Ese sábado
de octubre, como lo hacía todos los días, doña Isabelina Mesa abrió la tienda
El Águila Roja y comenzó a barrer el frente de su negocio. Me bajé del autobús,
caminé hasta la puerta del depósito de mercancías donde trabajaba desde el año
1980 y antes de tocar el timbre, para que me abrieran, la observé arrinconar la
basura. Isabelina tomaba la escoba con firmeza. Barría en semicírculo y llevaba
los desechos contra la puerta de su casa. Ya no los recogía contra la raíz del arbusto que daba sombra a
la banca donde tantas horas al día se sentaba Pacho González, su esposo. La vi
pasar la barredora por rincones olvidados del antejardín y limpiar las escalas
para subir al segundo piso, donde vivía.
Luis,
el vigilante interno del depósito de mercancías, abrió la puerta de metal y
corrí a desactivar la alarma. Después me dijo que las lluvias torrenciales de
la noche habían obstruido las canoas del techo y el agua había mojado las
mercancías que estaban pegadas a la pared. Los daños eran significativos e
inventariarlos y reportar las pérdidas a la gerencia de la empresa me iba a
ocupar el resto del día.
Varios
empleados del depósito teníamos crédito en El Águila Roja. Nos fiaban el desayuno, y golosinas, que cancelábamos cuando
recibíamos el pago de la quincena. La forma de barrer de doña Isabelina me
había dejado intrigado, nunca la vi desplazarse con tanta facilidad a pesar de
su obesidad y del dolor constante que sentía en sus pies hinchados.
─Buenos días, doña Isabelina.
─Buenos días, don René─ contestó mi saludo, me miró
serena, con ojos más vivos y se quedó en
silencio.
Mientras
ella fue a contestar una llamada telefónica me llené de recuerdos. Pensé en la importancia
que tuvo la tienda El Águila Roja para los habitantes del barrio en la década
de 1980, año en que llegué a administrar el depósito, y en la poca clientela
que ahora la frecuentaba. Recordé aquellos tiempos de gran variedad en mercancías,
la buena atención y los precios módicos; servicios que ahorraron a los vecinos innumerables
desplazamientos a la congestionada Plaza Mayorista de Itagüí. Todo ese
esplendor se había esfumado. “No, señor, es usted muy amable. Ya no me puedo
comprometer con más deudas”, contestaba doña Isabelina a los ofrecimientos
consumistas que le hacían de la distribuidora de alimentos. “No me gusta quedar
mal, señor. Entienda que El Águila Roja de hoy no es el mismo de hace veinte
años”, respondía a las insistencias. La voz de ella no mentía el cansancio
acumulado desde cuando Pacho abandonó el hogar y la dejó sola con John Fersen,
hijo que había tenido en plena madurez. Seguí con atención la conversación
telefónica y la verdad de las razones que expresaba de la decadencia en que se
hallaba el negocio confirmaban los comentarios que ya habíamos oído: Pacho era
mujeriego.
Recordé
a Pacho, las veces en que hablamos de política y las ocasiones cuando me visitó
en el depósito para pedirme que le aconsejara a su hijo, que le ayudara a
educarlo y le pusiera un precio económico a mi asesoría. Nunca hablamos de un
pago en dinero porque yo no tenía el tiempo necesario que requería el muchacho
para un buen acompañamiento. Le dije que John Fersen podía buscarme cuando quisiera,
que yo estaba dispuesto a asesorarlo y así fue. El muchacho me buscó en varias
oportunidades y, creo, aprovechó mi experiencia de educador. Después de que
Pacho dejó sola a doña Isabelina, abrió otro negocio en un barrio cercano al
aeropuerto Olaya Herrera, probó suerte de comerciante en el departamento de
Chocó, por último compró un negocio inviable en el sur del Valle de Aburrá y
éste lo llevó al fracaso final. Por esta época de soledad John Fersen me
visitaba con más constancia para que lo orientara en tareas escolares, pero más
para preguntar por sus dudas de joven. Pocas veces me habló de su padre y en los
momentos en que lo hizo mostró respeto y cariño hacia él porque a pesar de la
ausencia conservaban una buena relación.
─Así
es la vida, señor─ dijo
doña Isabelina y soltó un suspiro que tenía guardado desde mucho tiempo atrás.
─Todo tiene un comienzo y un
final─
continuó ella y me hizo una señal con la mano para que la esperara.
Le
señalé mi antebrazo para apurarla porque se iba a acabar el tiempo de mi
descanso.
La
avanzada edad de doña Isabelina, setenta años, su excesivo peso y los dolores
en los pies que trataba de minimizar con medias elásticas, no le permitían
movilizarse con agilidad. En las tardes la encontrábamos muy cansada, sentada
detrás de la vitrina mostrador y siempre mirando hacia la avenida Guayabal. A
sus espaldas las estanterías aparecían más desnudas y otras veces ocupadas con
cajas vacías. Cerraba el negocio antes de la hora acostumbrada porque había
poco para ofrecer a la clientela. Los fines de semana, después de terminar nuestra
jornada de trabajo, la visitábamos para
que nos fiara unos tragos de licor. Con pena nos decía que no había comprado
licor porque ya no era capaz de atendernos mucho rato, pero aun así mandaba a
John Fersen a comprar una botella de aguardiente a una de las tiendas del
barrio.
Mientras
las deudas crecían en El Águila Roja, el surtido que compraba no alcanzaba a
llegar a las estanterías. Lo vendía pronto. Comenzó a llenar las vitrinas con
bisutería, lanas y cachivaches, tener algo para cambiar de sitio y no dejarse
consumir por la tristeza. En las mañanas nos hablaba de cuantiosas deudas, de la forma vertiginosa como
aumentaban los intereses de préstamos que debía a un hermano suyo y quien ya le
había reclamado el capital. Ella no estaba en condiciones de comprender las
sacudidas económicas de la época y se resignaba a comerse el poco surtido que reposaba
en estanterías y vitrinas. Las deudas la ahogaron y se vio obligada a vender el
local del primer piso para cancelar a los acreedores. “Ya estoy muy vieja para
tantas carreras”, adujo cuando le mencioné que compartir la propiedad no era
una decisión acertada. “Ya no hay quien maneje esta tienda, don René. John
Fersen no puede dejar de estudiar”, complementó. En las frases de doña
Isabelina se podía sentir el dolor de la soledad, deseos de no poner trabas al
destino.
─Le agradezco mucho, señor,
que quiera ayudarme ─dijo
doña Isabelina al vendedor que insistía en entregarle productos en consignación─. Entienda que ya me siento
cansada, vieja, y no me voy a comprometer para quedar mal. Lo que surta en
estas tablas se lo consume la soledad.
Doña
Isabelina colgó el auricular, se llevó las manos a la cabeza y trató de
organizar el cabello.
─Don René, disculpe la
demora. No podía cortarle la llamada a un señor que se ha manejado tan bien conmigo
durante estos años de angustia y tragedia. Le debo varias facturas vencidas y
aun así me da espera. Me faltan muchas cosas, pero jamás me faltará gratitud.
¿No le parece, mijo?
─Así debe ser, doña
Isabelina.
Esperé
que se lavara las manos, después de ella secárselas le pedí una arepa casera y
un trozo de queso, para completar mi desayuno.
─Apúntelo en mi cuenta.
─Cómo no mijo, ¿qué más
necesita?
Después
de la pregunta ella sonrió, acabó de envolver el pedido en papel ordinario y demoró
para entregarme el paquete.
─Mijo,
le tengo una noticia.
Extrañé
que no me dijera don René.
─Pacho González, piensa
volver.
─¿Cómo?
─Como lo oye, mijo.
─¡Y usted lo va a recibir
como si nada, después de que se fue y abandonó el hogar por tantos años!
Quise
decirle que él se había ido aduciendo malos momentos en los negocios, pero que
la verdad era que buscaba amores escondidos, olores de mujeres más jóvenes que
ella. Quise decirle que Pacho llegaba en la peor época, pero pensé en dejarle
florecer la escasa alegría que reflejaba su rostro y mi asombro inicial.
─Mijo, ese es el hombre que
me dio la iglesia como esposo y al que juré querer hasta mi muerte.
Después
de sus palabras sólo habitó el silencio entre los dos. Volví la mirada a las
estanterías vacías, a los arrumes de cachivaches que intentaban llenar las
ausencias y me dije que lo único que podía vencer el silencio era una pregunta
atrevida.
─¿Lo piensa perdonar, doña
Isabelina?
─Ya lo perdoné. Perdonar es
mi mayor alegría.
Doña
Isabelina me miró a la cara y esperó una reacción mía que no llegó. Estaba de
afán porque el tiempo de mi descanso se agotaba.
─Él es el padre de mi hijo ─dijo para reafirmar el perdón
que le había concedido─.
Cuando se vive sin el compañero una anda en tinieblas. Sólo el perdón nos
devuelve la claridad para continuar viviendo.
No
tuve palabras para decirle lo buena que era su alma, apenas un gesto ligero de
labios aprobó su actitud de ser humano que no enjuicia desde los errores ajenos,
sino desde su propia capacidad para entender otros comportamientos.
─Don René, quiero la
tranquilidad del deber cumplido.
Doña
Isabelina siguió hablando del sosiego que comenzaba a vivir su hogar, de la
oportunidad que la vida le brindaba para emprender el último tramo del viaje en
compañía de Pacho.
Me
despedí, le dije que saludara a Pacho y que esperaba verlo de nuevo detrás de
las vitrinas.
A la
una de la tarde de ese sábado, cuando salí a almorzar, todavía pensaba en el
regreso de Pacho González, en las enfermedades que lo aquejaban y en el fracaso
en los negocios que los amores furtivos no lograron detener. Me paré en la
puerta del depósito y recordé la frase que tantas veces escuché decir a los
jubilados cuando trabajaba con mi viejo en la tienda del barrio Castilla: “no
hay mejor lugar para morir que allí donde se fue feliz.” La vida y la muerte
quedaban a un paso y poco espacio se le dejaba al sufrimiento. Pacho así
pareció entenderlo.
Crucé
la Avenida Guayabal y esperé el autobús que pasaba con rumbo al centro de la
ciudad. Me subí. Un muchacho de unos quince años, recostado a la máquina
registradora, ofrecía galletas dulces. “Una le vale trescientos, para mayor
economía lleve dos por quinientos y cinco por mil”. El muchacho repetía los
precios a medida que avanzaba hacia la salida trasera del vehículo. Me fui
detrás de él y me ubique al lado de dos costales de fibra que estaban junto a
la última banca. Allí pude abrir el libro y leer con más libertad.
─¿Mija, cómo le fue hoy en la
plaza? ─Preguntó
la mujer de más de setenta años, quien cubría su cabeza con un pañolón blanco,
a una joven que abrazaba a un niño que miraba por la ventanilla.
─Bien, señora, gracias a Dios
─respondió
la mamá del niño.
Las
dos mujeres venían de la Plaza mayorista, a donde madrugaban cada sábado a
recoger restos de vegetales, frutas y legumbres que desechaban los expendedores
o se caían de los camiones en el momento del descargue. En la cintura tenían anudado
un delantal manchado y en los costales llevaban trozos de yuca, plátanos,
papas, arracacha, cebolla junca, zanahoria, remolacha, fríjoles en vaina, fajos
de cilantro y bananos verdes. Ellas rebujaron los productos para hacer
inventario aleatorio de lo que habían recogido en la mañana y luego
intercambiaron para equiparar cantidades.
─Vea estos pedazos de
arracacha, que hoy no lleva ─dijo
la señora del pañolón.
La
muchacha le compartió un fajo de cilantro y puñados de vainas de fríjol verde.
─Hoy me fue muy bien con el
fríjol ─dijo
la muchacha─.
Mi hijo le cayó en gracia a un camionero y le regaló casi medio bulto.
La
mujer del pañolón sonrió, levantó la cara y me miró. Yo tenía los ojos puestos
en la página de la novela de Milan Kundera La
insoportable levedad del ser. Ella volvió
a sonreír como si las palabras de la joven le hubieran abierto el camino para
sus próximas preguntas. Opté por cerrar el libro y sostenerle la mirada. Pensé en
que la claridad de aquellos ojos adultos me podían decir más que veinte libros
de dramas humanos. Comprendí que había gestos y miradas que al corresponderse
daban como resultado los encuentros inesperados. Olvidé la enfermedad de
Karenín, la mascota de los personajes de la novela, de los sentimientos que la
pareja desplegaba hacia el animal y recordé que el día había comenzado con un
regreso inesperado. Me dispuse a observar a las mujeres.
─Ese camionero le trajo
muchas vainas de fríjol y se me pudren porque no tengo nevera ─argumentó la mamá del niño
al pasar el último puñado de vainas al costal a la compañera─. El camionero quiere mucho
a mi hijo.
─¿El niño está en la escuela?
─No, señora ─contestó la joven─. Lo tengo que llevar
siempre conmigo, no lo puedo dejar en el rancho y no tengo quien me lo cuide
mientras yo trabajo.
La
madre le sobó la cabeza al niño, quien seguía mirando por la ventanilla.
─¿El papá de él dónde está?
─Nos abandonó apenas nació el
niño. Por mucho tiempo no volví a saber de él. El niño me lo hizo olvidar.
Después supe que vivía en un pueblo de la costa, junto a Cartagena, con otra
mujer. Mi hijo siempre está a mi lado, me ayuda en las casas donde trabajo,
partimos la comida que me dan y por las noches volvemos al barrio, al rancho,
allá arriba en los barriales de Santo Domingo.
─Él se fue con otra mujer más
joven que yo─ complementó
la joven como para justificarse ante la mirada absorta de la señora del pañolón.
La
mano de la joven continuaba acariciando el cuello del niño. Bajó la cabeza y la
recostó contra la mano que tenía en la baranda de la banca siguiente. Sintió la
mano de la mujer del pañolón en el hombro y ésta me miró con ojos claros, con
mirada que no reconoce obstáculos.
─¡Ay, amá, huele a galleta de
vainilla! ─Exclamó
el niño.
─Si, mijo, es que al frente
queda la fábrica de galletas Noel. ─Contestó la mamá─. Después inclinó otra vez
la cabeza.
─Mija, tranquila ─la consoló la mujer del
pañolón─.
Dios sabe qué le corresponde a cada persona y eso le da. No descuide a su hijo,
vaya a bienestar familiar para que le ayuden a cuidarlo y por nada del mundo lo
deje sin escuela. No se acobarde porque la dejaron sola.
La
mujer tocó el hombro de la joven con más fuerza, pero ella no levantó la
cabeza.
─¡Ay, amá, huele a pura chocolatina!─ Exclamó el niño y abrió sus
ojos alegres.
─Si mijo, allá queda la
fábrica de chocolates. Allá hacen el chocolate en pasta y las chocolatinas Jet,
las que traen láminas para pegar en el álbun.
─Yo quiero llenar muchos
álbunes de animales, amá.
─Cuando encuentre un trabajo
mejor le compro uno para que lo llene.
─Bueno amá─ contestó el niño y se
entretuvo mirando hacia el zoológico. Después aprovechó el semáforo en rojo
para señalarle las canchas de microfútbol del parque recreativo Comfenalco, pero
los labios apretados de ella le derrumbaron la mano.
─Como le dije, mija, no se
aflija. Dios sabe guardar y el que da a guardar debe saber esperar que le
devuelvan lo suyo. Usted no es la única a la que ha abandonado un hombre. Escuche
le cuento la historia de una mujer que conocí allá por el año 1970, su historia
y la de ella son muy parecidas. Ponga cuidado.
La
muchacha enderezó su cuerpo y se dispuso a escuchar a su amiga, quien se anudó
el pañolón en la parte de atrás de la cabeza.
─Ya no recuerdo el nombre de la
muchacha, hace tantos años ya que le sucedió eso, pero su historia me marcó el
alma. Ella se casó con un hombre que le prometió el cielo y la tierra. No le
permitía trabajar, le tuvo dos hijos y un día cualquiera él los abandonó. Para
sobrellevar la carga del hogar tuvo que ponerse a cocinar, a lavar ropa en las
casas de sus vecinos y después en los barrios de los ricos de la ciudad.
Llevaba los hijos a la escuela y cuando ellos salían de estudiar las vecinas
iban por ellos y se los cuidaban hasta que volviera por la noche. Algunas veces
estuvieron en mi casa y pude ver las ansias con la que esperaban a la madre. La
querían mucho y anhelaban verla llegar para que les diera las sobras de comida
que les había guardado. Aquella mujer nunca se dejó vencer por el infortunio.
La alegría de sus hijos la animaban cada día a buscar el sustento, no permitía
que faltaran a la escuela y menos si era para ayudarle en su trabajo. Estudien,
estudien, les repetía y se ponía como ejemplo para que eligieran su camino en
la vida. La vida no pasa inútilmente. Mientras ella metía sus manos al fuego y
al agua, ellos aprovechaban el esfuerzo, la entrega y el cariño que recibían. Terminaron
el bachillerato y pasaron a la universidad. No recuerdo si fue a la que queda
junto a la policlínica o a la que está al pie del cerro El Volador. Sus hijos trabajaban
los fines de semana en lo que resultara, conseguían el dinero de los pasajes y para
ayudarle a la mamá. Se hicieron profesionales y no tardaron mucho en conseguir buen
empleo. A los pocos años de estar trabajando le compraron a ella una casa en
otro barrio. El resto de la historia la sé porque la hija de una de mis vecinas
estudió con ellos en la universidad y los visita con frecuencia.
Las
mujeres intercambiaron miradas de asombro y consuelo. El niño no quería
perderse un movimiento en las calles mientras yo pensaba en el regreso de Pacho
González al lado de doña Isabelina y en la manera como ella se sobrepuso a la
soledad.
Pacho
al volver encontró a su esposa en casa. Doña Isabelina había vendido el local
donde antes funcionaba El Águila Roja y cancelado la deuda que tenía con su
hermano. Pacho llegó con el propósito de surtir un quiosco en el antejardín
para vender café, gaseosas y parva, pero el nuevo dueño del local se interpuso.
Esto hizo que John Fersen recurriera a las influencias de políticos, con
quienes había trabajado en campañas electorales en el barrio, para lograr que a
su padre le entregaran la licencia de funcionamiento del quiosco.
─¡Ay, amá, huele a puro peo! ─Exclamó el niño─. La mayoría de los
pasajeros del autobús rieron a carcajadas y miraron para atrás. La mamá se
sonrojó.
─Si, mijo, es que vamos por
encima del río Medellín.
Los
pasajeros que habían escuchado al niño volvieron a reír.
─En la vida, mija, nada
empieza para no acabar ─dijo
la mujer del pañolón para retomar la historia─. Aun sola ella era feliz y
sus hijos también. Una parece boba y se entristece por todo, pero la
infelicidad la debería cargar el que hace el mal y no una. Espere y verá. Un día
un hombre de mal aspecto, mal vestido y ultrajado por la vida, tocó la puerta
de la casa. Ella lo vio por la ventana, le sacó un plato de comida, pero él no
se fue, se quedó sentado en el andén, junto a la ventana. Por la noche, cuando
llegaron los hijos del trabajo, él mendigo todavía estaba sentado en la acera.
Después de abrir la puerta y entrar, le preguntaron a la mamá qué quién era el
señor que los había mirado asombrado. Ella se quedó en silencio mucho rato. Les
sirvió el jugo y cuando la hija le volvió a preguntar por el señor que estaba
sentado afuera, les dijo que comieran primero, que después les respondía la
pregunta. Terminaron de comer, ella siempre los aguardaba para acompañarlos en
la mesa, y les contó que el hombre que había afuera era el padre de ellos. Les
dijo que venía a pedirles perdón y posada. Dijo que ella no podía perdonarlo sola
porque también había sentido el abandono de ellos. Los hijos inclinaron la
cabeza, la apoyaron en los brazos y estuvieron mucho rato en silencio, mientras
la mamá lloraba. Mija, ellos lo perdonaron. Lo invitaron a entrar a la casa, le
dieron comida, le compraron ropa nueva y le arreglaron la mejor alcoba para que
descansara.
Las
mujeres sostuvieron la respiración, no dejaron de mirarse a los ojos, hasta se
habían olvidado del niño y de los costales.
─Mija, Dios no deja nada
empezado, a todo le da fin. No podemos decir que no vamos a perdonar. No le
cuento mi historia porque es muy larga, pero tenga presente que cuando una
perdona abre las puertas para que regresen los arrepentidos.
─¿Y qué pasó después? ─Preguntó la mamá del niño.
─Al hombre no le faltaron
atenciones de sus hijos y de su esposa, pero no pudo gozarlas mucho tiempo. Él
murió a los dos meses de haber vuelto al hogar.
Las
mujeres se tomaron de las manos y luego reacomodaron los costales, los
aprisionaron contra las piernas. Habíamos llegado a la Avenida Oriental. Miré
por última vez a las señoras, me bajé en la parada antes de la calle Colombia y
subí a tomar el autobús para el barrio Buenos Aires, Caunces. Ellas debían
seguir y bajarse cerca al paradero de los autobuses de Santo Domingo, junto a
la Lavandería Real.
En
los días que siguieron al encuentro con las recolectoras de frutas y verduras
de la Plaza Mayorista, no hice más que pensar en doña Isabelina y en el drama
que estaba viviendo. Pacho González no pudo sostener mucho tiempo el quiosco. Siempre
sintió que no había regresado del todo a lo que antes fue suyo. Desde el rancho
de lata roja, que era el quiosco, miraba el almacén del primer piso como el
vacío que no había logrado superar y que no le permitía la posesión definitiva
de lo que antes le perteneció. No volvió a recuperar la clientela que
frecuentaba El Águila Roja en sus años de esplendor. El cáncer de próstata lo
postró finalizando el siglo. Cuando me avisaron de su muerte, no me sorprendí. Recordé
las frases de la señora del pañolón blanco, pero más las pronunciadas minutos
antes de apearme del autobús: “mija, Dios no se queda con nada de nadie”. “En
la vida, mija, nada empieza para no acabar”.
René
Jaramillo Valdés.