lunes, 4 de enero de 2021

Una mujer desnuda en la iglesia

 


Además de sentir y recordar desde distintas ópticas los temas vitales de la literatura, la lectura nos pasea por variados escenarios hasta dejarnos frente a los sonidos con los que las facultades humanas sintetizan el encuentro del asombro y la imaginación. Aquel producto de la admiración de un hallazgo inesperado y ésta como gestora de un momento especial en el que tiempo y espacio convergen para revelar aquello que se ha desprendido de la realidad, que ha quedado rezagado, y requiere volver a ella para no equivocar los caminos que conducen a la estética, al reencuentro con la totalidad. Para alcanzar la plenitud de ese instante necesitamos la palabra, ésta comprendida en toda su esencia, y significado, porque es la única capaz de proyectarnos por una lectura consciente y atenta. Disponernos a abrir un libro, adentrarnos en los primeros renglones, o versos, debe iniciarnos en un extenso viaje cuyo final jamás olvidaremos, quizás porque nos enseñó que con imaginación los horizontes no pierden sus colores, o porque aprendimos a sobrevivir a duros temporales, a superar tragedias donde el azar es más importante que la vida misma o porque sus avatares nos hicieron comprender que las distancias no son más que faros donde los espíritus depositan las luces de las búsquedas posibles, aquellas de fácil acceso cuando la actitud del navegante se fundamente en la renovación de su creciente relación con su entorno y con el mundo.

No se nos ha revelado puerta más amplia y segura, para ir a otros universos, que la portada de los buenos libros, pues podemos ajustarlas o dejarlas entreabiertas para que la imaginación explore territorios ignotos y que la palabra reconstruye para ayudarnos a completar nuestra propia realidad.

Algunos apartes de los mencionados puedo compararlos con los suscitados durante la lectura del libro Una mujer desnuda en la iglesia, del escritor colombiano Fernando Serna Escobar. Diez relatos donde las historias parecen haber acompañado al autor como esas sombras a las que la noche confunde, y junta, para presentarlas al amanecer por las mismas calles de un pueblo solitario y siempre dispuesto a recrearlas, ya que es la única manera de mantener viva su historia, historia que escancia como el árbol a sus frutos antes de regresarlos a la tierra. Fernando, para volver a la imagen del viaje, parece darnos a entender que es la distancia recorrida la que da verdadero sentido al inicio, la que brinda mayores incentivos a la existencia para que nada parezca extenuante, lejano e imposible de lograr. Mal hace el viajero cuando se desespera, apurado no por la fatiga sino por el desconocimiento de lo que ha trajinado. Los relatos poseen fuerza narrativa, frescura y serenidad en la descripción de los ambientes; además, sorpresas que advierten abismos emocionales.

La literatura tiene la capacidad de hacernos sentir el vuelo sin tener nociones de altura, tormentas, dirección de los vientos o tiempos de llegada. La publicación de este libro de relatos me hace recordar al escritor italiano Gesualdo Bufalino (15 de noviembre de 1920, 14 de junio de 1996), quien comenzó a publicar cuando tenía sesenta y un años. Esta tardía revelación literaria y las obras decantadas en noches y amaneceres continuos poseen la sencillez y la claridad de los días, tanto que terminada la lectura nos hacen pensar en que los verdaderos secretos de la existencia salen a nuestro encuentro con ímpetu, como si no los hubiéramos visto. Esto ocurre cuando nuestra prioridad es un mañana donde esperamos hallar esa luz que lentamente se va perdiendo entre las brumas de un pasado que parece adelantarse y las historias de estos escritores tardíos se prestan a llevarnos de la mano para mostrarnos que nada, en ninguna época, poseerá el valor del ahora.

Mientras más se lea mejor será lo que se escribe y los relatos que conforman Una mujer desnuda en la iglesia así lo demuestran. Los personajes caracterizados con precisión, la pericia de narrador capaz de mantener constante la intriga y la certeza al introducir episodios que aparentemente nada aportan a la historia, y que terminan siendo decisivos y contundentes al concluir cada relato, son los aspectos literarios más sobresalientes que observo en la grata obra de Fernando Serna Escobar.

                                                                     René Jaramillo Valdés

Medellín, diciembre 30 de 2020.


1 comentario:

  1. Excelente presentación de una obra que no conozco. René, en éste comentario o preámbulo has liberado ese poeta que, que permanentemente, aletea en tu interior. Un abrazo, amigo del alma.

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