Además de sentir y recordar
desde distintas ópticas los temas vitales de la literatura, la lectura nos
pasea por variados escenarios hasta dejarnos frente a los sonidos con los que
las facultades humanas sintetizan el encuentro del asombro y la imaginación.
Aquel producto de la admiración de un hallazgo inesperado y ésta como gestora
de un momento especial en el que tiempo y espacio convergen para revelar
aquello que se ha desprendido de la realidad, que ha quedado rezagado, y
requiere volver a ella para no equivocar los caminos que conducen a la estética,
al reencuentro con la totalidad. Para alcanzar la plenitud de ese instante
necesitamos la palabra, ésta comprendida en toda su esencia, y significado,
porque es la única capaz de proyectarnos por una lectura consciente y atenta. Disponernos
a abrir un libro, adentrarnos en los primeros renglones, o versos, debe
iniciarnos en un extenso viaje cuyo final jamás olvidaremos, quizás porque nos
enseñó que con imaginación los horizontes no pierden sus colores, o porque
aprendimos a sobrevivir a duros temporales, a superar tragedias donde el azar
es más importante que la vida misma o porque sus avatares nos hicieron
comprender que las distancias no son más que faros donde los espíritus
depositan las luces de las búsquedas posibles, aquellas de fácil acceso cuando
la actitud del navegante se fundamente en la renovación de su creciente
relación con su entorno y con el mundo.
No se nos ha revelado puerta más
amplia y segura, para ir a otros universos, que la portada de los buenos libros,
pues podemos ajustarlas o dejarlas entreabiertas para que la imaginación
explore territorios ignotos y que la palabra reconstruye para ayudarnos a
completar nuestra propia realidad.
Algunos apartes de los
mencionados puedo compararlos con los suscitados durante la lectura del libro Una
mujer desnuda en la iglesia, del escritor colombiano Fernando Serna
Escobar. Diez relatos donde las historias parecen haber acompañado al autor
como esas sombras a las que la noche confunde, y junta, para presentarlas al amanecer
por las mismas calles de un pueblo solitario y siempre dispuesto a recrearlas, ya
que es la única manera de mantener viva su historia, historia que escancia como
el árbol a sus frutos antes de regresarlos a la tierra. Fernando, para volver a
la imagen del viaje, parece darnos a entender que es la distancia recorrida la
que da verdadero sentido al inicio, la que brinda mayores incentivos a la existencia
para que nada parezca extenuante, lejano e imposible de lograr. Mal hace el
viajero cuando se desespera, apurado no por la fatiga sino por el
desconocimiento de lo que ha trajinado. Los relatos poseen fuerza narrativa,
frescura y serenidad en la descripción de los ambientes; además, sorpresas que
advierten abismos emocionales.
La literatura tiene la capacidad
de hacernos sentir el vuelo sin tener nociones de altura, tormentas, dirección
de los vientos o tiempos de llegada. La publicación de este libro de relatos me
hace recordar al escritor italiano Gesualdo Bufalino (15 de noviembre de 1920,
14 de junio de 1996), quien comenzó a publicar cuando tenía sesenta y un años.
Esta tardía revelación literaria y las obras decantadas en noches y amaneceres continuos
poseen la sencillez y la claridad de los días, tanto que terminada la lectura nos
hacen pensar en que los verdaderos secretos de la existencia salen a nuestro
encuentro con ímpetu, como si no los hubiéramos visto. Esto ocurre cuando nuestra
prioridad es un mañana donde esperamos hallar esa luz que lentamente se va
perdiendo entre las brumas de un pasado que parece adelantarse y las historias
de estos escritores tardíos se prestan a llevarnos de la mano para mostrarnos
que nada, en ninguna época, poseerá el valor del ahora.
Mientras más se lea mejor será
lo que se escribe y los relatos que conforman Una mujer desnuda en la
iglesia así lo demuestran. Los personajes caracterizados con precisión, la
pericia de narrador capaz de mantener constante la intriga y la certeza al
introducir episodios que aparentemente nada aportan a la historia, y que
terminan siendo decisivos y contundentes al concluir cada relato, son los
aspectos literarios más sobresalientes que observo en la grata obra de Fernando
Serna Escobar.
René
Jaramillo Valdés
Medellín,
diciembre 30 de 2020.
