Dasso y
sus travesías por Macondo
Por: René Jaramillo Valdés
El asombro es, quizá, la ventana
desde donde mejor se siente y escancia la literatura, y los libros la puerta
por la que entramos a participar de aquellas historias o tesoros escondidos que
sólo pueden revelarse a la persona indicada. Sin embargo, muchos de estos
hallazgos no siempre se ajustan a lo deseado. Cuando sucede lo propuesto los
caminos se despejan, conducen a los destinos elegidos y la vida de los
protagonistas adquiere notoriedad y relevancia.
Hay libros a los que se llega
por lecturas sucesivas, comentadas; algunos por encuentros fortuitos, los
cuales leemos porque garantizan esparcimiento y ratos amenos. Existen otros de cáscara
blanda y corazón duro, que requieren de más imaginación para complementar el
perfil de los personajes. A éstos los lectores deben aportar apartes de su
historia personal, porque de lo contrario ambos quedarían a mitad del camino.
Cuando libro y lector se reconocen como mundos separados y paralelos,
comprenden que conquistarse los convierte en orillas inseparables, reflejadas
en una corriente cristalina y donde correr el riesgo de naufragar siempre
llevará implícito un asomo de libertad. Superado el naufragio y el barullo de
los afanes cotidianos, o ascender por la vertiente hasta hallar la fuente y los
albores literarios, provoca el acercamiento intelectual, el deleite que guardan
las palabras cuando se ha comprendido su sonoridad, la cáscara blanda, y debemos
abrir la nuez. Este es el preámbulo que se me antoja para celebrar el encuentro
de Dasso Saldívar con la novela Cien años de soledad, de Gabriel García
Márquez. Novela donde el embrujo de las palabras alcanza a transmitirle al
lector la necesidad de adaptarse al mundo que el autor va descubriendo a medida
que se interna en el berenjenal literario. Allí la exuberancia de la selva de
palabras no extravía a quienes distinguen las fragancias del pensamiento del
autor, ni a los que descifran en el comportamiento de los personajes señas intermitentes
que buscan guiarlos hasta el reconocimiento y al encuentro entre historia y
lector.
Una obra literaria empieza a
sumergirse en la universalidad cuando en las páginas sus luces son el reflejo
de la infancia del lector y recuerdos de maravillas vividas en tiempos remotos
que iluminan el trayecto interrumpido por la luminosidad artificiosa de su edad
madura. Si su lectura ayuda a recuperar la imaginación, a recordar leyendas,
mitos, tradiciones y a vislumbrar los primeros paisajes que poblaron su
universo infantil; dota al lector del fino hilo de la experiencia para regresar,
sin contratiempos, a la tierra de sus ancestros.
La lectura de esta novela
perturbadora, reveladora de la realidad colombiana, le pone al biógrafo un pie
en la otra orilla, en la línea de vuelta, y le exige documentarse con
rigurosidad arquitectónica para exhibir fundamentos precisos de la búsqueda y
los hallazgos más sobresalientes de la estética narrativa que la sostiene. El
estudio juicioso y ordenado que se realiza alrededor de la vida y obra de
nuestro premio Nobel, no descarta hechos que insinúan luces sobre el autor o
resquicios que conduzcan a momentos mágicos que complementan el accionar de los
personajes literarios. Por esto las amistades tejidas entorno a la novela sirvieron
de amalgama cuando la historia de La Casa estuvo a punto de desmoronarse.
La documentación y el análisis,
en caliente, que Dasso realizó desde la publicación de Cien años de soledad,
el mayo de 1967, ha mantenido frescas las huellas de los fundadores de Macondo.
García Márquez, El viaje a la semilla, tiene el privilegio de dejarse
leer como una novela. Esa es la sensación que le queda al lector que aprecia la
pasión puesta por el biógrafo a cada dato encontrado en su peregrinar detrás
del aliento del escritor. No omite para no invalidar el espacio logrado por los
personajes y les conserva los momentos esenciales de la historia del pueblo
mítico de Macondo, que parecía atormentarlos. De esta manera el libro se convierte
en un portón que después de cruzado, abierto, cada lector adquiere la libertad
de elegir los códigos, las sendas para transitarlo. Podrá cambiar de orilla en
el instante que le plazca, contemplar la realidad o abstraerse para dar cabida
a la magia que circunda a los pobladores que se han perdido en la manigua
cotidiana.
La primera vez que oí hablar de Cien
años de soledad fue a un cliente de la tienda mixta que administraba mi
padre. El hombre era aprendiz de mecánica automotriz, ferviente seguidor de la
obra de Fernando Gonzáles, el filósofo de Otraparte. A aquel le fascinaba
contarme los capítulos de la novela que leía en las noches, quizá porque sus
narraciones me causaban expectación. Yo tenía catorce años, atendía el negocio,
después de llegar del colegio, y mientras mi padre descansaba nosotros
conversábamos de libros y escritores colombianos. Las historias que escuché
narrar a los clientes, en medio de las copas de licor, acrecentaron mi obsesión
por la novela de Gabo, hasta convertirla en un tesoro destinado que debía tener
en mis manos. Cuando apareció García Márquez, El viaje a la semilla
(editorial Alfaguara, 1997), yo ya había leído la historia de los Buendía. El
seguimiento minucioso desplegado por Dasso, a lo largo de la biografía, me hizo
pensar que los libros, a veces, son brumas que cubren las cordilleras sin
importar su altura o las nieves perpetuas y que las aguas subterráneas que el
sol evapora dejan intacto el cauce para que sea ese el misterio que estamos
llamados a develar. Pensé, además, en los libros que contienen otros libros, que
como ríos tributarios su caudal se desborda y sólo los detiene la serenidad del
océano o las manos apacibles de un lector agradecido por los mundos que pudo
conocer; universo al que podrá regresar cuando quiera recordar el origen de las
brumas que misteriosamente abandonaron su lecho.
Medellín,
junio 21 de 2022
