Los
dioses del bien y del mal, al no poder dirimir la disputa por el dominio
universal, decidieron buscar un aliado y crearon al hombre. Pusieron en él lo
mejor de cada uno de ellos. Le entregaron la tierra como albergue y por siglos
se olvidaron de él y su descendencia; entendieron que era demasiado el trabajo
que debería realizar si quería hacerla vivible y sacarle el mayor provecho.
Creado
el hombre la lucha cruel y decidida no se detenía. El cielo parecía ser el
sitio perfecto para lo que los dioses pretendían: no perder el trono. Pero allí
no iba a haber un ganador absoluto. Pensaron que la disputa sólo podría
resolverla un actor externo y se acordaron que en la tierra tenían unos aliados;
los hombres, y fueron en su busca. Los encontraron labrando la tierra, cuidando
los rebaños y rindiendo culto a los astros celestes, y a la lluvia, porque
éstos le ayudaban a subsistir. Los dioses se olvidaron de su disputa, los
recriminaron y exigieron obediencia. Los hombres reunidos se miraban asombrados.
Observaban el sol invariable en las alturas y recordaron que éste, la luna y
las estrellas, nada habían exigido a cambio de los beneficios que les daban. En
medio del asombro dieron la espalda a los dioses y volvieron a las actividades
del campo y por muchos años se olvidaron de sus creadores, pensaban que con su
mente y sus manos habían transformado el planeta, habían construido sus
viviendas; mientras que aquellos nunca hicieron presencia en sus labores
diarias ni ante sus calamidades. Se decían que un dios no podía estar alejado
de lo que había creado y que en cambio el sol y los demás astros todos los días
los protegían. Estos comentarios indignaron a los dioses y una tarde después de
un eclipse total de sol, regresaron. De nuevo reclamaron obediencia, dijeron a
los hombres que todo cuanto estaba en el universo les pertenecía, y que eran
capaces de apagar la luz del astro rey, y de la luna, como hacía poco había
sucedido. "Somos capaces de desatar tormentas, diluvios y hacer
incontrolable la furia de las aguas", gritaron a los hombres reunidos a
campo abierto. Éstos se miraban como temiendo perder la luz de sus ojos para
siempre. Luego de un largo silencio pidieron una tregua, un tiempo para
reflexionar, pero los dioses contestaron que entre ellos había pactada una
tregua y justo ésta comenzó la tarde del eclipse. Los hombres dieron de nuevo
la espalda y regresaron a sus casas como lo indicaba el paso vigilante de la
luna. Los dioses respetaron su pacto de no beligerancia y acordaron castigaron
la desobediencia. Los rayos solares se hicieron más insoportables, se
extinguieron las nieves perpetuas y el mundo se anegó. En las tierras fértiles ecuatoriales
la lluvia no cesó y los hombres murieron.
El
día en que los dioses, ya en la tierra, volvieron a medir fuerzas comprobaron
que su lucha siempre sería estéril y, para no darse por vencidos, crearon de
nuevo al hombre, esta vez con mayores limitaciones, para tener en quien
esconder las desgracias y ver en los labios, y en los ojos, otros lados desconocidos
de la tristeza.
Autor: René Jaramillo Valdés
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