sábado, 28 de noviembre de 2015

Frases que ayudan a vivir y a mantenerse en constante cambio

651
Cuando se sabe escuchar, detrás del silencio la razón toma la posición de un coro.

652
Quizá la mejor manera de mitigar el dolor de otro sea compartir sus silencios.

653
Verdad es una tenue sombra que el día moldea a su antojo y que la noche con su densa inmensidad no alcanza a desaparecer.

654
Quien alcanza a ver distantes sombras es porque detrás de él aun brillan algunos rayos de luz.

655
Hay momentos en la vida tan indescriptibles que a las palabras no les queda otra salida que condensarse en una lágrima.

656
Escribo porque por mi sangre fluyen fantasmas que si no los exorcizo con la pluma corroen las arterias y me desangran.

657
Los valores universales no son los dictados por las sociedades sino aquellos que reposan serenos en tu corazón.

658
No hay manera más bella de educarse que autodescubrirse. Es ir a través de la noche hasta el hallazgo de la luz del día.

659
Belleza: espuma que desde el fondo de la catarata alcanza a equipararse con las nubes y que nosotros apenas podemos contemplar.

660
Es de ilusos pretender armar una moña exuberante en una cabeza donde no hay sino tres pelos.

661
Es el tiempo el que ayuda al hombre a entender la sencilla suma de sus actos.

 662
Breves pensamientos dan la posibilidad de regresar al camino cuando la noche quiere ahogar nuestro destino.

663
El mayor secreto del dinero no está en seguir su huella hasta poseerlo, sino en descubrir la de aquellos que vienen a su encuentro.

664 
Si eres la puerta por la que otros pasan siempre tendrás una ventana abierta para auscultar el universo.

665
Dios: punto del infinito donde solo puede reposar el espíritu.

666
Cuando las heridas de la guerra cicatrizan en el alma es factible el perdón y el olvido.

667
Para el hombre de imaginación ningún lugar está lejos y el mundo se convierte en el mirador de su casa.

668
Si se ha llegado a la cima de la montaña es para extender la vista hasta los límites del horizonte.

669
Para lograr éxitos en la vida basta con no perder la oportunidad, tomarla y darle la dirección que uno quiere.

670
La indiferencia hace que no quede huella en la arena, pero no borra las sombras inmensas que ponen límite a las olas que todo lo rechazan.

671
En la guerra, donde se enfrentan el ansia de gloria y la ignorancia, siempre sale fortalecido el desastre.

672
Soy como el corazón: un atleta solitario.

 673
La vida es un maratón donde las sombras que corren a los lados te revelan lo empinado que va a ser el resto del recorrido.

674
Pintor es todo aquel que ve deambular los colores a través del silencio.

675
No hallarás mejor tesoro que haberte atrevido a su búsqueda.

676
Quien no mira hacia atrás no se da cuenta de cuánto se ha reducido su sombra.

677
 ¿De qué sirve al hombre construir puentes elevados y modernos si tiene que transitar debajo de ellos?

678
El perdón sincero devuelve al espíritu la transparencia y el sosiego para continuar viviendo.

679
El secreto del que da a guardar está en saber esperar que le devuelvan lo suyo.

680
Cuando tus huellas son claras, y profundas, las voces que te alientan son esas luces que encendiste y que te acompañarán el resto del viaje.

681
Hay frases en los libros que permiten al lector sentir los toboganes por donde se deslizan los personajes, para luego hacerlos aparecer en el mismo escenario.

682
Escribir una novela es armar una ciudadela llena de juegos mecánicos donde sobresalen las voces de los invitados.

683
Cuando sufras el frío viento de la cumbre, y lo fuerte que allí quema el sol, decidirás descender a escuchar el canto de los pájaros.

684
El agua se deja empacar fácilmente, beber por todas las bocas, refresca todos los cuerpos, pero como es vida nada la puede detener.

685
Ambición: hombre que navega en la proa de la barca intentando unir tierras que no le pertenecen.

686
Odio: depresiones en medio de la carretera que cada vez te muestran lo distante que estás de la playa.

687
Quien sube la montaña y sabe de dónde viene no le teme a la caída.

688
Quien se sitúa en cualquier lugar del bien puede conocer todos los lados del mal.

689
Un camino sin obstáculos no es garantía para que quien lo transita diga que todo va bien.

690
Tomar la pobreza como punto de partida es conocer el secreto para salvaguardar la fortuna.

691
No alcanzas a ver mar abierto lanzándote al agua sino parándote sobre tu barca.

692
Todos los caminos que llevan al bien pasan por tu corazón.

693
Nadie vive más convencido que el necio. El sabio, en cambio, vive entre incertidumbres.

694
El convencimiento lleva a la vocinglería, la incertidumbre al silencio.

695
Debes saber dónde dices lo que sientes porque no hallarás un lugar igual para lamentar lo expresado.

696
El amor es un rayo de luz que mientras más lo divides más ilumina.

697
A los árboles sin hojas solo les queda preservar sus raíces.

698
Ante la oscuridad no hay antorcha más poderosa que un corazón humilde.

699
Dar mucho y esperar poco siempre nos hará sentir bien recompensados.

700

Nadie tiene más caminos para emprender un ataque que aquel a quien consideras un enemigo pequeño.

sábado, 10 de octubre de 2015

En la vida, mija, nada empieza para no acabar



Ese sábado de octubre, como lo hacía todos los días, doña Isabelina Mesa abrió la tienda El Águila Roja y comenzó a barrer el frente de su negocio. Me bajé del autobús, caminé hasta la puerta del depósito de mercancías donde trabajaba desde el año 1980 y antes de tocar el timbre, para que me abrieran, la observé arrinconar la basura. Isabelina tomaba la escoba con firmeza. Barría en semicírculo y llevaba los desechos contra la puerta de su casa. Ya no los recogía  contra la raíz del arbusto que daba sombra a la banca donde tantas horas al día se sentaba Pacho González, su esposo. La vi pasar la barredora por rincones olvidados del antejardín y limpiar las escalas para subir al segundo piso, donde vivía.
Luis, el vigilante interno del depósito de mercancías, abrió la puerta de metal y corrí a desactivar la alarma. Después me dijo que las lluvias torrenciales de la noche habían obstruido las canoas del techo y el agua había mojado las mercancías que estaban pegadas a la pared. Los daños eran significativos e inventariarlos y reportar las pérdidas a la gerencia de la empresa me iba a ocupar el resto del día.
Varios empleados del depósito teníamos crédito en El Águila Roja. Nos fiaban el  desayuno, y golosinas, que cancelábamos cuando recibíamos el pago de la quincena. La forma de barrer de doña Isabelina me había dejado intrigado, nunca la vi desplazarse con tanta facilidad a pesar de su obesidad y del dolor constante que sentía en sus pies hinchados.
Buenos días, doña Isabelina.
Buenos días, don René contestó mi saludo, me miró serena,  con ojos más vivos y se quedó en silencio. 
Mientras ella fue a contestar una llamada telefónica me llené de recuerdos. Pensé en la importancia que tuvo la tienda El Águila Roja para los habitantes del barrio en la década de 1980, año en que llegué a administrar el depósito, y en la poca clientela que ahora la frecuentaba. Recordé aquellos tiempos de gran variedad en mercancías, la buena atención y los precios módicos; servicios que ahorraron a los vecinos innumerables desplazamientos a la congestionada Plaza Mayorista de Itagüí. Todo ese esplendor se había esfumado. “No, señor, es usted muy amable. Ya no me puedo comprometer con más deudas”, contestaba doña Isabelina a los ofrecimientos consumistas que le hacían de la distribuidora de alimentos. “No me gusta quedar mal, señor. Entienda que El Águila Roja de hoy no es el mismo de hace veinte años”, respondía a las insistencias. La voz de ella no mentía el cansancio acumulado desde cuando Pacho abandonó el hogar y la dejó sola con John Fersen, hijo que había tenido en plena madurez. Seguí con atención la conversación telefónica y la verdad de las razones que expresaba de la decadencia en que se hallaba el negocio confirmaban los comentarios que ya habíamos oído: Pacho era mujeriego.
Recordé a Pacho, las veces en que hablamos de política y las ocasiones cuando me visitó en el depósito para pedirme que le aconsejara a su hijo, que le ayudara a educarlo y le pusiera un precio económico a mi asesoría. Nunca hablamos de un pago en dinero porque yo no tenía el tiempo necesario que requería el muchacho para un buen acompañamiento. Le dije que John Fersen podía buscarme cuando quisiera, que yo estaba dispuesto a asesorarlo y así fue. El muchacho me buscó en varias oportunidades y, creo, aprovechó mi experiencia de educador. Después de que Pacho dejó sola a doña Isabelina, abrió otro negocio en un barrio cercano al aeropuerto Olaya Herrera, probó suerte de comerciante en el departamento de Chocó, por último compró un negocio inviable en el sur del Valle de Aburrá y éste lo llevó al fracaso final. Por esta época de soledad John Fersen me visitaba con más constancia para que lo orientara en tareas escolares, pero más para preguntar por sus dudas de joven. Pocas veces me habló de su padre y en los momentos en que lo hizo mostró respeto y cariño hacia él porque a pesar de la ausencia conservaban una buena relación.        
 Así es la vida, señordijo doña Isabelina y soltó un suspiro que tenía guardado desde mucho tiempo atrás.
Todo tiene un comienzo y un final continuó ella y me hizo una señal con la mano para que la esperara.  
Le señalé mi antebrazo para apurarla porque se iba a acabar el tiempo de mi descanso.
La avanzada edad de doña Isabelina, setenta años, su excesivo peso y los dolores en los pies que trataba de minimizar con medias elásticas, no le permitían movilizarse con agilidad. En las tardes la encontrábamos muy cansada, sentada detrás de la vitrina mostrador y siempre mirando hacia la avenida Guayabal. A sus espaldas las estanterías aparecían más desnudas y otras veces ocupadas con cajas vacías. Cerraba el negocio antes de la hora acostumbrada porque había poco para ofrecer a la clientela. Los fines de semana, después de terminar nuestra  jornada de trabajo, la visitábamos para que nos fiara unos tragos de licor. Con pena nos decía que no había comprado licor porque ya no era capaz de atendernos mucho rato, pero aun así mandaba a John Fersen a comprar una botella de aguardiente a una de las tiendas del barrio.
Mientras las deudas crecían en El Águila Roja, el surtido que compraba no alcanzaba a llegar a las estanterías. Lo vendía pronto. Comenzó a llenar las vitrinas con bisutería, lanas y cachivaches, tener algo para cambiar de sitio y no dejarse consumir por la tristeza. En las mañanas nos hablaba de cuantiosas  deudas, de la forma vertiginosa como aumentaban los intereses de préstamos que debía a un hermano suyo y quien ya le había reclamado el capital. Ella no estaba en condiciones de comprender las sacudidas económicas de la época y se resignaba a comerse el poco surtido que reposaba en estanterías y vitrinas. Las deudas la ahogaron y se vio obligada a vender el local del primer piso para cancelar a los acreedores. “Ya estoy muy vieja para tantas carreras”, adujo cuando le mencioné que compartir la propiedad no era una decisión acertada. “Ya no hay quien maneje esta tienda, don René. John Fersen no puede dejar de estudiar”, complementó. En las frases de doña Isabelina se podía sentir el dolor de la soledad, deseos de no poner trabas al destino.
Le agradezco mucho, señor, que quiera ayudarmedijo doña Isabelina al vendedor que insistía en entregarle productos en consignación. Entienda que ya me siento cansada, vieja, y no me voy a comprometer para quedar mal. Lo que surta en estas tablas se lo consume la soledad.
Doña Isabelina colgó el auricular, se llevó las manos a la cabeza y trató de organizar el cabello.
Don René, disculpe la demora. No podía cortarle la llamada a un señor que se ha manejado tan bien conmigo durante estos años de angustia y tragedia. Le debo varias facturas vencidas y aun así me da espera. Me faltan muchas cosas, pero jamás me faltará gratitud. ¿No le parece, mijo?
Así debe ser, doña Isabelina.
Esperé que se lavara las manos, después de ella secárselas le pedí una arepa casera y un trozo de queso, para completar mi desayuno.
Apúntelo en mi cuenta.
Cómo no mijo, ¿qué más necesita?
Después de la pregunta ella sonrió, acabó de envolver el pedido en papel ordinario y demoró para entregarme el paquete.
 Mijo, le tengo una noticia.
Extrañé que no me dijera don René.
Pacho González, piensa volver.
¿Cómo?
Como lo oye, mijo.
¡Y usted lo va a recibir como si nada, después de que se fue y abandonó el hogar por tantos años!
Quise decirle que él se había ido aduciendo malos momentos en los negocios, pero que la verdad era que buscaba amores escondidos, olores de mujeres más jóvenes que ella. Quise decirle que Pacho llegaba en la peor época, pero pensé en dejarle florecer la escasa alegría que reflejaba su rostro y mi asombro inicial.
Mijo, ese es el hombre que me dio la iglesia como esposo y al que juré querer hasta mi muerte.
Después de sus palabras sólo habitó el silencio entre los dos. Volví la mirada a las estanterías vacías, a los arrumes de cachivaches que intentaban llenar las ausencias y me dije que lo único que podía vencer el silencio era una pregunta atrevida.
¿Lo piensa perdonar, doña Isabelina?
Ya lo perdoné. Perdonar es mi mayor alegría.
Doña Isabelina me miró a la cara y esperó una reacción mía que no llegó. Estaba de afán porque el tiempo de mi descanso se agotaba.
Él es el padre de mi hijo dijo para reafirmar el perdón que le había concedido. Cuando se vive sin el compañero una anda en tinieblas. Sólo el perdón nos devuelve la claridad para continuar viviendo.
No tuve palabras para decirle lo buena que era su alma, apenas un gesto ligero de labios aprobó su actitud de ser humano que no enjuicia desde los errores ajenos, sino desde su propia capacidad para entender otros comportamientos.
Don René, quiero la tranquilidad del deber cumplido.
Doña Isabelina siguió hablando del sosiego que comenzaba a vivir su hogar, de la oportunidad que la vida le brindaba para emprender el último tramo del viaje en compañía de Pacho.
Me despedí, le dije que saludara a Pacho y que esperaba verlo de nuevo detrás de las vitrinas.
A la una de la tarde de ese sábado, cuando salí a almorzar, todavía pensaba en el regreso de Pacho González, en las enfermedades que lo aquejaban y en el fracaso en los negocios que los amores furtivos no lograron detener. Me paré en la puerta del depósito y recordé la frase que tantas veces escuché decir a los jubilados cuando trabajaba con mi viejo en la tienda del barrio Castilla: “no hay mejor lugar para morir que allí donde se fue feliz.” La vida y la muerte quedaban a un paso y poco espacio se le dejaba al sufrimiento. Pacho así pareció entenderlo.
Crucé la Avenida Guayabal y esperé el autobús que pasaba con rumbo al centro de la ciudad. Me subí. Un muchacho de unos quince años, recostado a la máquina registradora, ofrecía galletas dulces. “Una le vale trescientos, para mayor economía lleve dos por quinientos y cinco por mil”. El muchacho repetía los precios a medida que avanzaba hacia la salida trasera del vehículo. Me fui detrás de él y me ubique al lado de dos costales de fibra que estaban junto a la última banca. Allí pude abrir el libro y leer con más libertad.
¿Mija, cómo le fue hoy en la plaza? Preguntó la mujer de más de setenta años, quien cubría su cabeza con un pañolón blanco, a una joven que abrazaba a un niño que miraba por la ventanilla.
Bien, señora, gracias a Dios respondió la mamá del niño.
Las dos mujeres venían de la Plaza mayorista, a donde madrugaban cada sábado a recoger restos de vegetales, frutas y legumbres que desechaban los expendedores o se caían de los camiones en el momento del descargue. En la cintura tenían anudado un delantal manchado y en los costales llevaban trozos de yuca, plátanos, papas, arracacha, cebolla junca, zanahoria, remolacha, fríjoles en vaina, fajos de cilantro y bananos verdes. Ellas rebujaron los productos para hacer inventario aleatorio de lo que habían recogido en la mañana y luego intercambiaron para equiparar cantidades.
Vea estos pedazos de arracacha, que hoy no lleva dijo la señora del pañolón.
La muchacha le compartió un fajo de cilantro y puñados de vainas de fríjol verde.
Hoy me fue muy bien con el fríjol dijo la muchacha. Mi hijo le cayó en gracia a un camionero y le regaló casi medio bulto.
La mujer del pañolón sonrió, levantó la cara y me miró. Yo tenía los ojos puestos en la página de la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser.  Ella volvió a sonreír como si las palabras de la joven le hubieran abierto el camino para sus próximas preguntas. Opté por cerrar el libro y sostenerle la mirada. Pensé en que la claridad de aquellos ojos adultos me podían decir más que veinte libros de dramas humanos. Comprendí que había gestos y miradas que al corresponderse daban como resultado los encuentros inesperados. Olvidé la enfermedad de Karenín, la mascota de los personajes de la novela, de los sentimientos que la pareja desplegaba hacia el animal y recordé que el día había comenzado con un regreso inesperado. Me dispuse a observar a las mujeres.
Ese camionero le trajo muchas vainas de fríjol y se me pudren porque no tengo nevera argumentó la mamá del niño al pasar el último puñado de vainas al costal a la compañera. El camionero quiere mucho a mi hijo.
¿El niño está en la escuela?
No, señora contestó la joven. Lo tengo que llevar siempre conmigo, no lo puedo dejar en el rancho y no tengo quien me lo cuide mientras yo trabajo.
La madre le sobó la cabeza al niño, quien seguía mirando por la ventanilla.
¿El papá de él dónde está?
Nos abandonó apenas nació el niño. Por mucho tiempo no volví a saber de él. El niño me lo hizo olvidar. Después supe que vivía en un pueblo de la costa, junto a Cartagena, con otra mujer. Mi hijo siempre está a mi lado, me ayuda en las casas donde trabajo, partimos la comida que me dan y por las noches volvemos al barrio, al rancho, allá arriba en los barriales de Santo Domingo.
Él se fue con otra mujer más joven que yocomplementó la joven como para justificarse ante la mirada absorta de la señora del pañolón.
La mano de la joven continuaba acariciando el cuello del niño. Bajó la cabeza y la recostó contra la mano que tenía en la baranda de la banca siguiente. Sintió la mano de la mujer del pañolón en el hombro y ésta me miró con ojos claros, con mirada que no reconoce obstáculos.
¡Ay, amá, huele a galleta de vainilla! Exclamó el niño.
Si, mijo, es que al frente queda la fábrica de galletas Noel. Contestó la mamá. Después inclinó otra vez la cabeza.
Mija, tranquila la consoló la mujer del pañolón. Dios sabe qué le corresponde a cada persona y eso le da. No descuide a su hijo, vaya a bienestar familiar para que le ayuden a cuidarlo y por nada del mundo lo deje sin escuela. No se acobarde porque la dejaron sola.
La mujer tocó el hombro de la joven con más fuerza, pero ella no levantó la cabeza.
¡Ay, amá, huele a pura chocolatina!Exclamó el niño y abrió sus ojos alegres.
Si mijo, allá queda la fábrica de chocolates. Allá hacen el chocolate en pasta y las chocolatinas Jet, las que traen láminas para pegar en el álbun.
Yo quiero llenar muchos álbunes de animales, amá.
Cuando encuentre un trabajo mejor le compro uno para que lo llene.
Bueno amácontestó el niño y se entretuvo mirando hacia el zoológico. Después aprovechó el semáforo en rojo para señalarle las canchas de microfútbol del parque recreativo Comfenalco, pero los labios apretados de ella le derrumbaron la mano.
Como le dije, mija, no se aflija. Dios sabe guardar y el que da a guardar debe saber esperar que le devuelvan lo suyo. Usted no es la única a la que ha abandonado un hombre. Escuche le cuento la historia de una mujer que conocí allá por el año 1970, su historia y la de ella son muy parecidas. Ponga cuidado.
La muchacha enderezó su cuerpo y se dispuso a escuchar a su amiga, quien se anudó el pañolón en la parte de atrás de la cabeza.
Ya no recuerdo el nombre de la muchacha, hace tantos años ya que le sucedió eso, pero su historia me marcó el alma. Ella se casó con un hombre que le prometió el cielo y la tierra. No le permitía trabajar, le tuvo dos hijos y un día cualquiera él los abandonó. Para sobrellevar la carga del hogar tuvo que ponerse a cocinar, a lavar ropa en las casas de sus vecinos y después en los barrios de los ricos de la ciudad. Llevaba los hijos a la escuela y cuando ellos salían de estudiar las vecinas iban por ellos y se los cuidaban hasta que volviera por la noche. Algunas veces estuvieron en mi casa y pude ver las ansias con la que esperaban a la madre. La querían mucho y anhelaban verla llegar para que les diera las sobras de comida que les había guardado. Aquella mujer nunca se dejó vencer por el infortunio. La alegría de sus hijos la animaban cada día a buscar el sustento, no permitía que faltaran a la escuela y menos si era para ayudarle en su trabajo. Estudien, estudien, les repetía y se ponía como ejemplo para que eligieran su camino en la vida. La vida no pasa inútilmente. Mientras ella metía sus manos al fuego y al agua, ellos aprovechaban el esfuerzo, la entrega y el cariño que recibían. Terminaron el bachillerato y pasaron a la  universidad. No recuerdo si fue a la que queda junto a la policlínica o a la que está al pie del cerro El Volador. Sus hijos trabajaban los fines de semana en lo que resultara, conseguían el dinero de los pasajes y para ayudarle a la mamá. Se hicieron profesionales y no tardaron mucho en conseguir buen empleo. A los pocos años de estar trabajando le compraron a ella una casa en otro barrio. El resto de la historia la sé porque la hija de una de mis vecinas estudió con ellos en la universidad y los visita con frecuencia.
Las mujeres intercambiaron miradas de asombro y consuelo. El niño no quería perderse un movimiento en las calles mientras yo pensaba en el regreso de Pacho González al lado de doña Isabelina y en la manera como ella se sobrepuso a la soledad.
Pacho al volver encontró a su esposa en casa. Doña Isabelina había vendido el local donde antes funcionaba El Águila Roja y cancelado la deuda que tenía con su hermano. Pacho llegó con el propósito de surtir un quiosco en el antejardín para vender café, gaseosas y parva, pero el nuevo dueño del local se interpuso. Esto hizo que John Fersen recurriera a las influencias de políticos, con quienes había trabajado en campañas electorales en el barrio, para lograr que a su padre le entregaran la licencia de funcionamiento del quiosco.  
¡Ay, amá, huele a puro peo! Exclamó el niño. La mayoría de los pasajeros del autobús rieron a carcajadas y miraron para atrás. La mamá se sonrojó.
Si, mijo, es que vamos por encima del río Medellín.
Los pasajeros que habían escuchado al niño volvieron a reír.
En la vida, mija, nada empieza para no acabar dijo la mujer del pañolón para retomar la historia. Aun sola ella era feliz y sus hijos también. Una parece boba y se entristece por todo, pero la infelicidad la debería cargar el que hace el mal y no una. Espere y verá. Un día un hombre de mal aspecto, mal vestido y ultrajado por la vida, tocó la puerta de la casa. Ella lo vio por la ventana, le sacó un plato de comida, pero él no se fue, se quedó sentado en el andén, junto a la ventana. Por la noche, cuando llegaron los hijos del trabajo, él mendigo todavía estaba sentado en la acera. Después de abrir la puerta y entrar, le preguntaron a la mamá qué quién era el señor que los había mirado asombrado. Ella se quedó en silencio mucho rato. Les sirvió el jugo y cuando la hija le volvió a preguntar por el señor que estaba sentado afuera, les dijo que comieran primero, que después les respondía la pregunta. Terminaron de comer, ella siempre los aguardaba para acompañarlos en la mesa, y les contó que el hombre que había afuera era el padre de ellos. Les dijo que venía a pedirles perdón y posada. Dijo que ella no podía perdonarlo sola porque también había sentido el abandono de ellos. Los hijos inclinaron la cabeza, la apoyaron en los brazos y estuvieron mucho rato en silencio, mientras la mamá lloraba. Mija, ellos lo perdonaron. Lo invitaron a entrar a la casa, le dieron comida, le compraron ropa nueva y le arreglaron la mejor alcoba para que descansara.
Las mujeres sostuvieron la respiración, no dejaron de mirarse a los ojos, hasta se habían olvidado del niño y de los costales.
Mija, Dios no deja nada empezado, a todo le da fin. No podemos decir que no vamos a perdonar. No le cuento mi historia porque es muy larga, pero tenga presente que cuando una perdona abre las puertas para que regresen los arrepentidos.
¿Y qué pasó después?Preguntó la mamá del niño.
Al hombre no le faltaron atenciones de sus hijos y de su esposa, pero no pudo gozarlas mucho tiempo. Él murió a los dos meses de haber vuelto al hogar.
Las mujeres se tomaron de las manos y luego reacomodaron los costales, los aprisionaron contra las piernas. Habíamos llegado a la Avenida Oriental. Miré por última vez a las señoras, me bajé en la parada antes de la calle Colombia y subí a tomar el autobús para el barrio Buenos Aires, Caunces. Ellas debían seguir y bajarse cerca al paradero de los autobuses de Santo Domingo, junto a la Lavandería Real.                                    
En los días que siguieron al encuentro con las recolectoras de frutas y verduras de la Plaza Mayorista, no hice más que pensar en doña Isabelina y en el drama que estaba viviendo. Pacho González no pudo sostener mucho tiempo el quiosco. Siempre sintió que no había regresado del todo a lo que antes fue suyo. Desde el rancho de lata roja, que era el quiosco, miraba el almacén del primer piso como el vacío que no había logrado superar y que no le permitía la posesión definitiva de lo que antes le perteneció. No volvió a recuperar la clientela que frecuentaba El Águila Roja en sus años de esplendor. El cáncer de próstata lo postró finalizando el siglo. Cuando me avisaron de su muerte, no me sorprendí. Recordé las frases de la señora del pañolón blanco, pero más las pronunciadas minutos antes de apearme del autobús: “mija, Dios no se queda con nada de nadie”. “En la vida, mija, nada empieza para no acabar”.     


              René Jaramillo Valdés.

domingo, 2 de agosto de 2015

Fronteras del destino




Fronteras Del Destino
Novela.

A la memoria de Aníbal Valdés, quien me entregó el eslabón madre para que escribiera esta historia.






Uno

John Fitzgerald Kennedy, al despertarse el 21 de noviembre, sintió como si la historia lo llevara de la mano para mostrarle su vida, igual que a un personaje de ficción al que debían pasar de capítulo para que la novela no se cortara de manera abrupta ni el final se estropeara. Se persignó. Pensó en sus hijos Carolina y John Junior. Los llamó en voz baja, como creyéndose a salvo en la peor de las tormentas, y los vio como dos balsas que no se apartaban de la playa por muy fuertes que fueran los vientos. Pensó en Jackeline, quien había regresado a la Casa Blanca para acompañarlo en la recepción de los jueces, y terminó por aceptar que él hacía parte del curso de la historia y ahora las aguas del gran río humano querían devolverlo a su cauce y recoger sus ideas, para dinamizar el nivel de compromiso que muchos de sus compatriotas habían adquirido. Sonrió, censuró sus pensamientos románticos y antes de ponerse en pie intentó alejar de su memoria los sones de la Banda de Cuerdas de la Marina y de la Orquesta de Cuerdas de la Fuerza Aérea, de la noche anterior. Las melodías que alegraron el baile empezaron a borrarse cuando volvió a su memoria el poema de Alan Seeger, Tengo una cita con la muerte. Se miró en el espejo del armario y sintió que el tiempo caprichosamente se detenía. Tomó en su mano una de las fotografías que su hija Carolina había incrustado entre el espejo y el marco del armario, y repitió en voz baja los versos favoritos del poema:
“Tal vez me tomará de la mano
Y me conducirá a su tenebrosa tierra
Y cerrará mis ojos y apagará mi aliento
Pero tengo una cita con la muerte”.
El Presidente repitió los versos. Recordó al escritor Aldous Huxley, quien se hallaba enfermo, y se conmovió al encontrar gran similitud entre la visión pacifista y social que este pregonaba en sus obras literarias y su labor al frente de la Casa Blanca. Pensó en que nada debía condicionar la felicidad y que era un deber de cada ser humano conquistarla. Su imagen reflejada en el espejo mostraba su cabello castaño con mejor tonalidad, más parejo, y la piel alrededor de sus labios cuarteada. No se retiró del armario, recordó al escritor, los momentos difíciles por los que estaba pasando y la manera sensata como los medios de comunicación seguían la evolución de su enfermedad. El viaje próximo a Texas, y la agitación social que se vivía en otros Estados del sur, lo alarmaron; solo la imagen del espejo volvió a concentrarlo en la agenda del día. Su espalda ancha, atlética, y sus 1,82 metros de estatura parecían ayudarle a resistir el peso del globo terráqueo que daba sacudones y le hacía perder el equilibrio. Sus cuarenta y seis años de edad y las adversidades que la vida le había encomendado vencer le recordaron que aún quedaban grandes retos que enfrentar, si no quería defraudar a quienes veían en él al defensor de las libertades, los derechos civiles y de la convivencia mundial. Reparó en las arrugas que comenzaban a zanjar su rostro, recordó los conflictos que tenían lugar en el Lejano Oriente, en Vietnam, a donde los señores de la guerra querían trasladar el negocio de las armas, ahora unidos a los mercaderes de la fe. Pensó en el conflicto en Laos, en las diferencias con los sindicatos del acero, las tensiones con los magnates del petróleo de Texas, en el sistema de salud que había propuesto para la Nación Americana, en la Ley de derechos civiles y en lo inútiles que se habían vuelto las negociaciones del armamento atómico con las naciones europeas. Volvió a recriminarse por no haber removido de sus cargos a los directores del FBI, y de la CIA. Se dijo que quizá ese había sido un error que no podría saldar hasta las próximas elecciones presidenciales. Recordó los vicios del expresidente Eisenhower y el fracaso de la invasión de Bahía Cochinos, que este dejó en marcha, desastre que él cargaba y el cual se había convertido en el mayor desacierto de su administración. A las preocupaciones anteriores sumó la división que sufría el partido demócrata en el Estado de Texas y la amenazaba que representaba para sus intereses reeleccionistas del año 1964.
El presidente Kennedy pasó la mano derecha por su cabello, en voz baja se dijo la frase que siempre lo impelía a cumplir sus retos: “La dificultad es una excusa que la historia no acepta”. Sonrió. Volvió a mirarse en el espejo, ladeó la cabeza como buscando una puerta que le presentara otra imagen de su rostro y al enderezarla se dijo que el paso por la ciudad de Dallas, después de la crisis de los misiles, sería el mayor desafío que tendría que enfrentar y sentir en carne propia. Estaba dispuesto a meterse en territorio de coyotes.
Cuando George Thomas, su ayudante de cámara, tocó la puerta de su dormitorio para que pasara a tomar el desayuno, ya se había asegurado el aparato ortopédico de la espalda y acababa de acomodar la plantilla de su zapato izquierdo. La luz entraba decidida por las ventanas. Precedió a George, sintió el frío repentino que sopló a su espalda y antes de ir al comedor se dirigió al dormitorio de Jackeline para que le diera el abrazo de protección. Ella aún dormía. La recepción de los jueces había durado hasta pasada la media noche y él había aprovechado parte de ese tiempo para pulir los discursos que leería en su viaje por el Estado de Texas. Visitó a sus hijos, que acaban de ducharse, y los invitó a desayunar. El Presidente comía y no dejaba de pensar en las sombras tenues que se movían detrás de las tensiones generadas por la firma de la ley ejecutiva que eliminaba la Reserva Federal, y le permitía al gobierno elaborar su propia moneda, como lo estipulaba la Constitución Nacional. Estaba consciente de que al eliminar la Reserva Federal debilitaba la ayuda que su administración prestaba a Vietnam, donde se hallaban apostados 15.000 soldados estadounidenses. Hizo un quite a las sospechas y las sombras desaparecieron ante el bullicio de Carolina y John. Elogió el vestido que su hija había escogido para ir a despedirlo al aeropuerto, después vio a John correr detrás de un avión de juguete que intentaba elevarse para perderse en el firmamento gris y entre las gotas de lluvia que escondían la ruta de regreso. Pensó en su hermano Joe, quien había sido elegido por su padre para ocupar la Casa Blanca. Volvió la mirada hacia su hijo, que lanzaba el avión sin lograr ponerlo en vuelo, y se dijo en voz baja que lo más importante en los seres humanos son las metas que se proponen realizar, así muchas veces no se logren. John le había enseñado que nada en la vida merecía más cuidado y dedicación que lo emprendido cuando se conocían sus fines. Terminó de desayunar y dedicó unos minutos a leer en los periódicos los artículos donde hablaban de su viaje a Texas. De la lectura dedujo que el viaje no podía tener término medio y se convenció de que la franqueza de sus discursos iba a neutralizar las diferencias entre los copartidarios y llamaría a la unidad en las filas demócratas.
Caminó de la mano de sus hijos hacia su oficina en el ala izquierda. Los vientos que cruzaban los pasillos movían con fuerza su corbata, su saco sin abotonar y las botas de su pantalón. Esos vientos, como las crisis por las que atravesaba el mundo, inevitablemente pasaban por la Casa Blanca. Sentía las pequeñas manos, pensaba en grandes tempestades y se decía que aferrado a columnas como lo eran sus hijos, en su pecho no había espacio para el temor. Saludó a quienes se encontraba de frente y a quienes salían de sus oficinas para saludarlo. El Presidente siempre se mostraba enérgico, les estrechaba la mano con firmeza y los instaba a aportarle a la Nación, en vez de esperar que ella se acordara de cada uno de ellos. Iniciaba su jornada de trabajo a las siete y cuarenta y cinco.
Los niños se quedaron en el pasillo atendiendo los saludos de algunos empleados y luego se fueron a buscar a Jackeline. Cuando el Presidente entró en su despacho sintió el mismo frío de la madrugada, un leve temor lo llevó a mirar atrás; como si las puertas se hubieran cerrado para siempre. Antes de tomar asiento junto al escritorio de madera que la reina Victoria regaló al presidente Hayes, sonó con sus dedos la concha de coco que conservaba desde el incidente de la torpedera PT-109, en aguas del Océano Pacífico, y la volvió a su sitio. Coger la concha, y acariciarla, se había vuelto un ritual que en muchas ocasiones lo había sacado de momentos aciagos. La sonaba hasta encontrarle sonidos agradables que lo hacían recordar aquellas horas de valor y entrega. Observó las cortinas de la oficina recogidas a media altura, la luz que entraba por la ventana formando un obelisco que alumbraba el escritorio y la silla de madera. Entre las ventanas la bandera blanca y roja permanecía vigilante. Se paró unos instantes frente a la inscripción que dominaba en su despacho y la leyó en voz baja: ¡Oh, Dios qué vastas son tus aguas y qué pequeña es mi barca! Recordó que su administración le había propuesto al pueblo americano que esta era la década de la conquista de la luna y volvió a llevar su mirada a la frase, pero no la pronunció. Se sentó, buscó las frases que tenía escritas de Tucídides, su historiador favorito y encontró la que más se acomodaba al momento: “La historia es un incesante volver a empezar”. Era el autor que mejor le había enseñado a analizar los hechos históricos, quiso recordarlo, buscó entre sus apuntes de lectura y releyó: Tucídides, 460 a.C., Atenas; 395 a.C, Anfípolís. Él, como Tucídides, estaba convencido de que la búsqueda de las razones profundas de los hechos no permitía al historiador quedarse en la simple anécdota. Dejó a un lado sus pensamientos, los recuerdos sobre este, y pensó en el sí que Jackeline le había dado para acompañarlo a Texas. Su compañía era suficiente para esperar confiado los vendavales y olvidarse de las excusas.
El Presidente leyó los informes del Servicio Secreto, de la agencia de comunicaciones de la Casa Blanca, del FBI y de la CIA. No le entregaron el informe del estado del tiempo para los siguientes tres días, como él lo pidió con el fin de procurarle a Jackeline un viaje placentero. Todos los informes manifestaban preocupación por el viaje a Texas, que debía iniciarse antes del mediodía. Lo que mayor desconcierto generaba en la Casa Blanca era el cambio de ruta aprobada por las autoridades de Dallas. El cambio evidenciaba serios peligros para la caravana presidencial y las facilidades que tendrían los francotiradores que quisieran atentar contra el séquito. Así lo hizo saber Lawson, el agente del Servicio Secreto, quien el dieciocho de noviembre había inspeccionado la ruta de Dallas en compañía de Jesse Curry, y con Forrest V Sorrels. Los comentarios de Sorrels habían dejado un manto de duda sobre la eficiencia en la seguridad que se le iba a brindar al Presidente y el poco interés que pusieron para enterar a los agentes del Servicio Secreto de los sitios más vulnerables del recorrido, entre estos el edificio de la Texas School Book Depository. Curry y Sorrels, apenas se limitaron a decir que para cubrir la parte de la ruta de Holston Street, necesitaban un batallón. El Presidente buscó otros informes anteriores del Servicio Secreto y cotejó las evidencias de que Lee Harvey Oswald se hallaba de nuevo en los Estados Unidos. Los organismos de seguridad seguían su pista y tenían indicios de que estaba residenciado en un condado cerca de la gran D. El prontuario de Lee Harvey Oswald, después de su regreso de la Unión Soviética, donde vivió por espacio de dos años, no era extenso, no preocupaba a los organismos de seguridad, pero tampoco debían descuidarlo. La radical oposición de Lee Harvey Oswald al capitalismo mantenía su a mente enferma.
El Presidente reorganizó su escritorio, llevó el cenicero de vidrio hasta el extremo derecho, junto a este puso la cigarrera de plata y en el izquierdo ubicó la escultura de  Heracles y la piel del león, que había comprado en uno de sus viajes a Roma, y fijó su mirada en el globo terráqueo que estaba en medio de la oficina. Firmó documentos, leyó informes de sus asesores. Le llamó la atención un folio que tenía que ver con el miembro representante de Texas en el comité nacional demócrata, Byron Skelton, quien días antes le había manifestado las mismas preocupaciones por el viaje a Dallas que ahora inquietaban a los organismos de seguridad de la Casa Blanca. Byron le había propuesto cancelar el viaje a la gran D, y si era posible postergar la unión del Partido Demócrata en los Estados del sur. El Presidente soltó la hoja de papel y recordó que en esa ocasión le había dicho al representante de Texas que el Presidente de los Estados Unidos era el presidente de todos los Estados Unidos. Mientras firmaba el resto de los documentos pensaba en los artículos publicados y distribuidos por todo Texas, donde esperaban que la suerte, o cualquier pistolero atrevido, llevaran a la primera magistratura al tejano Johnson, quien pasaba desapercibido por la Casa Blanca. Dichos pasquines instaban a atentar contra “el traidor Kennedy” y a desearle gloria eterna a quien lo quitara del camino. El presidente Kennedy, en el fondo, estaba convencido de que la gran mayoría de la gente de Dallas era buena y creían en la Nación que él se había propuesto rehacer para el bien de todos los americanos, sin distingo de ninguna índole. O´Donnell, coordinador de viajes y horarios del Presidente, que había sido llamado al despacho para enterarlo de los últimos pormenores, había querido intervenir, pero los ojos grises y fijos de su jefe lo hicieron callar. O´Brien, asesor especial, dijo que el representante Byron Skelton no cesaba de contar a sus amigos que la gloria de un chiflado podía estar en el cadáver del Presidente y que el ambiente turbio que había en Dallas ponía a muchos cobardes al acecho. El Presidente quiso contarles la anécdota surgida entre el filósofo Leucipo y su discípulo Demócrito, sobre el temor a los enemigos, pero el tiempo apremiaba. Les dijo que en otra oportunidad se las contaría.
El Presidente llamó a Evelyn, su secretaria, y le pidió que llamara a Jackeline, o preguntara si ya la habían acabado de peinar. Mientras tanto recibió una llamada de su hermano Bobby, el fiscal general, quien le hizo nuevos comentarios sobre los pasquines e improperios que desaprobaban el paso del Presidente por las tierras del sur de la nación. “En Dallas tildan al Presidente y a su administración de judíos y comunistas”, dijo Bobby, “y piensan en un golpe de suerte que les permita tener un presidente tejano, al Vicepresidente, para volver por los principios y lealtades que ellos creen perdidos”. “Según ellos”, dijo el Presidente, “se debe gobernar con la espada y no con el espíritu, contrario a lo que proponía Napoleón”. Bobby no dejó pasar el momento para contarle a su hermano el poco entendimiento que tenía con el vicepresidente Johnson y el silencio que este mantenía con respecto de los comentarios e injurias que proferían los poderosos de Texas. El Presidente lo tranquilizó al decirle que no se podían menospreciar los votos del feudo del vicepresidente y le mencionó lo cerca que estaban las elecciones del año entrante. Evelyn entró al despacho y dijo que a Jackeline  aún la estaban peinando. Él aprovechó para preguntarle por las nuevas cortinas que habían comparado para el despacho y ella respondió que para el regreso del viaje encontraría su oficina como nueva.
Conque soy comunista, se dijo el Presidente cuando vio salir a Evelyn del despacho, y sonrió. Tomó la cáscara de coco, le dio unos golpes con su índice y volvió a ponerla en el extremo del escritorio. Se reafirmó en sus sospechas de que el líder soviético estaba descargando sobre sus hombros todo el peso de la guerra fría, que lo estaba dejando que nadara a ciegas por el océano, sin dar nada a cambio. Nikita Kruschev se aprovechaba de su carácter conciliador, habían levantado el muro de Berlín y se mostraban reacios a entablar negociaciones de no proliferación de armas nucleares. Se olvidan de las bases que tenemos en Turquía, pensó el Presidente mientras miraba por la ventana. Observaba las estrellas que engalanaban la bandera de la nación americana y se preguntaba por qué lo acusaban de blandengue, de comunista y de traidor. Recordaba con desagrado el extremismo radical de Ted Dealey, director del News, de la ciudad de Dallas, y las palabras que salían intactas y desafiantes de su voz cortante. En la propia Casa Blanca, le enrostró la debilidad de su administración y las ventajas que se le estaban otorgando al comunismo. El Presidente le había perdonado muchos de los improperios, pero lo que no le iba a pasar era que hiriera la inocencia de su hija y su honor de padre. La mirada del Presidente volvió a cargarse de furia. En los Estados del sur desaprobaban su gestión en el extranjero y sentían que la administración Kennedy los guiaba hacia la mezcla de razas. El Presidente alejó los informes, los periódicos, los documentos que había firmado y se acomodó en la silla a esperar que su sangre se aquietara. Mientras tanto la sintió galopar por sus arterias como buscando un sitio en su cuello para detenerse, represarse y romper el dique y vagar libremente.
Evelyn regresó y le dijo que Jackeline ya estaba en el cuarto. Él le agradeció la información y le pidió que le consiguiera el informe del tiempo que había solicitado. Se reacomodó las gafas. Releyó apartes de los informes de la misión MacNamara-Taylor, en Vietnam del Sur, donde sus asesores daban importantes evidencias de por qué Estados Unidos debían retirarse de Vietnam. “Vamos en la dirección correcta”, dijo al terminar de leer los apartes. Pensó en Pierre Salinger, Dean Rusk y en Mc George Bundy, quienes habían salido la noche anterior hacia Honolulú, para asistir al consejo militar que trataría el tema de Vietnam. Ellos lo habían llenado de optimismo al decirle que el consejo militar colmaría sus pretensiones. Hizo a un lado los informes dejados por los asesores destinados al Lejano Oriente y pensó en su hijo Patrick, fallecido dos días después de nacer, a causa de una insuficiencia respiratoria. En esa vez lloró desconsolado. Frotó sus manos mojadas de lágrimas hasta secarlas y prometió a su hijo que no lo olvidaría. Recordó las palabras consoladoras del cardenal Richard Cushing, en Commonwealth Avenue, que le hicieron comprender que la muerte era el verdadero comienzo de la vida eterna. En medio de aquel desierto diminuto en que se había convertido su cuerpo, las únicas palabras que pudieron aferrarse a su piel fueron las de su esposa Jackeline: “Sólo hay una cosa que no podría resistir... Si algún día te perdiera...” “Lo sé, lo sé”; le respondió él. La compañía de ella lo blindaba contra cualquier tristeza. Sacó unos segundos para pensar en el baile de la noche anterior, en la orquesta de cuerdas de la Fuerza Aérea y entonó el fragmento de “Camelot” que más le gustaba.
“No permitas que se olvide
Que una vez existió, durante un breve
Pero fulgurante instante, un lugar
Llamado Camelot”.
       El Presidente estaba seguro de que la presencia de Jackeline en Texas haría que las multitudes se volcaran sobre las avenidas para ver pasar la caravana. Los iban a recibir como a verdaderos jefes de Estado y quienes pretendían hacerles pasar malos ratos tendrían que aceptar su popularidad. La asistencia a los diferentes actos programados en las ciudades y el despliegue realizado por el vicepresidente Johnson, desde semanas atrás, permitían contar con los votos electorales del Estado y en la unión definitiva del partido demócrata. Yarborough y el gobernador Connally permanecían en dura disputa y mantenían tensas las relaciones entre todos los integrantes del partido. Yarborough tenía rango de empleado estatal y Connally Jr era el típico hombre de éxito que denigraba de su origen, era un sacerdote al que se le había olvidado que un día fue sacristán. Yarborough había apoyado la candidatura de Kennedy a la presidencia y tuvo que pagar las consecuencias. Connally manejaba los hilos del negocio del petróleo y disponía del apoyo del magnate de los hidrocarburos Sid Richardson. De esas artimañas se había valido Connally para obtener preferencias especiales, planear a su amaño la visita del Presidente a Dallas y situar en lugares secundarios a su oponente Yarborough.
El Presidente a las nueve de la mañana ya había escrito los mensajes para los niños tejanos que perdieron a sus padres mientras servían a la nación americana. Había dado instrucciones a Andy para que atendiera la visita del canciller alemán Erhad, ya que Pierre Salinger estaba en el Océano Pacífico. Para dedicarse de lleno a los pormenores del viaje dio indicaciones generales a los embajadores en el Alto Volta y en Gabón. Pidió a Evelyn que le cancelara los compromisos que seguían y que le llamara a Ted Sorensen, su asesor estrella. Ted Sorensen entró a la oficina del Presidente con los discursos en la mano y se sentaron a terminar la tarea que venían realizando desde una semana atrás. Discursos pensados para cada ocasión y que siempre llevaban el sello indiscutible y preciso del Presidente. Le dedicaron buen tiempo al mensaje que leería en el Trade Mart. El Presidente leía y Sorensen transcribía y lo adaptaba al estilo literario del jefe. En el discurso el Presidente admitía voces disidentes, otras alternativas que abogaran por una paz con justicia y no por las voces que ejercían influencias sin contraer responsabilidades, y menos murmuraciones que suponían una igualdad entre la humillación y la victoria. Releyeron el discurso, lo adaptaron para que los magnates de Dallas comprendieran que en su administración serían bienvenidas las disidencias y las críticas siempre y cuando se ajustaran a las necesidades de la nación americana y a la época. Sorensen elaboró una lista de las frases más contundentes del discurso y se las leyó: “Siempre se escucharán en el país voces disidentes que expresen oposición tajante y sin matices, haciendo resaltar los errores sin mostrar jamás la benevolencia, percibiendo las tinieblas a ambos lados y procurando ejercer influencia sin contraer responsabilidades”, “Creen las derechas que esta Nación marcha hasta el desastre a causa del déficit, o que la fuerza no es otra cosa que un eslogan y ello no es más que una frase sin sentido”. En silencio las estudiaron y después de un minucioso análisis comprobaron que las frases fuera del contexto laceraban, pero que al final las envolvía el tono conciliador de quien ponía los intereses nacionales sobre los suyos propios.
Evelyn llegó con el informe meteorológico elaborado por Godfrey McHugh, en el cual pronosticaba días calurosos para Dallas. Eran las 10 y 30 minutos y la llamada que él con tanto esmero había hecho a Jackeline para que empacara vestidos frescos, no logró su objetivo; las maletas de ella ya estaban en el helicóptero. El malestar del Presidente no se hizo esperar, no tardó en llamar a McHugh y a O´Donnel y les ordenó contactar los aeropuertos locales, y de destino, para que estuvieran atentos a las necesidades de la primera dama. Antes de verlos salir les recalcó que el informe a deshora traería dificultades.
John Junior apareció en el despacho y su sonrisa le calmó los ánimos. El niño vestía un impermeable londinense y gorro. Continuaba lloviendo. El Presidente miraba por la ventana, pensaba en el tardío informe de meteorología dado por McHugh y la inocencia de su hijo lo llevaba a calmarse. Mrs Shaw, la encargada del cuidado de los niños, llevó a John Junior hasta el ascensor,  bajó y lo dejó en manos de Bob Foster, agente del Servicio Secreto. En el helicóptero estaba reunido el séquito que iba a acompañarlo a Texas. El Presidente llevaba el sombrero de copa en la mano. Se despidió de quienes salieron de las oficinas del ala occidental. Llamó a John Junior y lo vio ir a abordar el helicóptero número uno, donde iban Evelyn, Ted Clifton y tres agentes del Servicio Secreto. En el helicóptero número dos viajaba el doctor George Burkley. Mac Kilduff estaba en el número tres, con los periodistas de la Casa Blanca.
Las tres horas que pasó en su despacho el Presidente fueron suficientes para recordarle las sombras con las que muchos hombres intentaban oscurecerle el camino. También lo fueron para asegurarle que con una leve llama que se buscara alumbrar los senderos de la verdad, se podría guiar a toda una nación. Las manos seguían batiéndose como si esa luz se debilitara y el viajero la necesitara para orientar mejor su barca y no perder la orilla. Él volvía la mirada y saludaba para apaciguar los adioses. Sentía la mano que apretaba sus impulsos y le hacía recordar que él nunca había sido inferior a sus obligaciones. Jackeline lo miró a los ojos para hacerle el presente y mostrarle su decisión de ir a su lado hasta que el destino se lo permitiera.
Faltaban tres minutos para iniciar el viaje. Las aspas de los helicópteros comenzaron a girar. El presidente pidió a Sorensen que se acercara y le recitara el poema de Stephen Spencer, que a él tanto le gustaba oír. Sorensen sonrió y se lo dijo de memoria:
     “Pienso siempre en aquellos que fueron realmente grandes...
en los nombres de aquellos que
en su vida lucharon por la vida,
que llevaban en su corazón
el prometeico fuego
nacidos del sol, volaron unos
instantes hacía él,
y dejaron en el aire diáfano
la firma de su honor”.