viernes, 23 de junio de 2023

El Proceso. Presente para el centenario de Franz Kafka (1883-1924) Por: René Jaramillo Valdés

 El Proceso.

Presente para el centenario de Franz Kafka (1883-1924)

Por: René Jaramillo Valdés


Cuando la vida es el límite que se le pone a las acciones humanas cuanto haga el hombre debe hacerla escenario idóneo para su discurrir en el mundo. Este es uno de los conceptos que Franz Kafka recuerda a los lectores que releen sus obras, que buscan comparar épocas y comportamientos humanos. Éstos terminan comprendiendo la fuerza sicológica con la que caracteriza los personajes de sus historias, la serenidad con la que los hace transitar por los pasadizos impuestos por el azar y la precaución con la que afrontan cada situación, pues sienten un abismo que les sopla en la nuca, que tiende a presentarse de frente, sorpresivamente, porque ese vacío se alimenta de los posibles errores cometidos u observados por los semejantes. Los encuentros de los personajes de sus obras con el mundo exterior así lo dejan entrever. La aniquilación, la negación, el desconocimiento que inspira la figura, y el abandono, son la muralla que deben saltar si esperan verse reflejados en el espejo colectivo propuesto por la sociedad. La timidez causante de ese choque, cuando menos, deja una apremiante angustia y el ineludible compromiso de sobreponerse al aplastante peso en que se convierte vivir cuando se desea llegar a la cumbre por senderos apacibles y solitarios. Las constantes tragedias padecidas por los incomprendidos, los que se quedan a medio camino, terminan por hacerlos entender que los destellos que cada uno lleva dentro son inextinguibles y que cuantos esperan oponerse a sus rayos no pueden eludir el reino de la conciencia, el lugar donde agonizan las penumbras.

Un diálogo, un párrafo, una frase en la obra de Kafka incita a la reflexión y convoca a observar el entorno desde ópticas lejanas, pero claras; desde lugares impensados, pero reales; con interrogantes ahogados en incertidumbres, que la misma distancia responde, pero que los personajes abordan con determinación, porque en su resolución se halla el sentido más cercano de su existencia. Para el autor checo lo que no interroga el mundo pierde su razón de ser y quien no se pregunta por el misterio de la vida ya está viviendo la muerte. Los personajes de sus novelas, como los del escritor Fiódor Dostoievski, se guardan los pensamientos más sublimes y los entregan cuando han satisfecho o esclarecido sus dudas. Saben en qué momento y con quién compartirlos. Temen que les causen sufrimiento. A la vez son conscientes de que los destellos que brotan en los otros son señales inequívocas de esa esperanza colectiva por la que han luchado en solitario desde sus trincheras. Un aliento que no deben dejar extinguir, no para perpetuarse, o aferrarse a la vida, sino porque ese pulso vital es el que puede revelarles el sendero donde nada perturba su conciencia, y por el cual su deseo de conocer lo más cercano a la verdad le permite contemplarla.

Leer a Kafka, sumergirnos en lo que acontece a los personajes, en cómo asimilan y deambulan por tinieblas, conduce, en la mayoría de los casos, al descubrimiento de facetas desde donde se puede observar el mundo con miradas auténticas, las únicas que nos recuerdan la senda que debemos seguir si esperamos entender lo que significa vivir. Los caminos son impredecibles, puede que acaben pronto, que se trunquen antes de situarnos frente a la luz que nos guiaba, pero sabemos que nos basta el esfuerzo realizado, pues las huellas sinceras serán garantes de nuestro regreso. Cuando se juegan bien las pocas cartas que se tienen, cualquiera que se ponga en la mesa exigirá ingenio al adversario, mayor certeza, la misma que acabará guiándonos al lugar que hemos deseado. Por eso no sorprende el final de la novela El proceso y nos duele la muerte trágica e indefensa del señor K.


Estas breves reflexiones alrededor del pensamiento kafkiano surgen de la relectura de El proceso, en versión completa y ordenada, producida por el escritor colombiano Guillermo Sánchez Trujillo. La serie de escalones en los que se convierten los diecisiete capítulos reordenados, y la relación profunda que el autor demuestra con Crimen y castigo, lleva a pensar que en la vida de Franz Kafka no había otro camino distinto a la literatura para dejar constancia de su vida. El estudio meticuloso de las escenas, los comportamientos contrastados de los personajes y las referencias capítulo a capítulo, son pruebas de que la obra en mención es el resultado de un trabajo literario serio y profesional. En ambas obras clásicas las penumbras del convulso final del siglo diecinueve, la necesidad de crear un hombre nuevo, eran fáciles de identificar, pero como densa neblina rodeaban el entorno, asfixiaban y no daban otra opción que volver a la protección de la luz de la conciencia. Las obras de Kafka, en sí, son un refugio, son lo más cercano a la verdad propia, a esa luminosidad que le provee el mismo mundo que detalla e interroga. Podría decir que esta versión completa y ordenada de El proceso, palimpsesto de Crimen y castigo, es el espejo en el que Guillermo Sánchez buscó reflejarse para contemplar su figura en lo más oscuro del túnel, desde donde quiso, a la vez, preguntarse si estaba en capacidad de regresar a su propia luz. En este caso, en su búsqueda, con la reflexión acuciosa y el estudio de las dos obras universales no sólo halló los puentes que por décadas muchos académicos buscaron, sino que también logró saber a dónde conducen los pasadizos secretos para presenciar las escenas completas que los personajes protagonizan. Este legado servirá de antorcha a los lectores que se atrevan a deambular por los pensamientos, por los vericuetos de la Praga de principios del siglo veinte. 

Es memorable, plausible, que desde estas latitudes “sin historia” luminosa un lector obsesionado con el mundo laberíntico de Franz Kafka emprenda el viaje físico para corroborar recorridos imaginarios, para comprobar, pie en tierra extraña, que el destino de los seres humanos lo diferencia la manera como lo afrontemos. Con la mirada individual la luz que nos guía siempre buscará entregarnos regocijo por el deber cumplido. No basta mirar a los otros como si ocultaran huellas nuestras extraviadas en los avatares del destino, que perdimos porque nos abrumaron los vientos ineludibles del azar, sino entender que ellos también nos siguieron al saber que buscábamos los linderos de la verdad. Descifrar sus estelas es despejar, con la transparencia que rodea el asombro, la ecuación que nos une de nuevo al universo. Franz Kafka encontró las suyas, las que se habían adelantado, en las obras de Fiódor Dostoievski, y quizá volvió a sentir que cuando el mundo exterior se desmorona, cuando se pulveriza la grandeza del ser humano, no hay refugio más seguro que los atajos interiores donde la bruma advierte que se puede transitar serenamente, que sólo se requiere constancia y disciplina para no extraviar el camino. Kafka sintió, tal vez, las fuerzas necesarias para atravesar el árido e inmenso desierto en que se convierte el mundo para quien lo interroga y del que recibirá pocas o evasivas respuestas.

El lector, quien propone esta versión completa y ordenada de El proceso, cuando recorre Praga, las calles y espacios que guardan silentes la historia de su escritor preferido, lo hace como testigo de que existen caminos que se entrecruzan y que al interceptarse generan momentos de regocijo propicios para preguntas concluyentes, después de las cuales aparecen horizontes apenas insinuados que marcan la dirección final, precisa, la más cercana a la verdad o al abismo. 

Un libro, una novela, que motive a cuestionarnos, que indique las otras posibilidades que ofrece la vida, que haga sentir su fragilidad y la potencia para abarcar la totalidad, es una obra edificante. Sus historias, los personajes, no temen al tiempo porque sus páginas confirman que no hay poder capaz de detener el pensamiento. Un libro de estas características es un río que lleva en el silencio de sus aguas la belleza de los paisajes avistados. Cuando la serenidad del espíritu está al servicio del arte se hacen visibles los anuncios que conducen al reencuentro con nosotros mismos. No nos importa lo insondable del abismo, lo escarpada que sea la cordillera que nos conduce a éste ni las pesadas nubes que ahogan las escasas luces que se escapan de la cumbre. Importa que al cruzar los túneles las fuerzas permanezcan, que ninguna salida nos sea esquiva y la que nos corresponda, para ir en busca de la luz, podamos afrontarla con la luminosidad con que nos haya dotado el arduo camino. Esta única salida, al fin y al cabo, tendrá la potestad de mostrarnos lo cerca o distante que estuvimos de la esquiva verdad que pobló de simas nuestra vida. 

miércoles, 7 de junio de 2023

 

Hermanados en la piedra

Por: René Alfonso Jaramillo Valdés

Epígrafe.

“Nosotros que partimos para esta peregrinación

miramos las estatuas quebradas

nos olvidamos de nosotros y dijimos que no se

pierde la vida tan fácilmente

que la muerte posee sendas inescrutables

y una justicia propia;

que cuando morimos erguidos sobre nuestros pies

hermanados en la piedra

unidos con la dureza y la debilidad,

los antiguos muertos escaparon del círculo y resucitaron

y sonríen en una extraña quietud”.

Yorgos Seferis. (Esmirna 1900 – Atenas 1971)

 

El lector se preguntará por qué inicié el texto con el fragmento número 21 del poema Mythistorima, del gran poeta griego Yorgos Seferis. Mi deber es dar claridad a su inquietud, pues mi intención es abrirle el portón para que observe el movimiento que permanece en la distancia, piense en la finitud de la vida, en como algunos acontecimientos escapan al tiempo y se convierten en sombras que cruzan sigilosamente esquinas, con la intención de confirmar con sus mensajes la estrecha relación que tenemos con los misterios.

Cada sombra que se nos adelanta lleva implícito el afán del sol que declina. Lo sagrado y lo mágico relampaguean cuando las vemos pasar. Procuran detenerlas para fijarle a los caminantes los lugares que inevitablemente deben buscar si alguna vez pierden el rumbo y desean regresar al sitio de partida. Lo inexplicable sólo tiene cabida en la mente qué es interrogante para el hombre mismo y cualquier respuesta que dé a los enigmas es la parte de su vida que no entrega a la muerte.

Cuando no se sabe la duración de la travesía la señal que aproxima la distancia debe verse desde muchos ángulos y qué mejor faro que la seña dejada en piedra, esa marca de un cruce que llama a detenerse, que advierte o simplemente muestra la dirección correcta del camino. Así lo ha entendido el hombre desde el inició de la civilización. Sintió la finitud adherida a su cuerpo, la que los invadía con secretos que ni el pensamiento o el tiempo alcanzaron a descifrar. Muchas de las civilizaciones tallaron sus dudas, sus miedos, los logros de la época, y lo que no pudieron esclarecer lo insinuaron con sus representaciones. Monolitos, megalitos, dólmenes, plataformas ceremoniales, colosos de piedra, petroglifos, pirámides y pinturas rupestres, sirvieron para proteger legados que ellos consideraban de importancia para el desarrollo de la humanidad. Ejemplos de estos talladores, y hermanos de la piedra, están exhibidos en Stonehenge, Machu Pichu, Teotihuacan, Las estatuas de la isla de Pascua, las tallas Olmecas, los Chibchas, las pirámides egipcias y mayas y la cultura agustiniana. Estas culturas encontraron en la piedra el símbolo de la perennidad, de la totalidad, de la forma perfecta para guardar los misterios. Qué mejor espacio para propagar las certezas e incertidumbres que en aquello que en su quietud permitía movimiento al espíritu. Estas culturas tallaron en la piedra su fuerza, su creatividad y su energía. A los monumentos les concedían los poderes que sentían. A lo ancho y largo del planeta aparecieron Betilos (espacios sagrados), lugares para el sacrificio, para rituales funerarios, para la adivinación y túmulos para recordar tragedias o agradecer beneficios recibidos. Las piedras horadadas, si se cruzaban, tenían poder de curación. A las moldeadas por el tiempo, por lluvias y vientos huracanados, el hombre con sus incertidumbres y afanes les daba el nombre que más se acercaba a sus vacíos o necesidades. Parecería que el ser humano al tallar la piedra o descubrir en ellas figuras adversas a sus creencias quisiera eternizarlas, inmovilizarlas, para despreocuparse de ellas. La “silla del diablo” es un ejemplo común en el hemisferio occidental. En Colombia, además de sillas del diablo, lucifer tiene púlpito en la Sierra Nevada de El Cocuy, una roca de hielo de más de setenta metros de altura. Caso contrario sucede con las piedras sagradas, las ermitas, aquellos lugares revestidos de sentido mágico y religioso, frecuentados en todas las épocas cuando el ser humano siente adormecer su espíritu.

Se sabe poco de los constructores de los grandes monumentos líticos, como las pirámides egipcias, maravillas que hoy todavía asombran y aumentan la litolatría. La distancia en siglos del descubrimiento de los megalitos, las esferas de piedra y los dólmenes generan preguntas que aún no hemos atinado a responder. Al no tener certeza de sus constructores desconocemos los propósitos de sus mensajes. Aquí quiero referirme a las estatuas del Parque Arqueológico San Agustín, departamento del Huila, Colombia. En este parque sobresalen el Alto de los ídolos y el Alto de las piedras, en Isnos. En Isnos se hallan tumbas, pequeños templos y figuras humanas y de animales míticos tallados en piedra. Una de estas figuras zoomorfas, tallada para custodiar las tumbas y los templos, es la que me ha motivado a escribir este breve homenaje la piedra. Se trata de El Águila y la serpiente o también llamada El Búho y la serpiente.

Mi relación con la piedra viene desde mi niñez. Nos acercamos en la soledad, al yo sentir la totalidad de la noche, en la inmensidad de los días, donde, a veces, alejado del bullicio y acompañado por las pulsaciones de la naturaleza, comprendía las vibraciones de los árboles y del campo, mi lugar de permanecía durante la mayor parte del año. En las noches mis sueños infantiles eran extensos viajes a tierras inhóspitas e infinitas donde el descanso era abrazado por una vastedad asombrosa, incapaz de mover el punto donde me hallaba parado. Allí un sosiego indescriptible congelaba mi sangre. Al despertar ese punto que había visitado durante el sueño me remitía de manera inexplicable a los sonidos que mi madre producía al quebrar el maíz seco para hacer mazamorra. Era piedra contra piedra, el sonar de dos eternidades que chocaban para producir el milagro, el asombro; el amanecer. Supe años más tarde que aquellas rocas alargadas, redondas y planas, en la que mi madre aporreaba el grano, mi padre las encontraba después de las tempestades en la orilla del riachuelo que pasaba por la finca. Como esas piedras que estaban en la cocina, a mi casa llegaron otras figuradas que mis viejos guardaban en lugares especiales alrededor del patio. La que más recuerdo es aquella en la que estregábamos la ropa nuestra y de los trabajadores. Parecía un sarcófago para niño. Su tamaño, su peso, en esa época, me hacía pensar que la naturaleza daba forma hasta a las necesidades que teníamos y mandaba las soluciones precisas, pero había que descubrirlas entre sus incontables maravillas.

Nuestra casa, enclavada en la mitad de la montaña, tenía el patio rodeado de piedras que hacían de muro de contención. Otros momentos de esta hermandad, de la quietud y de mi movimiento, lo sentía cada vez que al salir de las sombras me sentaba en la Piedra Plancha y veía las primeras luces del día. Mi hermana y yo salíamos a oscuras, orientados por el canto de los gallos de las fincas vecinas, rumbo a la escuela del pueblo. En la parte alta de la Loma de los Chorros, la piedra era el punto de descanso y reloj, a la vez. Sentarnos allí nos permitía observar los secretos y la magia que el día jamás revelaba a la noche. Otro recuerdo imborrable es la Bola de cacao, piedra que vigila y sirve de mirador natural de Guadalupe. En mi infancia su amenaza inmóvil mantenía nuestros sueños en desbandada. En la escuela se fabulaba con su desprendimiento, con el peligro que ésta constituía, con la suerte atroz que esperaba a la población y por muchos años nuestras miradas asustadas hicieron de puntales para sostenerla en su sitio. Cuando pasábamos temporadas en el pueblo, en la casa de El Volcán, las primeras noches eran de largas vigilias, a la espera de que entre el canto de los grillos del amplio solar el estruendo de la roca desprendida nos avisara del inicio de la tragedia.

En la época de cosecha de café volvíamos a la finca. De regreso de la escuela, a los lados del camino encontrábamos arrumes de piedras de variados tamaños con las que los campesinos consagraban el lugar y rendían homenaje a quien había sufrido su última tragedia. Poner la roca encima de las otras se convertía en descanso de caminantes y de la víctima, pero para nosotros era un abismo que cada vez aprendimos a esquivar. Las veces que pasábamos corriendo, detrás, las rocas comenzaban a rodar y apenas se detenían en la orilla de la quebrada. Cuando nos disgustábamos en la escuela y caminábamos distantes, antes del túmulo volvíamos a contentarnos; solos no éramos capaz de seguir.

Mi hermandad con la piedra se reveló a los nueve años. Fue una mañana que mi hermano y yo marcábamos una novillona con hierro al rojo vivo. La vaca bramó y el toro, que se hallaba en una colina cercana, se dejó venir contra nosotros y nos tuvimos que montar a una enorme piedra que había en el potrero. El toro dio varias vueltas a la roca buscando la forma de treparse, rastrillaba los cascos delanteros, echaba espuma por el hocico y bramaba. Mientras tanto yo me orinaba en los pantalones. Hasta buena parte de la tarde el animal estuvo pendiente de la piedra y aunque nos habíamos acostado para que se olvidara de nosotros, desde la colina nos vigilaba. En esa oportunidad nos salvó la piedra. Por esto la llevo como un grato recuerdo. Contuvo la furia que venía hacia nosotros y me enseñó a confiar en la quietud.

En Medellín, ciudad a la que llegué a vivir en 1967, tuve dos encuentros más con la piedra que afianzaron la sensación de totalidad que encierran sus formas. Cuando visité la piedra de El Peñol y me paré en lo más alto, al abrir los brazos sentí de nuevo el milagroso movimiento que genera la quietud. Mi imaginación voló detrás del aire que huía sobre los espejos de agua y pensé que dentro del grandioso monolito se podían construir habitaciones, innumerables cavidades, para esconder en ellas, como en una caja de sorpresas, lo más relevante de cada nación hispanoamericana. Fue una idea loca, una utopía. Las piedras son hermanas del entorno y más de lo que busca agotar las formas que su totalidad refleja. La realidad que se refugia detrás del velo del pensamiento sale a confirmar las utopías y nos crea nuevos e ineludibles interrogantes. Esta visita al monolito de El Peñol hizo que me informara del asentamiento Petra, y sus habitaciones labradas en la misma roca, en un valle angosto, al este del valle de la Aravá, en Jordania.

Quizá hoy comprendo mejor lo que significan las hermandades, las comunidades, término que nos remonta a la época del feudalismo, de la alta Patrística, de la baja edad media. Lo que a aquellas las hace posibles, cercanas, es la necesidad de mutuo reconocimiento, de la confirmación de la atracción, que de no manifestarse se convierte en la anulación de las partes y la entrega total al poder de las sombras. Ese palpito que surge a primera vista no es otra cosa que el de un reencuentro, el abrazo aplazado que al final de la travesía confirma que los caminos pueden distanciarse, pero no pueden llevarse al caminante a otro lugar que no sea el pactado cuando eligió la ruta. Y eso, quizá, fue lo que sentí aquel miércoles cuando vi entrar al auditorio de la Biblioteca Pública Piloto al hombre que cargaba una talla de figura zoomorfa, ahuecada, que luego descargó al lado del escritorio donde estaba el maestro Manuel Mejía Vallejo. Recuerdo los elogios que el escritor hizo a los artesanos, a los talladores, a la sabiduría que sencillamente guardan las manos del artista. Dijo que él también tallaba, que hacía juguetes de madera y prometió traer unas muestras para que las observáramos.

Yo no salía del asombro. Mi atención estaba puesta en la talla de piedra liviana. Me preguntaba en qué lugar del auditorio la iban a exhibir, qué resguardo indígena la había enviado o si el propietario nos hablaría del proceso de tallar la roca. Por último, pensé que era un regalo que le hacían al maestro Manuel, por haber nacido en el suroeste del departamento, donde estaban ubicados algunos resguardos ancestrales. Seguí absorto. Los demás asistentes al taller de escritores continuaban atentos a las observaciones que el maestro hacía de los trabajos literarios que había analizado. Recuerdo que sólo vine a despertar del sueño cuando oí decir que el hombre obsequiaba la talla para rifarla entre los asistentes. Al instante me empezó un temblor inédito, me temblaba hasta la ropa, igual al sentido cuando el toro nos persiguió en el potrero y nos hizo encaramar a la roca, porque le habíamos maltratado a la novillona preferida. Al rato pude pensar en lo retirado que estaba de las bancas de adelante. Tuve la intención de cambiarme de sitio, pero me dije que debía conservar la quietud para no distorsionar el movimiento que comenzaba a recorrer mi sangre. Con este argumento, casi tonto, me quedé en el sitio. “Ya tengo el número”, me dije después de que Manuel dijo que el sorteo se haría del uno al cincuenta. Le oímos la pequeña introducción que hizo de la figura. Se trataba un búho que tenía cogida con sus garras, y su pico, una serpiente. Era una réplica del Águila y la serpiente, talla descubierta y exhibida en el parque arqueológico San Agustín. Estábamos ansiosos. Todos queríamos ganarnos la talla.

Mi turno para probar suerte quizá no llegaría. Manuel ya tenía elegido el número ganador de la talla y lo había compartido con el hombre que la obsequió. Me dispuse a esperar que lo que había pensado, rememorado, desde que vi la obra de arte, confirmara la hermandad. Cada número descartado, cuando el maestro decía “el que sigue”, era un paso mío dado en La Loma de los Chorros, cuando subía a la escuela y me sentaba en la Piedra Plancha a recibir las primeras luces del día. Paso a paso llegó mi turno y dije el número 28. Manuel se asusto más que yo. Abrió los brazos y dijo: se la ganó. Yo me petrifiqué. No escuché los aplausos ni los comentarios que aludían al arte y al valor de la pieza que acababa de ganarme. Mientras la recibía escuché decir que el búho con la serpiente entre sus garras significaba que el bien siempre vencía el mal, que la sabiduría derrotaba la ignorancia; que la serpiente era portadora de fertilidad.

Salí del auditorio con búho y la serpiente al hombro. No tenía dinero para pagar un carro y transportarla con el mayor cuidado. Eso no importó. Iba feliz. Un sueño que yo había olvidado se cumplía; quietud y movimiento caminaban juntos. Sobre mis hombros descansaba el más valioso de los tesoros, se había consumado el encuentro. Mientras caminé sobre el puente de la calle Colombia, el escaso bullicio del río Medellín me hizo pensar que sobre las corrientes podían soplar fuertes vientos y huracanes, pero que no lograban hacerles abandonar el cauce. Nuestro destino de hermandad era inamovible, impostergable.

Caminé hasta la plaza Rojas Pinilla, en el centro de la ciudad, y aun no aparecía el cansancio. No recuerdo cuántas ofertas me hicieron por la obra de arte, me detuvieron para que la mostrara y lo hice con alegría, porque la admiraban. Uno de los interesados la midió: 65 centímetros de alto por 40 centímetros de ancho. Me dijo que pidiera lo que quisiera y respondí que no tenía precio. Desde ese miércoles el valor de la obra de arte y de la hermandad son incalculables. El búho permanece al lado de mi escritorio: somos quietud y movimiento.

Medellín, marzo de 2023

 


martes, 28 de junio de 2022

Dasso y sus travesías por Macondo

 


Dasso y sus travesías por Macondo

Por: René Jaramillo Valdés

El asombro es, quizá, la ventana desde donde mejor se siente y escancia la literatura, y los libros la puerta por la que entramos a participar de aquellas historias o tesoros escondidos que sólo pueden revelarse a la persona indicada. Sin embargo, muchos de estos hallazgos no siempre se ajustan a lo deseado. Cuando sucede lo propuesto los caminos se despejan, conducen a los destinos elegidos y la vida de los protagonistas adquiere notoriedad y relevancia.

Hay libros a los que se llega por lecturas sucesivas, comentadas; algunos por encuentros fortuitos, los cuales leemos porque garantizan esparcimiento y ratos amenos. Existen otros de cáscara blanda y corazón duro, que requieren de más imaginación para complementar el perfil de los personajes. A éstos los lectores deben aportar apartes de su historia personal, porque de lo contrario ambos quedarían a mitad del camino. Cuando libro y lector se reconocen como mundos separados y paralelos, comprenden que conquistarse los convierte en orillas inseparables, reflejadas en una corriente cristalina y donde correr el riesgo de naufragar siempre llevará implícito un asomo de libertad. Superado el naufragio y el barullo de los afanes cotidianos, o ascender por la vertiente hasta hallar la fuente y los albores literarios, provoca el acercamiento intelectual, el deleite que guardan las palabras cuando se ha comprendido su sonoridad, la cáscara blanda, y debemos abrir la nuez. Este es el preámbulo que se me antoja para celebrar el encuentro de Dasso Saldívar con la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Novela donde el embrujo de las palabras alcanza a transmitirle al lector la necesidad de adaptarse al mundo que el autor va descubriendo a medida que se interna en el berenjenal literario. Allí la exuberancia de la selva de palabras no extravía a quienes distinguen las fragancias del pensamiento del autor, ni a los que descifran en el comportamiento de los personajes señas intermitentes que buscan guiarlos hasta el reconocimiento y al encuentro entre historia y lector.

Una obra literaria empieza a sumergirse en la universalidad cuando en las páginas sus luces son el reflejo de la infancia del lector y recuerdos de maravillas vividas en tiempos remotos que iluminan el trayecto interrumpido por la luminosidad artificiosa de su edad madura. Si su lectura ayuda a recuperar la imaginación, a recordar leyendas, mitos, tradiciones y a vislumbrar los primeros paisajes que poblaron su universo infantil; dota al lector del fino hilo de la experiencia para regresar, sin contratiempos, a la tierra de sus ancestros.

La lectura de esta novela perturbadora, reveladora de la realidad colombiana, le pone al biógrafo un pie en la otra orilla, en la línea de vuelta, y le exige documentarse con rigurosidad arquitectónica para exhibir fundamentos precisos de la búsqueda y los hallazgos más sobresalientes de la estética narrativa que la sostiene. El estudio juicioso y ordenado que se realiza alrededor de la vida y obra de nuestro premio Nobel, no descarta hechos que insinúan luces sobre el autor o resquicios que conduzcan a momentos mágicos que complementan el accionar de los personajes literarios. Por esto las amistades tejidas entorno a la novela sirvieron de amalgama cuando la historia de La Casa estuvo a punto de desmoronarse.

La documentación y el análisis, en caliente, que Dasso realizó desde la publicación de Cien años de soledad, el mayo de 1967, ha mantenido frescas las huellas de los fundadores de Macondo. García Márquez, El viaje a la semilla, tiene el privilegio de dejarse leer como una novela. Esa es la sensación que le queda al lector que aprecia la pasión puesta por el biógrafo a cada dato encontrado en su peregrinar detrás del aliento del escritor. No omite para no invalidar el espacio logrado por los personajes y les conserva los momentos esenciales de la historia del pueblo mítico de Macondo, que parecía atormentarlos. De esta manera el libro se convierte en un portón que después de cruzado, abierto, cada lector adquiere la libertad de elegir los códigos, las sendas para transitarlo. Podrá cambiar de orilla en el instante que le plazca, contemplar la realidad o abstraerse para dar cabida a la magia que circunda a los pobladores que se han perdido en la manigua cotidiana.

La primera vez que oí hablar de Cien años de soledad fue a un cliente de la tienda mixta que administraba mi padre. El hombre era aprendiz de mecánica automotriz, ferviente seguidor de la obra de Fernando Gonzáles, el filósofo de Otraparte. A aquel le fascinaba contarme los capítulos de la novela que leía en las noches, quizá porque sus narraciones me causaban expectación. Yo tenía catorce años, atendía el negocio, después de llegar del colegio, y mientras mi padre descansaba nosotros conversábamos de libros y escritores colombianos. Las historias que escuché narrar a los clientes, en medio de las copas de licor, acrecentaron mi obsesión por la novela de Gabo, hasta convertirla en un tesoro destinado que debía tener en mis manos. Cuando apareció García Márquez, El viaje a la semilla (editorial Alfaguara, 1997), yo ya había leído la historia de los Buendía. El seguimiento minucioso desplegado por Dasso, a lo largo de la biografía, me hizo pensar que los libros, a veces, son brumas que cubren las cordilleras sin importar su altura o las nieves perpetuas y que las aguas subterráneas que el sol evapora dejan intacto el cauce para que sea ese el misterio que estamos llamados a develar. Pensé, además, en los libros que contienen otros libros, que como ríos tributarios su caudal se desborda y sólo los detiene la serenidad del océano o las manos apacibles de un lector agradecido por los mundos que pudo conocer; universo al que podrá regresar cuando quiera recordar el origen de las brumas que misteriosamente abandonaron su lecho.

Medellín, junio 21 de 2022

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Medellín reconquistada

 

Medellín reconquistada.

Por: René Jaramillo Valdés

 

Son muchos los privilegios que disfrutan quienes se dedican al estudio de la historia. Entre éstos están la extensión que alcanza la mirada sobre los acontecimientos que han conformado el devenir de las sociedades, los nuevos significados adquiridos por los territorios en referencia y la posibilidad de avistar resplandores que las luces del pasado guardaron en la memoria de los hombres que no se dejaron apabullar por su presente. Estas son preferencias que también nos recuerda la lectura de la novela ¡Medellín, soy tu conquistador!, del escritor César Herrera Palacio.

Conocer el mundo difuso y turbio en que deambulan los jóvenes de nuestro siglo, y los abismos insondables con los que asedia la vida, permite el momento preciso a un profesor de bachillerato para hacer que uno de los estudiantes vuelva la mirada sobre el origen de su apellido, cambie de actitud frente a los compromisos educativos y motive su imaginación hasta sentirse parte viva de la ciudad. Medellín se fracciona en múltiples caminos, en cúmulos de hechos históricos que terminarán complementando el sentido de la existencia de la misma urbe. Esta conciencia acrecentada por la curiosidad lejana del encuentro entre culturas, y la cercanía heroica del conquistador Francisco de Herrera y Campuzano, llevan al joven Herrera a revertir la pesadilla de la investigación acordada con el profesor y encaminarla hacia el acto sublime del arte; a querer escribir un libro con sus experiencias lectoras.

En toda buena historia se entremezclan y confluyen alegrías, dolores, amores, desamores, muerte, aventuras y lentas agonías que hacen pensar en lo distante que a veces parece todo comienzo, lejanía que a la vez advierte que es en el final donde se esconde la franja con los colores que debemos reconocer si esperamos apropiarnos de nuestra historia. En la novela los personajes interactúan en presente, las crónicas hacen de telón de fondo e ilustran la fundación de Medellín y los aspectos culturales y socioeconómicos de la época colonial. El lector alcanza a sentir la dureza de la piel de los ancestros y desposeídos que forjaron la pujanza del Estado Soberano de Antioquia, empuje y riqueza que la historia no ha logrado olvidar. Poder del que fueron testigos conquistadores, colonizadores, piratas y mercaderes y que sirvió de estandarte para romper el viento frío de la esclavitud y buscar el don preciado de la libertad.

La única historia que debemos tener presente es aquella dispuesta a revelarnos, sin recelos, la evolución de las grandes civilizaciones humanas. Su comprensión depende en gran medida de la manera como nuestro comportamiento, nuestra cultura, contribuya a la difusión y al desarrollo de la época en que nos correspondió vivir.

Leer esta bella novela corta de César Herrera, aparte de ser un homenaje a Medellín, es un reconocimiento a los lectores; un reencuentro propiciado por la ciudad que conserva lo mejor de su historia, que no olvida los senderos que cruzaron montañas en busca de progreso e hizo a sus pobladores conscientes de la pequeña luz del universo que llevan dentro y con la cual podían iluminar generaciones. La sombra del hombre se agiganta cuando sólo piensa en el futuro. Volver la mirada al pasado es cada vez más tedioso para el hombre de este siglo. El futuro se ufana de poseer luces para todas las oscuridades y motivados por éstas permitimos que la sombra crezca hasta ahogarnos la conciencia del presente. Otro privilegio más de la historia es que muestra sin demora las huellas ancestrales, aquellas que nos hacen sentir la dureza del terreno que pisamos y nos advierte de lo frágil que se vuelve el camino cuando ponemos la mirada en el horizonte, al que cada amanecer debemos renovarle los colores.

Fin.

martes, 15 de junio de 2021

Reseña: Sinfonía Cubana 1

 


Sinfonía Cubana 1

Allegro ma non Troppo

Por: René Alfonso Jaramillo Valdés.

 

Esta primera novela de la trilogía Sinfonía Cubana, escrita por Jorge Luis Camacho, cuenta la historia de la familia Robles–Serra, propietaria del central azucarero La Rosa, empresa que a la llegada de la revolución se encuentra en proceso de ampliación y planeando desligarse del monocultivo.

El dictador Fulgencio Batista abandona el país y cede el poder al movimiento 26 de julio, comandado por Fidel Castro. Los gritos de libertad y de júbilo soplan en la isla caribeña. El pueblo siente en el ímpetu de los rebeldes la llegada de los cambios sociales, económicos y humanos que siempre han soñado. En las calles de La Habana todo es jolgorio y en el rostro de los citadinos la alegría y la sorpresa hacen entender que la espera silenciosa valió la pena. Marchas, arengas y pancartas recuerdan los años de litigios con España y la Guerra Grande o guerra de los diez años. Las inclemencias sufridas durante la dictadura de Batista, en el poder desde 1952, después de derrocar a Carlos Prío Socarrás, las carencias y desconocimiento de las necesidades vitales se fueron convirtiendo en un extenso puente entre el pueblo y el movimiento liderado por Fidel Castro.

Fernando Andrés Robles-Serra dirige La Rosa y con su esposa Sonia y sus hijos (Rodrigo y Patricio) empiezan a ver tambalear el emporio económico construido por sus ancestros, según el legado dejado por escrito en los libros destinados a la conservación del legado familiar. Con el cambio político en la isla también salen a flote las falencias de los Robles- Serra. La enfermedad de Libertad, esposa de Rodrigo, por momentos les hace olvidar la afectación colectiva, cuyos síntomas levemente han percibido los dueños de plantaciones de caña y propietarios de empresas. Aunque los Robles-Serra siempre se han mantenido al margen de la política las decisiones abruptas de los nuevos dueños del poder les causa dolores inesperados, éstos ya en el alma. El cáncer que sufre Libertad, que a veces deja espacios para la lucidez, les maltrata el corazón, pero el ataque a la constitución y a la economía del país y de las familias, les oprime el alma. La imposición de las normas revolucionarias, del manifiesto comunista, destruyen la constitución de 1940 y “reviven” la pena de muerte. Las violaciones a los Derechos Fundamentales del hombre hacen que aumente la incertidumbre y la sociedad cubana, los que no son abogados de la REVOLUCIÓN, se ve obligada a salir en busca de otros horizontes. Esta primera novela de la trilogía termina con la fiesta fin de año, 31 de diciembre, y el amanecer del día uno de 1960, cuando la mayoría de la población espera un milagro, el despertar real de esa larga pesadilla que fue 1959, denominado por ellos, los barbudos, como el año de la liberación.

Los fracasados intentos de Fidel Castro de exportar la revolución a Panamá, República Dominicana y Haití llevó a estas naciones a romper relaciones diplomáticas con el gobierno de la isla. Dichos desaciertos alertaron a los pobladores de que desde el exterior también comenzaban a extinguirles la libertad. Algunos sospecharon lo que se veía llegar, entre ellos Patricio quien dice a su padre, casi a manera de pronóstico: “La Historia, papá, la Historia. Sin dudas preparan las condiciones para matar algunos individuos que consideran molestos. Deshacerse de los miembros del antiguo régimen capaces de representar un peligro es un clásico, pasa siempre en las revoluciones”. La captura de Huber Matos, en Camagüey, la condena a veinte años de prisión; y la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos son muestra fehaciente de lo que espera a quienes se interpongan al poder del “pueblo”. Aparte de las ejecuciones perpetradas en La Cabaña por Ernesto Guevara, futuro director del Banco Nacional de Cuba, a la inestabilidad social se sumó la ley de expropiación por delitos políticos. Lo ocurrido en La Cabaña, fortaleza comandada por el argentino, puede resumirse con sus propias palabras: “Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Esos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por el odio”. Es una época durante la cual a los retenidos los juzgan los jueces militares, pero la sentencia es “dictada” por Fidel Castro.

En la novela el lector halla disgregada la historia del líder del movimiento 26 de julio. Se habla de su profesión de abogado, del asalto al Cuartel Moncada el seis de enero de 1953, del viaje en el yate Granma, del desembarco y la incursión en La Sierra Maestra, de la doble vía de sus palabras, de su actuar deslealtad con quienes lo ayudaron a derrocar a Batista. Sorprende la suspicacia del líder para desplazarse entre la sombra que arrastra el presidente Manuel Urrutia y como se viste el gabán de dictador hasta absorber a su enemigo. El somnífero de la revolución no les permite ver el corazón de la fruta, distinguir que aparte del color de la corteza lo esencial es el sabor. Fidel lanzó voces en todas direcciones pregonando que no era comunista y consiguió mantener audible el canto de sirena, tanto que ensordeció a quienes la revolución nubló la visión y apenas comenzaron a despertar cuando pospusieron las elecciones prometidas por el mismo líder. Muchos paseantes vieron más allá del malecón, de las avenidas aún eufóricas y veían aguas planas e interminables que a simple vista sólo podía transitar la esperanza colectiva. Quienes sospecharon de la llegada del “comunismo” observaban en el mar ya no esa planicie alcanzable sino el abismo que se tragaba cualquier asomo de grandeza. Los Robles- Serra sienten que las cifras de la economía se derrumban, que los esfuerzos por sostener la igualdad del peso cubano y el dólar a nivel internacional serán inútiles. “Los que se regocijan hoy, verán al fin la arena tras el espejismo. Sedientos para entonces, contrastarán que los rodea el desierto, pero será tarde. La ilusión popular de la bonanza revolucionaria se habrá convertido en rictus”, piensa Rodrigo.

El nuevo poder en la isla no tiene contradictores a la vista y quien quiera levantar la mano para señalar el horizonte cercano se arriesga a perder el brazo. A los Robles-Serra lentamente les va llegando la sombra del desencanto. Emerge la opción de abandonar la isla, vender La Rosa antes de que el Instituto Nacional de Reforma Agraria dé las tierras en usufructo a los campesinos. Se habla de que la revolución quiere indemnizar a los inversionistas extranjeros con bonos del Estado, a veinte años, y la negativa de éstos ajustan más las puertas. La situación económica apenas deja la luz que genera la esperanza del cambio prometido. Fernando, el padre, cuando ve partir a Rodrigo se pregunta, ¿tengo derecho a sacrificar el futuro por fidelidad al pasado? En los libros que han escrito los administradores anteriores hay una leve luz que no dejará que se apague la tradición, irradia distante, pero es la única capaz de guardarles la ilusión de regresar a continuar con la tradición familiar en La Rosa.

Aunque el cáncer que padece Libertad mueve sus garras silenciosamente no deja de recordarle la finitud de la vida. A ella la motiva más el bienestar de su hijo Julio que su propia salud. A veces cuestiona el apego y con delicadeza le recuerda a su esposo Rodrigo: “Tener es temer, amor. Tenemos miedo porque nos aferramos a las cosas y a las personas imposibles de poseer. Al adquirir bienes y poder, por grandes o pequeños que sean, adquirimos también el temor de perderlos y la constante preocupación de velar por ellos. Nos convertimos en víctimas de nuestra ambición. Igual sucede con la familia: quien posee teme, querido; quien ama, también”. El desmoronamiento de la familia no se detiene y los recuerdos que guardan de La Rosa los lleva a preguntarse qué ha significado la empresa en sus vidas y Julio en una de sus visitas piensa: “La Rosa es un gigante con nombre de flor, donde sudan los hombres, chocan los hierros, arde el fuego, ensordece el estruendo, se destrozan las plantas… Y todo para hacer dulce”. El niño estudia piano y en él están puestos los ojos para que continúe la tradición, administre la empresa, pero una cosa es el soplo del viento y otra la melodía que le sacan los obstáculos, las barreras que a veces impone la vida. En él convergen muchos diálogos, se cierran escenas, se entrelazan situaciones que gestan reflexiones, cuestionamientos que hacen que el lector olvide, por instantes, la molienda, la siembra, el corte de los tallos, el transporte y el fin de la zafra. Es interesante y humano el diálogo que el niño mantiene con el sartenero a la salida de la escuela de música y cómo comprende que lo auténtico viaja por la sangre naturalmente y el cuerpo lo transporta con maestría. Se siente atraído por la ejecución de los instrumentos, constata que la música está implícita en cada ser humano, que la alegría y la tristeza cuando se comparten en el diálogo íntimo hacen que el arte aniquile las diferencias y hace olvidar el valor de las notas en el pentagrama de la existencia, que dos notas negras no son más equivalentes a una blanca.

Este primer movimiento de la trilogía Sinfonía Cubana muestra con claridad que lo visible se impone a lo posible. En la revolución, el recuerdo, el pasado, sirve de muralla para contener la tormenta que intenta lanzarlos al mar de los sargazos. Encontramos en estas páginas momentos poéticos, monólogos, distintos planos narrativos, incisos históricos, escenas de corte teatral, microrrelatos que hacen cambiar el ritmo de la lectura y convierten la obra en una sucesión de vacíos que no agotan la respiración. Estos referentes culturales, y el religioso, conforman la atmósfera precisa para desarrollar la ruptura social y política que puso a la isla en primer plano a nivel mundial y quizás en ejemplo para tantos jóvenes hispanoamericanos que sintieron cercano y posible el límite máximo de la libertad.

El equilibrio que se observa a lo largo de la novela quizá se debe a la distancia que el autor mantuvo al narrar los eventos y al compromiso de fidelidad con los datos históricos. Es un drama contado desde el alma, con objetividad. Leerla es presenciar un espectáculo desde la barrera, pero con la certeza de que en cualquier instante nos corresponda saltar al ruedo y hacernos partícipes de esa despedida interminable en que se convierte el desarraigo. La nostalgia que cubre un corazón agobiado asfixia y no deja escuchar nuestra voz. Aquí el dolor de familia Robles- Serra es la despedida de un puerto conocido hacia tierras de las que parece imposible el regreso y si éste se da el alma no brillará igual, pues las raíces abandonadas ya las habrá secado el olvido. La novela, Allegro ma non troppo, es afortunada por su estructura, porque tiene variedad de voces y ritmos. Su lectura nos deja a la espera de las otras dos puertas para poder contemplar la magnitud del horizonte que hallaron los personajes enviados a la errancia.

René Alfonso Jaramillo Valdés

 

 


lunes, 4 de enero de 2021

Una mujer desnuda en la iglesia

 


Además de sentir y recordar desde distintas ópticas los temas vitales de la literatura, la lectura nos pasea por variados escenarios hasta dejarnos frente a los sonidos con los que las facultades humanas sintetizan el encuentro del asombro y la imaginación. Aquel producto de la admiración de un hallazgo inesperado y ésta como gestora de un momento especial en el que tiempo y espacio convergen para revelar aquello que se ha desprendido de la realidad, que ha quedado rezagado, y requiere volver a ella para no equivocar los caminos que conducen a la estética, al reencuentro con la totalidad. Para alcanzar la plenitud de ese instante necesitamos la palabra, ésta comprendida en toda su esencia, y significado, porque es la única capaz de proyectarnos por una lectura consciente y atenta. Disponernos a abrir un libro, adentrarnos en los primeros renglones, o versos, debe iniciarnos en un extenso viaje cuyo final jamás olvidaremos, quizás porque nos enseñó que con imaginación los horizontes no pierden sus colores, o porque aprendimos a sobrevivir a duros temporales, a superar tragedias donde el azar es más importante que la vida misma o porque sus avatares nos hicieron comprender que las distancias no son más que faros donde los espíritus depositan las luces de las búsquedas posibles, aquellas de fácil acceso cuando la actitud del navegante se fundamente en la renovación de su creciente relación con su entorno y con el mundo.

No se nos ha revelado puerta más amplia y segura, para ir a otros universos, que la portada de los buenos libros, pues podemos ajustarlas o dejarlas entreabiertas para que la imaginación explore territorios ignotos y que la palabra reconstruye para ayudarnos a completar nuestra propia realidad.

Algunos apartes de los mencionados puedo compararlos con los suscitados durante la lectura del libro Una mujer desnuda en la iglesia, del escritor colombiano Fernando Serna Escobar. Diez relatos donde las historias parecen haber acompañado al autor como esas sombras a las que la noche confunde, y junta, para presentarlas al amanecer por las mismas calles de un pueblo solitario y siempre dispuesto a recrearlas, ya que es la única manera de mantener viva su historia, historia que escancia como el árbol a sus frutos antes de regresarlos a la tierra. Fernando, para volver a la imagen del viaje, parece darnos a entender que es la distancia recorrida la que da verdadero sentido al inicio, la que brinda mayores incentivos a la existencia para que nada parezca extenuante, lejano e imposible de lograr. Mal hace el viajero cuando se desespera, apurado no por la fatiga sino por el desconocimiento de lo que ha trajinado. Los relatos poseen fuerza narrativa, frescura y serenidad en la descripción de los ambientes; además, sorpresas que advierten abismos emocionales.

La literatura tiene la capacidad de hacernos sentir el vuelo sin tener nociones de altura, tormentas, dirección de los vientos o tiempos de llegada. La publicación de este libro de relatos me hace recordar al escritor italiano Gesualdo Bufalino (15 de noviembre de 1920, 14 de junio de 1996), quien comenzó a publicar cuando tenía sesenta y un años. Esta tardía revelación literaria y las obras decantadas en noches y amaneceres continuos poseen la sencillez y la claridad de los días, tanto que terminada la lectura nos hacen pensar en que los verdaderos secretos de la existencia salen a nuestro encuentro con ímpetu, como si no los hubiéramos visto. Esto ocurre cuando nuestra prioridad es un mañana donde esperamos hallar esa luz que lentamente se va perdiendo entre las brumas de un pasado que parece adelantarse y las historias de estos escritores tardíos se prestan a llevarnos de la mano para mostrarnos que nada, en ninguna época, poseerá el valor del ahora.

Mientras más se lea mejor será lo que se escribe y los relatos que conforman Una mujer desnuda en la iglesia así lo demuestran. Los personajes caracterizados con precisión, la pericia de narrador capaz de mantener constante la intriga y la certeza al introducir episodios que aparentemente nada aportan a la historia, y que terminan siendo decisivos y contundentes al concluir cada relato, son los aspectos literarios más sobresalientes que observo en la grata obra de Fernando Serna Escobar.

                                                                     René Jaramillo Valdés

Medellín, diciembre 30 de 2020.


sábado, 11 de julio de 2020

De estas y otras migraciones

Estas reflexiones las escribí para mis lectores. Quiero con ellas dar muestra de lo que me ha generado el confinamiento al que nos ha sometido la pandemia del coronavirus. Espero que al leerlas tengas la sensación de vuelta a una vida interior, de reencuentro. De esta y otras migraciones