sábado, 10 de octubre de 2015

En la vida, mija, nada empieza para no acabar



Ese sábado de octubre, como lo hacía todos los días, doña Isabelina Mesa abrió la tienda El Águila Roja y comenzó a barrer el frente de su negocio. Me bajé del autobús, caminé hasta la puerta del depósito de mercancías donde trabajaba desde el año 1980 y antes de tocar el timbre, para que me abrieran, la observé arrinconar la basura. Isabelina tomaba la escoba con firmeza. Barría en semicírculo y llevaba los desechos contra la puerta de su casa. Ya no los recogía  contra la raíz del arbusto que daba sombra a la banca donde tantas horas al día se sentaba Pacho González, su esposo. La vi pasar la barredora por rincones olvidados del antejardín y limpiar las escalas para subir al segundo piso, donde vivía.
Luis, el vigilante interno del depósito de mercancías, abrió la puerta de metal y corrí a desactivar la alarma. Después me dijo que las lluvias torrenciales de la noche habían obstruido las canoas del techo y el agua había mojado las mercancías que estaban pegadas a la pared. Los daños eran significativos e inventariarlos y reportar las pérdidas a la gerencia de la empresa me iba a ocupar el resto del día.
Varios empleados del depósito teníamos crédito en El Águila Roja. Nos fiaban el  desayuno, y golosinas, que cancelábamos cuando recibíamos el pago de la quincena. La forma de barrer de doña Isabelina me había dejado intrigado, nunca la vi desplazarse con tanta facilidad a pesar de su obesidad y del dolor constante que sentía en sus pies hinchados.
Buenos días, doña Isabelina.
Buenos días, don René contestó mi saludo, me miró serena,  con ojos más vivos y se quedó en silencio. 
Mientras ella fue a contestar una llamada telefónica me llené de recuerdos. Pensé en la importancia que tuvo la tienda El Águila Roja para los habitantes del barrio en la década de 1980, año en que llegué a administrar el depósito, y en la poca clientela que ahora la frecuentaba. Recordé aquellos tiempos de gran variedad en mercancías, la buena atención y los precios módicos; servicios que ahorraron a los vecinos innumerables desplazamientos a la congestionada Plaza Mayorista de Itagüí. Todo ese esplendor se había esfumado. “No, señor, es usted muy amable. Ya no me puedo comprometer con más deudas”, contestaba doña Isabelina a los ofrecimientos consumistas que le hacían de la distribuidora de alimentos. “No me gusta quedar mal, señor. Entienda que El Águila Roja de hoy no es el mismo de hace veinte años”, respondía a las insistencias. La voz de ella no mentía el cansancio acumulado desde cuando Pacho abandonó el hogar y la dejó sola con John Fersen, hijo que había tenido en plena madurez. Seguí con atención la conversación telefónica y la verdad de las razones que expresaba de la decadencia en que se hallaba el negocio confirmaban los comentarios que ya habíamos oído: Pacho era mujeriego.
Recordé a Pacho, las veces en que hablamos de política y las ocasiones cuando me visitó en el depósito para pedirme que le aconsejara a su hijo, que le ayudara a educarlo y le pusiera un precio económico a mi asesoría. Nunca hablamos de un pago en dinero porque yo no tenía el tiempo necesario que requería el muchacho para un buen acompañamiento. Le dije que John Fersen podía buscarme cuando quisiera, que yo estaba dispuesto a asesorarlo y así fue. El muchacho me buscó en varias oportunidades y, creo, aprovechó mi experiencia de educador. Después de que Pacho dejó sola a doña Isabelina, abrió otro negocio en un barrio cercano al aeropuerto Olaya Herrera, probó suerte de comerciante en el departamento de Chocó, por último compró un negocio inviable en el sur del Valle de Aburrá y éste lo llevó al fracaso final. Por esta época de soledad John Fersen me visitaba con más constancia para que lo orientara en tareas escolares, pero más para preguntar por sus dudas de joven. Pocas veces me habló de su padre y en los momentos en que lo hizo mostró respeto y cariño hacia él porque a pesar de la ausencia conservaban una buena relación.        
 Así es la vida, señordijo doña Isabelina y soltó un suspiro que tenía guardado desde mucho tiempo atrás.
Todo tiene un comienzo y un final continuó ella y me hizo una señal con la mano para que la esperara.  
Le señalé mi antebrazo para apurarla porque se iba a acabar el tiempo de mi descanso.
La avanzada edad de doña Isabelina, setenta años, su excesivo peso y los dolores en los pies que trataba de minimizar con medias elásticas, no le permitían movilizarse con agilidad. En las tardes la encontrábamos muy cansada, sentada detrás de la vitrina mostrador y siempre mirando hacia la avenida Guayabal. A sus espaldas las estanterías aparecían más desnudas y otras veces ocupadas con cajas vacías. Cerraba el negocio antes de la hora acostumbrada porque había poco para ofrecer a la clientela. Los fines de semana, después de terminar nuestra  jornada de trabajo, la visitábamos para que nos fiara unos tragos de licor. Con pena nos decía que no había comprado licor porque ya no era capaz de atendernos mucho rato, pero aun así mandaba a John Fersen a comprar una botella de aguardiente a una de las tiendas del barrio.
Mientras las deudas crecían en El Águila Roja, el surtido que compraba no alcanzaba a llegar a las estanterías. Lo vendía pronto. Comenzó a llenar las vitrinas con bisutería, lanas y cachivaches, tener algo para cambiar de sitio y no dejarse consumir por la tristeza. En las mañanas nos hablaba de cuantiosas  deudas, de la forma vertiginosa como aumentaban los intereses de préstamos que debía a un hermano suyo y quien ya le había reclamado el capital. Ella no estaba en condiciones de comprender las sacudidas económicas de la época y se resignaba a comerse el poco surtido que reposaba en estanterías y vitrinas. Las deudas la ahogaron y se vio obligada a vender el local del primer piso para cancelar a los acreedores. “Ya estoy muy vieja para tantas carreras”, adujo cuando le mencioné que compartir la propiedad no era una decisión acertada. “Ya no hay quien maneje esta tienda, don René. John Fersen no puede dejar de estudiar”, complementó. En las frases de doña Isabelina se podía sentir el dolor de la soledad, deseos de no poner trabas al destino.
Le agradezco mucho, señor, que quiera ayudarmedijo doña Isabelina al vendedor que insistía en entregarle productos en consignación. Entienda que ya me siento cansada, vieja, y no me voy a comprometer para quedar mal. Lo que surta en estas tablas se lo consume la soledad.
Doña Isabelina colgó el auricular, se llevó las manos a la cabeza y trató de organizar el cabello.
Don René, disculpe la demora. No podía cortarle la llamada a un señor que se ha manejado tan bien conmigo durante estos años de angustia y tragedia. Le debo varias facturas vencidas y aun así me da espera. Me faltan muchas cosas, pero jamás me faltará gratitud. ¿No le parece, mijo?
Así debe ser, doña Isabelina.
Esperé que se lavara las manos, después de ella secárselas le pedí una arepa casera y un trozo de queso, para completar mi desayuno.
Apúntelo en mi cuenta.
Cómo no mijo, ¿qué más necesita?
Después de la pregunta ella sonrió, acabó de envolver el pedido en papel ordinario y demoró para entregarme el paquete.
 Mijo, le tengo una noticia.
Extrañé que no me dijera don René.
Pacho González, piensa volver.
¿Cómo?
Como lo oye, mijo.
¡Y usted lo va a recibir como si nada, después de que se fue y abandonó el hogar por tantos años!
Quise decirle que él se había ido aduciendo malos momentos en los negocios, pero que la verdad era que buscaba amores escondidos, olores de mujeres más jóvenes que ella. Quise decirle que Pacho llegaba en la peor época, pero pensé en dejarle florecer la escasa alegría que reflejaba su rostro y mi asombro inicial.
Mijo, ese es el hombre que me dio la iglesia como esposo y al que juré querer hasta mi muerte.
Después de sus palabras sólo habitó el silencio entre los dos. Volví la mirada a las estanterías vacías, a los arrumes de cachivaches que intentaban llenar las ausencias y me dije que lo único que podía vencer el silencio era una pregunta atrevida.
¿Lo piensa perdonar, doña Isabelina?
Ya lo perdoné. Perdonar es mi mayor alegría.
Doña Isabelina me miró a la cara y esperó una reacción mía que no llegó. Estaba de afán porque el tiempo de mi descanso se agotaba.
Él es el padre de mi hijo dijo para reafirmar el perdón que le había concedido. Cuando se vive sin el compañero una anda en tinieblas. Sólo el perdón nos devuelve la claridad para continuar viviendo.
No tuve palabras para decirle lo buena que era su alma, apenas un gesto ligero de labios aprobó su actitud de ser humano que no enjuicia desde los errores ajenos, sino desde su propia capacidad para entender otros comportamientos.
Don René, quiero la tranquilidad del deber cumplido.
Doña Isabelina siguió hablando del sosiego que comenzaba a vivir su hogar, de la oportunidad que la vida le brindaba para emprender el último tramo del viaje en compañía de Pacho.
Me despedí, le dije que saludara a Pacho y que esperaba verlo de nuevo detrás de las vitrinas.
A la una de la tarde de ese sábado, cuando salí a almorzar, todavía pensaba en el regreso de Pacho González, en las enfermedades que lo aquejaban y en el fracaso en los negocios que los amores furtivos no lograron detener. Me paré en la puerta del depósito y recordé la frase que tantas veces escuché decir a los jubilados cuando trabajaba con mi viejo en la tienda del barrio Castilla: “no hay mejor lugar para morir que allí donde se fue feliz.” La vida y la muerte quedaban a un paso y poco espacio se le dejaba al sufrimiento. Pacho así pareció entenderlo.
Crucé la Avenida Guayabal y esperé el autobús que pasaba con rumbo al centro de la ciudad. Me subí. Un muchacho de unos quince años, recostado a la máquina registradora, ofrecía galletas dulces. “Una le vale trescientos, para mayor economía lleve dos por quinientos y cinco por mil”. El muchacho repetía los precios a medida que avanzaba hacia la salida trasera del vehículo. Me fui detrás de él y me ubique al lado de dos costales de fibra que estaban junto a la última banca. Allí pude abrir el libro y leer con más libertad.
¿Mija, cómo le fue hoy en la plaza? Preguntó la mujer de más de setenta años, quien cubría su cabeza con un pañolón blanco, a una joven que abrazaba a un niño que miraba por la ventanilla.
Bien, señora, gracias a Dios respondió la mamá del niño.
Las dos mujeres venían de la Plaza mayorista, a donde madrugaban cada sábado a recoger restos de vegetales, frutas y legumbres que desechaban los expendedores o se caían de los camiones en el momento del descargue. En la cintura tenían anudado un delantal manchado y en los costales llevaban trozos de yuca, plátanos, papas, arracacha, cebolla junca, zanahoria, remolacha, fríjoles en vaina, fajos de cilantro y bananos verdes. Ellas rebujaron los productos para hacer inventario aleatorio de lo que habían recogido en la mañana y luego intercambiaron para equiparar cantidades.
Vea estos pedazos de arracacha, que hoy no lleva dijo la señora del pañolón.
La muchacha le compartió un fajo de cilantro y puñados de vainas de fríjol verde.
Hoy me fue muy bien con el fríjol dijo la muchacha. Mi hijo le cayó en gracia a un camionero y le regaló casi medio bulto.
La mujer del pañolón sonrió, levantó la cara y me miró. Yo tenía los ojos puestos en la página de la novela de Milan Kundera La insoportable levedad del ser.  Ella volvió a sonreír como si las palabras de la joven le hubieran abierto el camino para sus próximas preguntas. Opté por cerrar el libro y sostenerle la mirada. Pensé en que la claridad de aquellos ojos adultos me podían decir más que veinte libros de dramas humanos. Comprendí que había gestos y miradas que al corresponderse daban como resultado los encuentros inesperados. Olvidé la enfermedad de Karenín, la mascota de los personajes de la novela, de los sentimientos que la pareja desplegaba hacia el animal y recordé que el día había comenzado con un regreso inesperado. Me dispuse a observar a las mujeres.
Ese camionero le trajo muchas vainas de fríjol y se me pudren porque no tengo nevera argumentó la mamá del niño al pasar el último puñado de vainas al costal a la compañera. El camionero quiere mucho a mi hijo.
¿El niño está en la escuela?
No, señora contestó la joven. Lo tengo que llevar siempre conmigo, no lo puedo dejar en el rancho y no tengo quien me lo cuide mientras yo trabajo.
La madre le sobó la cabeza al niño, quien seguía mirando por la ventanilla.
¿El papá de él dónde está?
Nos abandonó apenas nació el niño. Por mucho tiempo no volví a saber de él. El niño me lo hizo olvidar. Después supe que vivía en un pueblo de la costa, junto a Cartagena, con otra mujer. Mi hijo siempre está a mi lado, me ayuda en las casas donde trabajo, partimos la comida que me dan y por las noches volvemos al barrio, al rancho, allá arriba en los barriales de Santo Domingo.
Él se fue con otra mujer más joven que yocomplementó la joven como para justificarse ante la mirada absorta de la señora del pañolón.
La mano de la joven continuaba acariciando el cuello del niño. Bajó la cabeza y la recostó contra la mano que tenía en la baranda de la banca siguiente. Sintió la mano de la mujer del pañolón en el hombro y ésta me miró con ojos claros, con mirada que no reconoce obstáculos.
¡Ay, amá, huele a galleta de vainilla! Exclamó el niño.
Si, mijo, es que al frente queda la fábrica de galletas Noel. Contestó la mamá. Después inclinó otra vez la cabeza.
Mija, tranquila la consoló la mujer del pañolón. Dios sabe qué le corresponde a cada persona y eso le da. No descuide a su hijo, vaya a bienestar familiar para que le ayuden a cuidarlo y por nada del mundo lo deje sin escuela. No se acobarde porque la dejaron sola.
La mujer tocó el hombro de la joven con más fuerza, pero ella no levantó la cabeza.
¡Ay, amá, huele a pura chocolatina!Exclamó el niño y abrió sus ojos alegres.
Si mijo, allá queda la fábrica de chocolates. Allá hacen el chocolate en pasta y las chocolatinas Jet, las que traen láminas para pegar en el álbun.
Yo quiero llenar muchos álbunes de animales, amá.
Cuando encuentre un trabajo mejor le compro uno para que lo llene.
Bueno amácontestó el niño y se entretuvo mirando hacia el zoológico. Después aprovechó el semáforo en rojo para señalarle las canchas de microfútbol del parque recreativo Comfenalco, pero los labios apretados de ella le derrumbaron la mano.
Como le dije, mija, no se aflija. Dios sabe guardar y el que da a guardar debe saber esperar que le devuelvan lo suyo. Usted no es la única a la que ha abandonado un hombre. Escuche le cuento la historia de una mujer que conocí allá por el año 1970, su historia y la de ella son muy parecidas. Ponga cuidado.
La muchacha enderezó su cuerpo y se dispuso a escuchar a su amiga, quien se anudó el pañolón en la parte de atrás de la cabeza.
Ya no recuerdo el nombre de la muchacha, hace tantos años ya que le sucedió eso, pero su historia me marcó el alma. Ella se casó con un hombre que le prometió el cielo y la tierra. No le permitía trabajar, le tuvo dos hijos y un día cualquiera él los abandonó. Para sobrellevar la carga del hogar tuvo que ponerse a cocinar, a lavar ropa en las casas de sus vecinos y después en los barrios de los ricos de la ciudad. Llevaba los hijos a la escuela y cuando ellos salían de estudiar las vecinas iban por ellos y se los cuidaban hasta que volviera por la noche. Algunas veces estuvieron en mi casa y pude ver las ansias con la que esperaban a la madre. La querían mucho y anhelaban verla llegar para que les diera las sobras de comida que les había guardado. Aquella mujer nunca se dejó vencer por el infortunio. La alegría de sus hijos la animaban cada día a buscar el sustento, no permitía que faltaran a la escuela y menos si era para ayudarle en su trabajo. Estudien, estudien, les repetía y se ponía como ejemplo para que eligieran su camino en la vida. La vida no pasa inútilmente. Mientras ella metía sus manos al fuego y al agua, ellos aprovechaban el esfuerzo, la entrega y el cariño que recibían. Terminaron el bachillerato y pasaron a la  universidad. No recuerdo si fue a la que queda junto a la policlínica o a la que está al pie del cerro El Volador. Sus hijos trabajaban los fines de semana en lo que resultara, conseguían el dinero de los pasajes y para ayudarle a la mamá. Se hicieron profesionales y no tardaron mucho en conseguir buen empleo. A los pocos años de estar trabajando le compraron a ella una casa en otro barrio. El resto de la historia la sé porque la hija de una de mis vecinas estudió con ellos en la universidad y los visita con frecuencia.
Las mujeres intercambiaron miradas de asombro y consuelo. El niño no quería perderse un movimiento en las calles mientras yo pensaba en el regreso de Pacho González al lado de doña Isabelina y en la manera como ella se sobrepuso a la soledad.
Pacho al volver encontró a su esposa en casa. Doña Isabelina había vendido el local donde antes funcionaba El Águila Roja y cancelado la deuda que tenía con su hermano. Pacho llegó con el propósito de surtir un quiosco en el antejardín para vender café, gaseosas y parva, pero el nuevo dueño del local se interpuso. Esto hizo que John Fersen recurriera a las influencias de políticos, con quienes había trabajado en campañas electorales en el barrio, para lograr que a su padre le entregaran la licencia de funcionamiento del quiosco.  
¡Ay, amá, huele a puro peo! Exclamó el niño. La mayoría de los pasajeros del autobús rieron a carcajadas y miraron para atrás. La mamá se sonrojó.
Si, mijo, es que vamos por encima del río Medellín.
Los pasajeros que habían escuchado al niño volvieron a reír.
En la vida, mija, nada empieza para no acabar dijo la mujer del pañolón para retomar la historia. Aun sola ella era feliz y sus hijos también. Una parece boba y se entristece por todo, pero la infelicidad la debería cargar el que hace el mal y no una. Espere y verá. Un día un hombre de mal aspecto, mal vestido y ultrajado por la vida, tocó la puerta de la casa. Ella lo vio por la ventana, le sacó un plato de comida, pero él no se fue, se quedó sentado en el andén, junto a la ventana. Por la noche, cuando llegaron los hijos del trabajo, él mendigo todavía estaba sentado en la acera. Después de abrir la puerta y entrar, le preguntaron a la mamá qué quién era el señor que los había mirado asombrado. Ella se quedó en silencio mucho rato. Les sirvió el jugo y cuando la hija le volvió a preguntar por el señor que estaba sentado afuera, les dijo que comieran primero, que después les respondía la pregunta. Terminaron de comer, ella siempre los aguardaba para acompañarlos en la mesa, y les contó que el hombre que había afuera era el padre de ellos. Les dijo que venía a pedirles perdón y posada. Dijo que ella no podía perdonarlo sola porque también había sentido el abandono de ellos. Los hijos inclinaron la cabeza, la apoyaron en los brazos y estuvieron mucho rato en silencio, mientras la mamá lloraba. Mija, ellos lo perdonaron. Lo invitaron a entrar a la casa, le dieron comida, le compraron ropa nueva y le arreglaron la mejor alcoba para que descansara.
Las mujeres sostuvieron la respiración, no dejaron de mirarse a los ojos, hasta se habían olvidado del niño y de los costales.
Mija, Dios no deja nada empezado, a todo le da fin. No podemos decir que no vamos a perdonar. No le cuento mi historia porque es muy larga, pero tenga presente que cuando una perdona abre las puertas para que regresen los arrepentidos.
¿Y qué pasó después?Preguntó la mamá del niño.
Al hombre no le faltaron atenciones de sus hijos y de su esposa, pero no pudo gozarlas mucho tiempo. Él murió a los dos meses de haber vuelto al hogar.
Las mujeres se tomaron de las manos y luego reacomodaron los costales, los aprisionaron contra las piernas. Habíamos llegado a la Avenida Oriental. Miré por última vez a las señoras, me bajé en la parada antes de la calle Colombia y subí a tomar el autobús para el barrio Buenos Aires, Caunces. Ellas debían seguir y bajarse cerca al paradero de los autobuses de Santo Domingo, junto a la Lavandería Real.                                    
En los días que siguieron al encuentro con las recolectoras de frutas y verduras de la Plaza Mayorista, no hice más que pensar en doña Isabelina y en el drama que estaba viviendo. Pacho González no pudo sostener mucho tiempo el quiosco. Siempre sintió que no había regresado del todo a lo que antes fue suyo. Desde el rancho de lata roja, que era el quiosco, miraba el almacén del primer piso como el vacío que no había logrado superar y que no le permitía la posesión definitiva de lo que antes le perteneció. No volvió a recuperar la clientela que frecuentaba El Águila Roja en sus años de esplendor. El cáncer de próstata lo postró finalizando el siglo. Cuando me avisaron de su muerte, no me sorprendí. Recordé las frases de la señora del pañolón blanco, pero más las pronunciadas minutos antes de apearme del autobús: “mija, Dios no se queda con nada de nadie”. “En la vida, mija, nada empieza para no acabar”.     


              René Jaramillo Valdés.