lunes, 12 de marzo de 2012

El corazón es un atleta solitario.

Cuando me inscribí para la media maratón de Medellín, comprendí que había aceptado el compromiso de aquel soldado griego que partió de Atica hacia Atenas a comunicar, a sus compatriotas, la victoria del general Milcíades sobre el ejército persa. Con esa misma decisión salí a rendir homenaje al deporte y a Medellín, ciudad como no hay otra.

Los imprevistos son los hechos que más hacen visible el sentido de la vida. Corrí como aficionado las carreras de los años 2003 y 2004, pero fue en el 2005 cuando pensé por primera vez en el soldado griego que quiso compartir con sus compatriotas la gloria lograda en la Batalla de Maratón (490 a.C.). Los médicos me diagnosticaron una afección cardiaca y la recomendación fue alejarme de toda actividad deportiva temporalmente. Fueron meses de incertidumbre, espera, nostalgia y demás avatares que debe soportar un empleado cuya salud está al cuidado de un instituto agonizante como lo es el Seguro Social. En buena parte atendí las indicaciones médicas, pero seguí ganándole metros a la parca y tal fue la ventaja de la vida que después de las pruebas de esfuerzo y perfusión miocárdica, me autorizaron retomar lentamente la práctica deportiva y acercarme de nuevo a las colinas del Olimpo. La batalla contra la hipertensión, mi mal hereditario, había concluido en el primer relevo. Faltaba la fiesta atlética para poner a prueba la alegría, la vida y, como el lúcido Don Quijote de la Mancha, emprender la segunda salida.

La fiesta llegó el día nueve de septiembre. Podrán imaginarse los rituales que realicé para enfrentar la competencia internacional. La mañana estaba diseñada por los dioses. El clima generoso nos hizo olvidar la fatiga, la lejanía, y al buen día se sumó el colorido, la música, la presencia de atletas foráneos y nacionales, y una organización que daba la tranquilidad que un evento como tal requiere. El reloj oficial se detenía para dar tiempo a los competidores de poner a punto sus piernas y el ritmo cardiaco. Mi equipo, “Los infaltables del domingo”, Juan, Gerardo, Estela, Felipe, Liliana, Jorge, Fernando, Yuvicelly, Héctor y Jairo, como todos los domingos, acordamos hacer la mayor parte de la carrera en grupo, pero al sentir el fervor de la competición recordaron que el corazón es un atleta solitario y dejaron atrás la amistad y el protocolo. Diana, otra cofrade infaltable, entre nostalgia y rastros de enfermedad pasajera, nos llenó con su energía, nos hizo entender que la constancia había sido la encargada de madurar el tiempo y por eso estábamos entre los llamados a recoger los frutos. Rambo, el muchacho que desde años atrás enderezaba su torso, y buscaba el equilibrio con sus manos, venía dispuesto a recorrer los veintiún kilómetros. Su trenza de Ninja criollo se bamboleaba para corroborar que no habría rendición. Junto al estadio de fútbol la voz nítida continuaba dirigiendo el calentamiento previo a la competencia y daba informaciones que debían tenerse en cuenta.

Faltando pocos minutos para la partida el grupo de atletas comenzó a compactarse. A las 8 y 30 minutos el tyr dag, sistema de toma de tiempos, inició el registro de los números que cada corredor portaba en su pecho. El helicóptero volvió a sobrevolar la unidad deportiva y recibió el saludo de quienes nos disponíamos a oír sonar sobre nuestra cabeza el dispositivo electrónico. Se daba salida a las emociones, estrategias y tensiones. El timbre del dispositivo sonó para decirme que ningún lugar estaba lejos y que tendría tiempo y distancia suficientes para hacer de médico, por primera vez, de mi corazón. El reto era doble porque mi corazón quería buscar las huellas que habían empezado a borrarse en la ciudad, las mismas que esperaba volver a sembrar en sus calles y marcar en su alma la historia de un presente que se reconstruía a punta de sudor y coraje. Las calles no fueron esquivas a mi osadía, se abrían ante mis pasos como si éstos derrotaran la monotonía con estrépito. La sombra que intentaba asustarme con su pasado, retrocedía ante mi decisión de soldado griego. Me enfrentaba a dos competencias cuyo juez supremo se hallaba agazapado en mi pecho, uno de los lugares de contienda. Por otro lado había que sobrevivir al paso implacable del dios cronómetro.

La joven de cabello rubio que al principio, con su cojera, me llenó de incertidumbre, pronto se convirtió en el referente al cual fueron a morir todas mis dudas sobre la fortaleza femenina. La rubia por tramos se adelantaba, se perdía de mi vista y luego reaparecía a mi lado para confirmar que su insistencia la llevaría a lugares infinitos. Varias veces la busqué entre la maraña de piernas y cuando dejaba de pensar en ella aparecía y sin mirarme mostraba su trote desigual pero constante. Bebí los primeros sorbos de agua al cruzar la avenida San Juan. Tomé lentamente. Luego apreté la bolsa, lancé el chorro para que mojara mi cara y mientras avanzaba hacia el cruce con la avenida oriental, recordé la bondad y la pureza del agua que había leído en el libro "del camino y la virtud", de Lao - Tzu. Seguí pensando en ella hasta cuando pasé enfrente de la Universidad Eafit: "La bondad del agua consiste en que beneficia a los diez mil seres sin luchar. Ella se queda en el lugar, en el más bajo, que todos los hombres desdeñan." Bebí otro sorbo y dejé caer el chorro sobre mi rostro en signo de perfección y agradecimiento.

Mis amigos se fueron quedando atrás. Primero sobrepasé a Jorge, después a Felipe. Gritos de ánimo y vivas salían de todos los rincones con tanta fuerza que infundían pasión por lo que estábamos haciendo. La calle de honor de policías y soldados, y su llamado a no desfallecer, resumía lo que durante el trayecto habíamos escuchado. Decían que nuestro esfuerzo construía patria, que nuestro paso era de vencedores. Mi corazón permanecía agazapado quizá para no alarmarme o porque sabía que mi decisión de terminar la prueba era indeclinable. Latía con fuerza cuando forzaba el paso y se calmaba al sentir que yo escuchaba su preocupación. En el tramo de la carrera 70 apareció el cansancio y junto a él la muchacha rubia. Su cabello acompasaba el trote y ladeaba el cuerpo con la misma cadencia de los kilómetros iniciales. Sin mirarnos, escuchando el compás de las pisadas, avanzamos hasta el centro administrativo La Alpujarra. Después no nos volvimos a ver.

La fatiga me hacía recordar con insistencia al soldado griego. Milcíades había vencido al ejército comandado por Datis y Artafernes. El general griego  puso a prueba sus destrezas en el arte de la guerra, había reconocido la valentía de los soldados enemigos, descubierto las falencias de éstos en las maniobras colectivas y agotado la resistencia de afuera hacia adentro hasta tocar el corazón de los persas. Yo estaba en circunstancias similares. Sin haber cruzado el puente sobre el río, me sentía un combatiente en retirada. Arrastraba los pies y al mirar a lo lejos veía que las sombras volvían a juntarse para arremeter contra mí. El escenario principal de la contienda estaría en los cinco kilómetros finales. Las sombras temblaban, pero antes enviaban lentas neblinas que me hacían quites cuando me encontraban de frente. Los latidos del corazón preveían un remate sorpresivo, un juego de ajedrez con un insospechado salto de caballo. Puse mis oídos a tono con mi pecho y olvidé la distancia, lo importante era no entregar el rey al adversario, y llevar a como diera lugar “La carta a García”, volar con la perseverancia y perfección de “Salvador Gaviota” para intentar, como ella, volver a la bandada y compartir los alcances de mi vuelo. En medio de recuerdos literarios recibí una bolsa de agua, que entregaron con una frase reanimante: “Faltan menos de dos kilómetros”. Tiré el chorro de agua, puse el rostro al firmamento para acaparar sus dones y a través de su profundidad comprendí que en ese momento de la competencia en su frescura se resumía todo. El agua me ayudó a reconocer y transitar por la penumbra y predispuso mis sentidos para que no se olvidaran del corazón que ya no palpitaba con la misma fuerza. Cuando un tramo generoso me otorgaba un descanso, lograba escuchar trotes de un caballo rodeando una almena que empezaba a derrumbarse.

“Vamos mis amores, vamos”, gritaba una señora y desde el balcón de su casa no paraba de apuntar con la manguera tratando de apagar bolas de fuego. Giré para tomar la carrera 73 y pude escuchar que faltaba un kilómetro para la meta. Mil metros, pensé. La mente de inmediato hizo la conversión matemática. Chorros de oxígeno bajaron por el abdomen y se repartieron por las piernas surtiéndolas de extrañas energías. Como en las horas próximas a la muerte, los recuerdos también sufrían su propio afán. Recordé las historias de ficción que aún estaban inconclusas sobre el escritorio de la biblioteca, los encuentros dominicales para la cita con el deporte, las risas, los chistes y el orden que imponíamos al mundo entre vuelta y vuelta. Recordé el “OE, OE” que emite Jorge cuando le empieza a escasear el aire y el lenguaje, el olor de las flores del cementerio Campos de Paz, entre fragante y quieto, que nos dieron vía libre porque los gladiolos no eran todavía para nosotros. Las reminiscencias pusieron la ciudad de nuestro lado, como si a ella, más que a nadie, le interesara que termináramos la carrera y los ramos imaginarios de olivo se posaran sobre la cabeza de los competidores. Íbamos a llevar a nuestras casas el honor, esa parte de la ciudad que nos correspondía por haber desafiado el cronómetro y la distancia. A mi memoria volvió la voz de Charlie, el Paisita, su cabeza enclavada en la cámara, y listo para captar el más escondido de los esfuerzos. Crucé la canalización, tomé el carril derecho y troté al ritmo de un domingo cualquiera. Cuando pude ver el centro comercial Obelisco, mi corazón saltó de su escondrijo e hizo temblar mi pecho. No necesitaba más premio, sentirlo fuerte y dispuesto a celebrar conmigo el arribo, al mismo punto de donde habíamos partido, era el justo pago para quien reconocía que el valor del deporte, y de la entrega, residía en los minutos de grandeza que los logros aportaban a la vida. “Vamos, vamos, faltan los últimos metros, con toda, duro que ya coronaste.” La gente alegraba la llegada y pedían que hiciéramos un remate antológico. Yo no iba a arriesgar la corona en los tramos finales de la contienda. El reloj de números dorados seguía marcando pausado los segundos. El dispositivo electrónico vibró y levanté los brazos para darle rienda suelta a los latidos de mi corazón que revivía. Había recorrido la mitad del trayecto hecho por el soldado griego. Sentí posar sobre mi cabeza la corona de olivo y me dispuse para los agasajos que iba a autoregalarme de ahora en adelante. Eso sí, no esperaba que levantaran una estatua en mi nombre, ni reconocimientos desmedidos, recibir grandes sumas de dinero o quedar exento del pago de impuestos de por vida. Había emprendido la competencia de los veintiún kilómetros para recibir un abrazo y la vida no me lo negó, ella me daba el más grande y cálido de todos; y lo mejor, había permitido que colgara en mi pecho un discóbolo con la ciudad esculpida, quizá como lo esculpió el ateniense Mirón, o el mismo Miguel Ángel, para perpetuar la gloria. Ya en exultante retirada, la medalla servirá como testimonio de que sólo llevo la mitad de la maratón y para recordar, mientras viva, que “quien conquista un pueblo se hace  poderoso, pero quien se conquista a sí mismo se hace invencible.”   

Medellín, septiembre de 2007.

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