Luis Camacho, cuenta la historia de la familia Robles–Serra, propietaria del central azucarero La Rosa, empresa que a la llegada de la revolución se encuentra en proceso de ampliación y planeando desligarse del monocultivo.

El dictador Fulgencio Batista abandona el país y cede el poder al movimiento 26 de julio, comandado por Fidel Castro. Los gritos de libertad y de júbilo soplan en la isla caribeña. El pueblo siente en el ímpetu de los rebeldes la llegada de los cambios sociales, económicos y humanos que siempre han soñado. En las calles de La Habana todo es jolgorio y en el rostro de los citadinos la alegría y la sorpresa hacen entender que la espera silenciosa valió la pena. Marchas, arengas y pancartas recuerdan los años de litigios con España y la Guerra Grande o guerra de los diez años. Las inclemencias sufridas durante la dictadura de Batista, en el poder desde 1952, después de derrocar a Carlos Prío Socarrás, las carencias y desconocimiento de las necesidades vitales se fueron convirtiendo en un extenso puente entre el pueblo y el movimiento liderado por Fidel Castro.

Fernando Andrés Robles-Serra dirige La Rosa y con su esposa Sonia y sus hijos (Rodrigo y Patricio) empiezan a ver tambalear el emporio económico construido por sus ancestros, según el legado dejado por escrito en los libros destinados a la conservación del legado familiar. Con el cambio político en la isla también salen a flote las falencias de los Robles- Serra. La enfermedad de Libertad, esposa de Rodrigo, por momentos les hace olvidar la afectación colectiva, cuyos síntomas levemente han percibido los dueños de plantaciones de caña y propietarios de empresas. Aunque los Robles-Serra siempre se han mantenido al margen de la política las decisiones abruptas de los nuevos dueños del poder les causa dolores inesperados, éstos ya en el alma. El cáncer que sufre Libertad, que a veces deja espacios para la lucidez, les maltrata el corazón, pero el ataque a la constitución y a la economía del país y de las familias, les oprime el alma. La imposición de las normas revolucionarias, del manifiesto comunista, destruyen la constitución de 1940 y “reviven” la pena de muerte. Las violaciones a los Derechos Fundamentales del hombre hacen que aumente la incertidumbre y la sociedad cubana, los que no son abogados de la REVOLUCIÓN, se ve obligada a salir en busca de otros horizontes. Esta primera novela de la trilogía termina con la fiesta fin de año, 31 de diciembre, y el amanecer del día uno de 1960, cuando la mayoría de la población espera un milagro, el despertar real de esa larga pesadilla que fue 1959, denominado por ellos, los barbudos, como el año de la liberación.

Los fracasados intentos de Fidel Castro de exportar la revolución a Panamá, República Dominicana y Haití llevó a estas naciones a romper relaciones diplomáticas con el gobierno de la isla. Dichos desaciertos alertaron a los pobladores de que desde el exterior también comenzaban a extinguirles la libertad. Algunos sospecharon lo que se veía llegar, entre ellos Patricio quien dice a su padre, casi a manera de pronóstico: “La Historia, papá, la Historia. Sin dudas preparan las condiciones para matar algunos individuos que consideran molestos. Deshacerse de los miembros del antiguo régimen capaces de representar un peligro es un clásico, pasa siempre en las revoluciones”. La captura de Huber Matos, en Camagüey, la condena a veinte años de prisión; y la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos son muestra fehaciente de lo que espera a quienes se interpongan al poder del “pueblo”. Aparte de las ejecuciones perpetradas en La Cabaña por Ernesto Guevara, futuro director del Banco Nacional de Cuba, a la inestabilidad social se sumó la ley de expropiación por delitos políticos. Lo ocurrido en La Cabaña, fortaleza comandada por el argentino, puede resumirse con sus propias palabras: “Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Esos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por el odio”. Es una época durante la cual a los retenidos los juzgan los jueces militares, pero la sentencia es “dictada” por Fidel Castro.

En la novela el lector halla disgregada la historia del líder del movimiento 26 de julio. Se habla de su profesión de abogado, del asalto al Cuartel Moncada el seis de enero de 1953, del viaje en el yate Granma, del desembarco y la incursión en La Sierra Maestra, de la doble vía de sus palabras, de su actuar deslealtad con quienes lo ayudaron a derrocar a Batista. Sorprende la suspicacia del líder para desplazarse entre la sombra que arrastra el presidente Manuel Urrutia y como se viste el gabán de dictador hasta absorber a su enemigo. El somnífero de la revolución no les permite ver el corazón de la fruta, distinguir que aparte del color de la corteza lo esencial es el sabor. Fidel lanzó voces en todas direcciones pregonando que no era comunista y consiguió mantener audible el canto de sirena, tanto que ensordeció a quienes la revolución nubló la visión y apenas comenzaron a despertar cuando pospusieron las elecciones prometidas por el mismo líder. Muchos paseantes vieron más allá del malecón, de las avenidas aún eufóricas y veían aguas planas e interminables que a simple vista sólo podía transitar la esperanza colectiva. Quienes sospecharon de la llegada del “comunismo” observaban en el mar ya no esa planicie alcanzable sino el abismo que se tragaba cualquier asomo de grandeza. Los Robles- Serra sienten que las cifras de la economía se derrumban, que los esfuerzos por sostener la igualdad del peso cubano y el dólar a nivel internacional serán inútiles. “Los que se regocijan hoy, verán al fin la arena tras el espejismo. Sedientos para entonces, contrastarán que los rodea el desierto, pero será tarde. La ilusión popular de la bonanza revolucionaria se habrá convertido en rictus”, piensa Rodrigo.

El nuevo poder en la isla no tiene contradictores a la vista y quien quiera levantar la mano para señalar el horizonte cercano se arriesga a perder el brazo. A los Robles-Serra lentamente les va llegando la sombra del desencanto. Emerge la opción de abandonar la isla, vender La Rosa antes de que el Instituto Nacional de Reforma Agraria dé las tierras en usufructo a los campesinos. Se habla de que la revolución quiere indemnizar a los inversionistas extranjeros con bonos del Estado, a veinte años, y la negativa de éstos ajustan más las puertas. La situación económica apenas deja la luz que genera la esperanza del cambio prometido. Fernando, el padre, cuando ve partir a Rodrigo se pregunta, ¿tengo derecho a sacrificar el futuro por fidelidad al pasado? En los libros que han escrito los administradores anteriores hay una leve luz que no dejará que se apague la tradición, irradia distante, pero es la única capaz de guardarles la ilusión de regresar a continuar con la tradición familiar en La Rosa.

Aunque el cáncer que padece Libertad mueve sus garras silenciosamente no deja de recordarle la finitud de la vida. A ella la motiva más el bienestar de su hijo Julio que su propia salud. A veces cuestiona el apego y con delicadeza le recuerda a su esposo Rodrigo: “Tener es temer, amor. Tenemos miedo porque nos aferramos a las cosas y a las personas imposibles de poseer. Al adquirir bienes y poder, por grandes o pequeños que sean, adquirimos también el temor de perderlos y la constante preocupación de velar por ellos. Nos convertimos en víctimas de nuestra ambición. Igual sucede con la familia: quien posee teme, querido; quien ama, también”. El desmoronamiento de la familia no se detiene y los recuerdos que guardan de La Rosa los lleva a preguntarse qué ha significado la empresa en sus vidas y Julio en una de sus visitas piensa: “La Rosa es un gigante con nombre de flor, donde sudan los hombres, chocan los hierros, arde el fuego, ensordece el estruendo, se destrozan las plantas… Y todo para hacer dulce”. El niño estudia piano y en él están puestos los ojos para que continúe la tradición, administre la empresa, pero una cosa es el soplo del viento y otra la melodía que le sacan los obstáculos, las barreras que a veces impone la vida. En él convergen muchos diálogos, se cierran escenas, se entrelazan situaciones que gestan reflexiones, cuestionamientos que hacen que el lector olvide, por instantes, la molienda, la siembra, el corte de los tallos, el transporte y el fin de la zafra. Es interesante y humano el diálogo que el niño mantiene con el sartenero a la salida de la escuela de música y cómo comprende que lo auténtico viaja por la sangre naturalmente y el cuerpo lo transporta con maestría. Se siente atraído por la ejecución de los instrumentos, constata que la música está implícita en cada ser humano, que la alegría y la tristeza cuando se comparten en el diálogo íntimo hacen que el arte aniquile las diferencias y hace olvidar el valor de las notas en el pentagrama de la existencia, que dos notas negras no son más equivalentes a una blanca.

Este primer movimiento de la trilogía Sinfonía Cubana muestra con claridad que lo visible se impone a lo posible. En la revolución, el recuerdo, el pasado, sirve de muralla para contener la tormenta que intenta lanzarlos al mar de los sargazos. Encontramos en estas páginas momentos poéticos, monólogos, distintos planos narrativos, incisos históricos, escenas de corte teatral, microrrelatos que hacen cambiar el ritmo de la lectura y convierten la obra en una sucesión de vacíos que no agotan la respiración. Estos referentes culturales, y el religioso, conforman la atmósfera precisa para desarrollar la ruptura social y política que puso a la isla en primer plano a nivel mundial y quizás en ejemplo para tantos jóvenes hispanoamericanos que sintieron cercano y posible el límite máximo de la libertad.

El equilibrio que se observa a lo largo de la novela quizá se debe a la distancia que el autor mantuvo al narrar los eventos y al compromiso de fidelidad con los datos históricos. Es un drama contado desde el alma, con objetividad. Leerla es presenciar un espectáculo desde la barrera, pero con la certeza de que en cualquier instante nos corresponda saltar al ruedo y hacernos partícipes de esa despedida interminable en que se convierte el desarraigo. La nostalgia que cubre un corazón agobiado asfixia y no deja escuchar nuestra voz. Aquí el dolor de familia Robles- Serra es la despedida de un puerto conocido hacia tierras de las que parece imposible el regreso y si éste se da el alma no brillará igual, pues las raíces abandonadas ya las habrá secado el olvido. La novela, Allegro ma non troppo, es afortunada por su estructura, porque tiene variedad de voces y ritmos. Su lectura nos deja a la espera de las otras dos puertas para poder contemplar la magnitud del horizonte que hallaron los personajes enviados a la errancia.

René Alfonso Jaramillo Valdés

 

 


lunes, 4 de enero de 2021

Una mujer desnuda en la iglesia

 


Además de sentir y recordar desde distintas ópticas los temas vitales de la literatura, la lectura nos pasea por variados escenarios hasta dejarnos frente a los sonidos con los que las facultades humanas sintetizan el encuentro del asombro y la imaginación. Aquel producto de la admiración de un hallazgo inesperado y ésta como gestora de un momento especial en el que tiempo y espacio convergen para revelar aquello que se ha desprendido de la realidad, que ha quedado rezagado, y requiere volver a ella para no equivocar los caminos que conducen a la estética, al reencuentro con la totalidad. Para alcanzar la plenitud de ese instante necesitamos la palabra, ésta comprendida en toda su esencia, y significado, porque es la única capaz de proyectarnos por una lectura consciente y atenta. Disponernos a abrir un libro, adentrarnos en los primeros renglones, o versos, debe iniciarnos en un extenso viaje cuyo final jamás olvidaremos, quizás porque nos enseñó que con imaginación los horizontes no pierden sus colores, o porque aprendimos a sobrevivir a duros temporales, a superar tragedias donde el azar es más importante que la vida misma o porque sus avatares nos hicieron comprender que las distancias no son más que faros donde los espíritus depositan las luces de las búsquedas posibles, aquellas de fácil acceso cuando la actitud del navegante se fundamente en la renovación de su creciente relación con su entorno y con el mundo.

No se nos ha revelado puerta más amplia y segura, para ir a otros universos, que la portada de los buenos libros, pues podemos ajustarlas o dejarlas entreabiertas para que la imaginación explore territorios ignotos y que la palabra reconstruye para ayudarnos a completar nuestra propia realidad.

Algunos apartes de los mencionados puedo compararlos con los suscitados durante la lectura del libro Una mujer desnuda en la iglesia, del escritor colombiano Fernando Serna Escobar. Diez relatos donde las historias parecen haber acompañado al autor como esas sombras a las que la noche confunde, y junta, para presentarlas al amanecer por las mismas calles de un pueblo solitario y siempre dispuesto a recrearlas, ya que es la única manera de mantener viva su historia, historia que escancia como el árbol a sus frutos antes de regresarlos a la tierra. Fernando, para volver a la imagen del viaje, parece darnos a entender que es la distancia recorrida la que da verdadero sentido al inicio, la que brinda mayores incentivos a la existencia para que nada parezca extenuante, lejano e imposible de lograr. Mal hace el viajero cuando se desespera, apurado no por la fatiga sino por el desconocimiento de lo que ha trajinado. Los relatos poseen fuerza narrativa, frescura y serenidad en la descripción de los ambientes; además, sorpresas que advierten abismos emocionales.

La literatura tiene la capacidad de hacernos sentir el vuelo sin tener nociones de altura, tormentas, dirección de los vientos o tiempos de llegada. La publicación de este libro de relatos me hace recordar al escritor italiano Gesualdo Bufalino (15 de noviembre de 1920, 14 de junio de 1996), quien comenzó a publicar cuando tenía sesenta y un años. Esta tardía revelación literaria y las obras decantadas en noches y amaneceres continuos poseen la sencillez y la claridad de los días, tanto que terminada la lectura nos hacen pensar en que los verdaderos secretos de la existencia salen a nuestro encuentro con ímpetu, como si no los hubiéramos visto. Esto ocurre cuando nuestra prioridad es un mañana donde esperamos hallar esa luz que lentamente se va perdiendo entre las brumas de un pasado que parece adelantarse y las historias de estos escritores tardíos se prestan a llevarnos de la mano para mostrarnos que nada, en ninguna época, poseerá el valor del ahora.

Mientras más se lea mejor será lo que se escribe y los relatos que conforman Una mujer desnuda en la iglesia así lo demuestran. Los personajes caracterizados con precisión, la pericia de narrador capaz de mantener constante la intriga y la certeza al introducir episodios que aparentemente nada aportan a la historia, y que terminan siendo decisivos y contundentes al concluir cada relato, son los aspectos literarios más sobresalientes que observo en la grata obra de Fernando Serna Escobar.

                                                                     René Jaramillo Valdés

Medellín, diciembre 30 de 2020.