Fronteras Del Destino
Novela.
A la memoria de Aníbal Valdés, quien me entregó el
eslabón madre para que escribiera esta historia.
Uno
John Fitzgerald Kennedy, al despertarse el 21 de
noviembre, sintió como si la historia lo llevara de la mano para mostrarle su
vida, igual que a un personaje de ficción al que debían pasar de capítulo para
que la novela no se cortara de manera abrupta ni el final se estropeara. Se
persignó. Pensó en sus hijos Carolina y John Junior. Los llamó en voz baja,
como creyéndose a salvo en la peor de las tormentas, y los vio como dos balsas
que no se apartaban de la playa por muy fuertes que fueran los vientos. Pensó
en Jackeline, quien había regresado a la Casa Blanca para acompañarlo en la
recepción de los jueces, y terminó por aceptar que él hacía parte del curso de
la historia y ahora las aguas del gran río humano querían devolverlo a su cauce
y recoger sus ideas, para dinamizar el nivel de compromiso que muchos de sus
compatriotas habían adquirido. Sonrió, censuró sus pensamientos románticos y
antes de ponerse en pie intentó alejar de su memoria los sones de la Banda de
Cuerdas de la Marina y de la Orquesta de Cuerdas de la Fuerza Aérea, de la
noche anterior. Las melodías que alegraron el baile empezaron a borrarse cuando
volvió a su memoria el poema de Alan Seeger, Tengo una cita con la muerte. Se miró en el espejo del armario y
sintió que el tiempo caprichosamente se detenía. Tomó en su mano una de las
fotografías que su hija Carolina había incrustado entre el espejo y el marco
del armario, y repitió en voz baja los versos favoritos del poema:
“Tal vez me tomará de la mano
Y me conducirá a su tenebrosa tierra
Y cerrará mis ojos y apagará mi aliento
Pero tengo una cita con la muerte”.
El Presidente repitió los versos. Recordó al escritor
Aldous Huxley, quien se hallaba enfermo, y se conmovió al encontrar gran
similitud entre la visión pacifista y social que este pregonaba en sus obras
literarias y su labor al frente de la Casa Blanca. Pensó en que nada debía
condicionar la felicidad y que era un deber de cada ser humano conquistarla. Su
imagen reflejada en el espejo mostraba su cabello castaño con mejor tonalidad,
más parejo, y la piel alrededor de sus labios cuarteada. No se retiró del
armario, recordó al escritor, los momentos difíciles por los que estaba pasando
y la manera sensata como los medios de comunicación seguían la evolución de su
enfermedad. El viaje próximo a Texas, y la agitación social que se vivía en
otros Estados del sur, lo alarmaron; solo la imagen del espejo volvió a
concentrarlo en la agenda del día. Su espalda ancha, atlética, y sus 1,82
metros de estatura parecían ayudarle a resistir el peso del globo terráqueo que
daba sacudones y le hacía perder el equilibrio. Sus cuarenta y seis años de
edad y las adversidades que la vida le había encomendado vencer le recordaron
que aún quedaban grandes retos que enfrentar, si no quería defraudar a quienes
veían en él al defensor de las libertades, los derechos civiles y de la
convivencia mundial. Reparó en las arrugas que comenzaban a zanjar su rostro,
recordó los conflictos que tenían lugar en el Lejano Oriente, en Vietnam, a
donde los señores de la guerra querían trasladar el negocio de las armas, ahora
unidos a los mercaderes de la fe. Pensó en el conflicto en Laos, en las
diferencias con los sindicatos del acero, las tensiones con los magnates del
petróleo de Texas, en el sistema de salud que había propuesto para la Nación
Americana, en la Ley de derechos civiles y en lo inútiles que se habían vuelto
las negociaciones del armamento atómico con las naciones europeas. Volvió a
recriminarse por no haber removido de sus cargos a los directores del FBI, y de
la CIA. Se dijo que quizá ese había sido un error que no podría saldar hasta
las próximas elecciones presidenciales. Recordó los vicios del expresidente
Eisenhower y el fracaso de la invasión de Bahía Cochinos, que este dejó en
marcha, desastre que él cargaba y el cual se había convertido en el mayor
desacierto de su administración. A las preocupaciones anteriores sumó la
división que sufría el partido demócrata en el Estado de Texas y la amenazaba
que representaba
para sus intereses
reeleccionistas del año 1964.
El presidente Kennedy pasó la mano derecha por su
cabello, en voz baja se dijo la frase que siempre lo impelía a cumplir sus
retos: “La dificultad es una excusa que la historia no acepta”. Sonrió. Volvió
a mirarse en el espejo, ladeó la cabeza como buscando una puerta que le
presentara otra imagen de su rostro y al enderezarla se dijo que el paso por la
ciudad de Dallas, después de la crisis de los misiles, sería el mayor desafío
que tendría que enfrentar y sentir en carne propia. Estaba dispuesto a meterse
en territorio de coyotes.
Cuando George Thomas, su ayudante de cámara, tocó la
puerta de su dormitorio para que pasara a tomar el desayuno, ya se había
asegurado el aparato ortopédico de la espalda y acababa de acomodar la
plantilla de su zapato izquierdo. La luz entraba decidida por las ventanas.
Precedió a George, sintió el frío repentino que sopló a su espalda y antes de
ir al comedor se dirigió al dormitorio de Jackeline para que le diera el abrazo
de protección. Ella aún dormía. La recepción de los jueces había durado hasta
pasada la media noche y él había aprovechado parte de ese tiempo para pulir los
discursos que leería en su viaje por el Estado de Texas. Visitó a sus hijos,
que acaban de ducharse, y los invitó a desayunar. El Presidente comía y no
dejaba de pensar en las sombras tenues que se movían detrás de las tensiones
generadas por la firma de la ley ejecutiva que eliminaba la Reserva Federal, y
le permitía al gobierno elaborar su propia moneda, como lo estipulaba la
Constitución Nacional. Estaba consciente de que al eliminar la Reserva Federal
debilitaba la ayuda que su administración prestaba a Vietnam, donde se hallaban
apostados 15.000 soldados estadounidenses. Hizo un quite a las sospechas y las
sombras desaparecieron ante el bullicio de Carolina y John. Elogió el vestido
que su hija había escogido para ir a despedirlo al aeropuerto, después vio a
John correr detrás de un avión de juguete que intentaba elevarse para perderse
en el firmamento gris y entre las gotas de lluvia que escondían la ruta de regreso.
Pensó en su hermano Joe, quien había sido elegido por su padre para ocupar la
Casa Blanca. Volvió la mirada hacia su hijo, que lanzaba el avión sin lograr
ponerlo en vuelo, y se dijo en voz baja que lo más importante en los seres
humanos son las metas que se proponen realizar, así muchas veces no se logren.
John le había enseñado que nada en la vida merecía más cuidado y dedicación que
lo emprendido cuando se conocían sus fines. Terminó de desayunar y dedicó unos
minutos a leer en los periódicos los artículos donde hablaban de su viaje a
Texas. De la lectura dedujo que el viaje no podía tener término medio y se
convenció de que la franqueza de sus discursos iba a neutralizar las
diferencias entre los copartidarios y llamaría a la unidad en las filas
demócratas.
Caminó de la mano de sus hijos hacia su oficina en el
ala izquierda. Los vientos que cruzaban los pasillos movían con fuerza su
corbata, su saco sin abotonar y las botas de su pantalón. Esos vientos, como
las crisis por las que atravesaba el mundo, inevitablemente pasaban por la Casa
Blanca. Sentía las pequeñas manos, pensaba en grandes tempestades y se decía
que aferrado a columnas como lo eran sus hijos, en su pecho no había espacio
para el temor. Saludó a quienes se encontraba de frente y a quienes salían de
sus oficinas para saludarlo. El Presidente siempre se mostraba enérgico, les
estrechaba la mano con firmeza y los instaba a aportarle a la Nación, en vez de
esperar que ella se acordara de cada uno de ellos. Iniciaba su jornada de trabajo
a las siete y cuarenta y cinco.
Los niños se quedaron en el pasillo atendiendo los
saludos de algunos empleados y luego se fueron a buscar a Jackeline. Cuando el
Presidente entró en su despacho sintió el mismo frío de la madrugada, un leve
temor lo llevó a mirar atrás; como si las puertas se hubieran cerrado para
siempre. Antes de tomar asiento junto al escritorio de madera que la reina
Victoria regaló al presidente Hayes, sonó con sus dedos la concha de coco que
conservaba desde el incidente de la torpedera PT-109, en aguas del Océano
Pacífico, y la volvió a su sitio. Coger la concha, y acariciarla, se había
vuelto un ritual que en muchas ocasiones lo había sacado de momentos aciagos.
La sonaba hasta encontrarle sonidos agradables que lo hacían recordar aquellas
horas de valor y entrega. Observó las cortinas de la oficina recogidas a media
altura, la luz que entraba por la ventana formando un obelisco que alumbraba el
escritorio y la silla de madera. Entre las ventanas la bandera blanca y roja
permanecía vigilante. Se paró unos instantes frente a la inscripción que
dominaba en su despacho y la leyó en voz baja: ¡Oh, Dios qué vastas son tus
aguas y qué pequeña es mi barca! Recordó que su administración le había
propuesto al pueblo americano que esta era la década de la conquista de la luna
y volvió a llevar su mirada a la frase, pero no la pronunció. Se sentó, buscó
las frases que tenía escritas de Tucídides, su historiador favorito y encontró
la que más se acomodaba al momento: “La historia es un incesante volver a
empezar”. Era el autor que mejor le había enseñado a analizar los hechos
históricos, quiso recordarlo, buscó entre sus apuntes de lectura y releyó:
Tucídides, 460 a.C., Atenas; 395 a.C, Anfípolís. Él, como Tucídides, estaba
convencido de que la búsqueda de las razones profundas de los hechos no
permitía al historiador quedarse en la simple anécdota. Dejó a un lado sus
pensamientos, los recuerdos sobre este, y pensó en el sí que Jackeline le había
dado para acompañarlo a Texas. Su compañía era suficiente para esperar confiado
los vendavales y olvidarse de las excusas.
El Presidente leyó los informes del Servicio Secreto,
de la agencia de comunicaciones de la Casa Blanca, del FBI y de la CIA. No le
entregaron el informe del estado del tiempo para los siguientes tres días, como
él lo pidió con el fin de procurarle a Jackeline un viaje placentero. Todos los
informes manifestaban preocupación por el viaje a Texas, que debía iniciarse
antes del mediodía. Lo que mayor desconcierto generaba en la Casa Blanca era el
cambio de ruta aprobada por las autoridades de Dallas. El cambio evidenciaba
serios peligros para la caravana presidencial y las facilidades que tendrían
los francotiradores que quisieran atentar contra el séquito. Así lo hizo saber
Lawson, el agente del Servicio Secreto, quien el dieciocho de noviembre había
inspeccionado la ruta de Dallas en compañía de Jesse Curry, y con Forrest V
Sorrels. Los comentarios de Sorrels habían dejado un manto de duda sobre la
eficiencia en la seguridad que se le iba a brindar al Presidente y el poco
interés que pusieron para enterar a los agentes del Servicio Secreto de los
sitios más vulnerables del recorrido, entre estos el edificio de la Texas
School Book Depository. Curry y Sorrels, apenas se limitaron a decir que para
cubrir la parte de la ruta de Holston Street, necesitaban un batallón. El
Presidente buscó otros informes anteriores del Servicio Secreto y cotejó las
evidencias de que Lee Harvey Oswald se hallaba de nuevo en los Estados Unidos.
Los organismos de seguridad seguían su pista y tenían indicios de que estaba
residenciado en un condado cerca de la gran D. El prontuario de Lee Harvey
Oswald, después de su regreso de la Unión Soviética, donde vivió por espacio de
dos años, no era extenso, no preocupaba a los organismos de seguridad, pero
tampoco debían descuidarlo. La radical oposición de Lee Harvey Oswald al
capitalismo mantenía su a mente enferma.
El Presidente reorganizó su escritorio, llevó el
cenicero de vidrio hasta el extremo derecho, junto a este puso la cigarrera de
plata y en el izquierdo ubicó la escultura de
Heracles y la piel del león,
que había comprado en uno de sus viajes a Roma, y fijó su mirada en el globo
terráqueo que estaba en medio de la oficina. Firmó documentos, leyó informes de
sus asesores. Le llamó la atención un folio que tenía que ver con el miembro
representante de Texas en el comité nacional demócrata, Byron Skelton, quien
días antes le había manifestado las mismas preocupaciones por el viaje a Dallas
que ahora inquietaban a los organismos de seguridad de la Casa Blanca. Byron le
había propuesto cancelar el viaje a la gran D, y si era posible postergar la
unión del Partido Demócrata en los Estados del sur. El Presidente soltó la hoja
de papel y recordó que en esa ocasión le había dicho al representante de Texas
que el Presidente de los Estados Unidos era el presidente de todos los Estados
Unidos. Mientras firmaba el resto de los documentos pensaba en los artículos
publicados y distribuidos por todo Texas, donde esperaban que la suerte, o
cualquier pistolero atrevido, llevaran a la primera magistratura al tejano
Johnson, quien pasaba desapercibido por la Casa Blanca. Dichos pasquines
instaban a atentar contra “el traidor Kennedy” y a desearle gloria eterna a
quien lo quitara del camino. El presidente Kennedy, en el fondo, estaba
convencido de que la gran mayoría de la gente de Dallas era buena y creían en
la Nación que él se había propuesto rehacer para el bien de todos los
americanos, sin distingo de ninguna índole. O´Donnell, coordinador de viajes y
horarios del Presidente, que había sido llamado al despacho para enterarlo de
los últimos pormenores, había querido intervenir, pero los ojos grises y fijos
de su jefe lo hicieron callar. O´Brien, asesor especial, dijo que el representante
Byron Skelton no cesaba de contar a sus amigos que la gloria de un chiflado
podía estar en el cadáver del Presidente y que el ambiente turbio que había en
Dallas ponía a muchos cobardes al acecho. El Presidente quiso contarles la
anécdota surgida entre el filósofo Leucipo y su discípulo Demócrito, sobre el
temor a los enemigos, pero el tiempo apremiaba. Les dijo que en otra
oportunidad se las contaría.
El Presidente llamó a Evelyn, su secretaria, y le
pidió que llamara a Jackeline, o preguntara si ya la habían acabado de peinar.
Mientras tanto recibió una llamada de su hermano Bobby, el fiscal general,
quien le hizo nuevos comentarios sobre los pasquines e improperios que
desaprobaban el paso del Presidente por las tierras del sur de la nación. “En
Dallas tildan al Presidente y a su administración de judíos y comunistas”, dijo
Bobby, “y piensan en un golpe de suerte que les permita tener un presidente
tejano, al Vicepresidente, para volver por los principios y lealtades que ellos
creen perdidos”. “Según ellos”, dijo el Presidente, “se debe gobernar con la
espada y no con el espíritu, contrario a lo que proponía Napoleón”. Bobby no
dejó pasar el momento para contarle a su hermano el poco entendimiento que
tenía con el vicepresidente Johnson y el silencio que este mantenía con
respecto de los comentarios e injurias que proferían los poderosos de Texas. El
Presidente lo tranquilizó al decirle que no se podían menospreciar los votos
del feudo del vicepresidente y le mencionó lo cerca que estaban las elecciones del
año entrante. Evelyn entró al despacho y dijo que a Jackeline aún la estaban peinando. Él aprovechó para
preguntarle por las nuevas cortinas que habían comparado para el despacho y
ella respondió que para el regreso del viaje encontraría su oficina como nueva.
Conque soy comunista, se dijo el Presidente cuando vio
salir a Evelyn del despacho, y sonrió. Tomó la cáscara de coco, le dio unos
golpes con su índice y volvió a ponerla en el extremo del escritorio. Se
reafirmó en sus sospechas de que el líder soviético estaba descargando sobre
sus hombros todo el peso de la guerra fría, que lo estaba dejando que nadara a
ciegas por el océano, sin dar nada a cambio. Nikita Kruschev se aprovechaba de
su carácter conciliador, habían levantado el muro de Berlín y se mostraban
reacios a entablar negociaciones de no proliferación de armas nucleares. Se
olvidan de las bases que tenemos en Turquía, pensó el Presidente mientras
miraba por la ventana. Observaba las estrellas que engalanaban la bandera de la
nación americana y se preguntaba por qué lo acusaban de blandengue, de
comunista y de traidor. Recordaba con desagrado el extremismo radical de Ted
Dealey, director del News, de la ciudad de Dallas, y las palabras que salían
intactas y desafiantes de su voz cortante. En la propia Casa Blanca, le
enrostró la debilidad de su administración y las ventajas que se le estaban
otorgando al comunismo. El Presidente le había perdonado muchos de los
improperios, pero lo que no le iba a pasar era que hiriera la inocencia de su
hija y su honor de padre. La mirada del Presidente volvió a cargarse de furia.
En los Estados del sur desaprobaban su gestión en el extranjero y sentían que
la administración Kennedy los guiaba hacia la mezcla de razas. El Presidente
alejó los informes, los periódicos, los documentos que había firmado y se
acomodó en la silla a esperar que su sangre se aquietara. Mientras tanto la
sintió galopar por sus arterias como buscando un sitio en su cuello para
detenerse, represarse y romper el dique y vagar libremente.
Evelyn regresó y le dijo que Jackeline ya estaba en el
cuarto. Él le agradeció la información y le pidió que le consiguiera el informe
del tiempo que había solicitado. Se reacomodó las gafas. Releyó apartes de los
informes de la misión MacNamara-Taylor, en Vietnam del Sur, donde sus asesores
daban importantes evidencias de por qué Estados Unidos debían retirarse de
Vietnam. “Vamos en la dirección correcta”, dijo al terminar de leer los
apartes. Pensó en Pierre Salinger, Dean Rusk y en Mc George Bundy, quienes
habían salido la noche anterior hacia Honolulú, para asistir al consejo militar
que trataría el tema de Vietnam. Ellos lo habían llenado de optimismo al
decirle que el consejo militar colmaría sus pretensiones. Hizo a un lado los
informes dejados por los asesores destinados al Lejano Oriente y pensó en su
hijo Patrick, fallecido dos días después de nacer, a causa de una insuficiencia
respiratoria. En esa vez lloró desconsolado. Frotó sus manos mojadas de
lágrimas hasta secarlas y prometió a su hijo que no lo olvidaría. Recordó las
palabras consoladoras del cardenal Richard Cushing, en Commonwealth Avenue, que
le hicieron comprender que la muerte era el verdadero comienzo de la vida
eterna. En medio de aquel desierto diminuto en que se había convertido su cuerpo,
las únicas palabras que pudieron aferrarse a su piel fueron las de su esposa
Jackeline: “Sólo hay una cosa que no podría resistir... Si algún día te
perdiera...” “Lo sé, lo sé”; le respondió él. La compañía de ella lo blindaba
contra cualquier tristeza. Sacó unos segundos para pensar en el baile de la
noche anterior, en la orquesta de cuerdas de la Fuerza Aérea y entonó el
fragmento de “Camelot” que más le gustaba.
“No permitas que se olvide
Que una vez existió, durante un breve
Pero fulgurante instante, un lugar
Llamado Camelot”.
El
Presidente estaba seguro de que la presencia de Jackeline en Texas haría que
las multitudes se volcaran sobre las avenidas para ver pasar la caravana. Los
iban a recibir como a verdaderos jefes de Estado y quienes pretendían hacerles
pasar malos ratos tendrían que aceptar su popularidad. La asistencia a los diferentes
actos programados en las ciudades y el despliegue realizado por el
vicepresidente Johnson, desde semanas atrás, permitían contar con los votos
electorales del Estado y en la unión definitiva del partido demócrata.
Yarborough y el gobernador Connally permanecían en dura disputa y mantenían
tensas las relaciones entre todos los integrantes del partido. Yarborough tenía
rango de empleado estatal y Connally Jr era el típico hombre de éxito que
denigraba de su origen, era un sacerdote al que se le había olvidado que un día
fue sacristán. Yarborough había apoyado la candidatura de Kennedy a la
presidencia y tuvo que pagar las consecuencias. Connally manejaba los hilos del
negocio del petróleo y disponía del apoyo del magnate de los hidrocarburos Sid
Richardson. De esas artimañas se había valido Connally para obtener
preferencias especiales, planear a su amaño la visita del Presidente a Dallas y
situar en lugares secundarios a su oponente Yarborough.
El Presidente a las nueve de la mañana ya había
escrito los mensajes para los niños tejanos que perdieron a sus padres mientras
servían a la nación americana. Había dado instrucciones a Andy para que
atendiera la visita del canciller alemán Erhad, ya que Pierre Salinger estaba
en el Océano Pacífico. Para dedicarse de lleno a los pormenores del viaje dio
indicaciones generales a los embajadores en el Alto Volta y en Gabón. Pidió a
Evelyn que le cancelara los compromisos que seguían y que le llamara a Ted
Sorensen, su asesor estrella. Ted Sorensen entró a la oficina del Presidente
con los discursos en la mano y se sentaron a terminar la tarea que venían
realizando desde una semana atrás. Discursos pensados para cada ocasión y que
siempre llevaban el sello indiscutible y preciso del Presidente. Le dedicaron
buen tiempo al mensaje que leería en el Trade Mart. El Presidente leía y
Sorensen transcribía y lo adaptaba al estilo literario del jefe. En el discurso
el Presidente admitía voces disidentes, otras alternativas que abogaran por una
paz con justicia y no por las voces que ejercían influencias sin contraer
responsabilidades, y menos murmuraciones que suponían una igualdad entre la
humillación y la victoria. Releyeron el discurso, lo adaptaron para que los
magnates de Dallas comprendieran que en su administración serían bienvenidas
las disidencias y las críticas siempre y cuando se ajustaran a las necesidades
de la nación americana y a la época. Sorensen elaboró una lista de las frases
más contundentes del discurso y se las leyó: “Siempre se escucharán en el país
voces disidentes que expresen oposición tajante y sin matices, haciendo
resaltar los errores sin mostrar jamás la benevolencia, percibiendo las
tinieblas a ambos lados y procurando ejercer influencia sin contraer
responsabilidades”, “Creen las derechas que esta Nación marcha hasta el
desastre a causa del déficit, o que la fuerza no es otra cosa que un eslogan y
ello no es más que una frase sin sentido”. En silencio las estudiaron y después
de un minucioso análisis comprobaron que las frases fuera del contexto laceraban,
pero que al final las envolvía el tono conciliador de quien ponía los intereses
nacionales sobre los suyos propios.
Evelyn llegó con el informe meteorológico elaborado
por Godfrey McHugh, en el cual pronosticaba días calurosos para Dallas. Eran
las 10 y 30 minutos y la llamada que él con tanto esmero había hecho a
Jackeline para que empacara vestidos frescos, no logró su objetivo; las maletas
de ella ya estaban en el helicóptero. El malestar del Presidente no se hizo
esperar, no tardó en llamar a McHugh y a O´Donnel y les ordenó contactar los
aeropuertos locales, y de destino, para que estuvieran atentos a las
necesidades de la primera dama. Antes de verlos salir les recalcó que el
informe a deshora traería dificultades.
John Junior apareció en el despacho y su sonrisa le
calmó los ánimos. El niño vestía un impermeable londinense y gorro. Continuaba
lloviendo. El Presidente miraba por la ventana, pensaba en el tardío informe de
meteorología dado por McHugh y la inocencia de su hijo lo llevaba a calmarse.
Mrs Shaw, la encargada del cuidado de los niños, llevó a John Junior hasta el
ascensor, bajó y lo dejó en manos de Bob
Foster, agente del Servicio Secreto. En el helicóptero estaba reunido el
séquito que iba a acompañarlo a Texas. El Presidente llevaba el sombrero de
copa en la mano. Se despidió de quienes salieron de las oficinas del ala
occidental. Llamó a John Junior y lo vio ir a abordar el helicóptero número
uno, donde iban Evelyn, Ted Clifton y tres agentes del Servicio Secreto. En el
helicóptero número dos viajaba el doctor George Burkley. Mac Kilduff estaba en
el número tres, con los periodistas de la Casa Blanca.
Las tres horas que pasó en su despacho el Presidente
fueron suficientes para recordarle las sombras con las que muchos hombres
intentaban oscurecerle el camino. También lo fueron para asegurarle que con una
leve llama que se buscara alumbrar los senderos de la verdad, se podría guiar a
toda una nación. Las manos seguían batiéndose como si esa luz se debilitara y
el viajero la necesitara para orientar mejor su barca y no perder la orilla. Él
volvía la mirada y saludaba para apaciguar los adioses. Sentía la mano que
apretaba sus impulsos y le hacía recordar que él nunca había sido inferior a
sus obligaciones. Jackeline lo miró a los ojos para hacerle el presente y
mostrarle su decisión de ir a su lado hasta que el destino se lo permitiera.
Faltaban tres minutos para iniciar el viaje. Las aspas
de los helicópteros comenzaron a girar. El presidente pidió a Sorensen que se
acercara y le recitara el poema de Stephen Spencer, que a él tanto le gustaba
oír. Sorensen sonrió y se lo dijo de memoria:
“Pienso siempre en aquellos que fueron
realmente grandes...
en los nombres de aquellos que
en su vida lucharon por la vida,
que llevaban en su corazón
el prometeico fuego
nacidos del sol, volaron unos
instantes hacía él,
y dejaron en el aire diáfano
la firma de su
honor”.
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