martes, 28 de junio de 2022

Dasso y sus travesías por Macondo

 


Dasso y sus travesías por Macondo

Por: René Jaramillo Valdés

El asombro es, quizá, la ventana desde donde mejor se siente y escancia la literatura, y los libros la puerta por la que entramos a participar de aquellas historias o tesoros escondidos que sólo pueden revelarse a la persona indicada. Sin embargo, muchos de estos hallazgos no siempre se ajustan a lo deseado. Cuando sucede lo propuesto los caminos se despejan, conducen a los destinos elegidos y la vida de los protagonistas adquiere notoriedad y relevancia.

Hay libros a los que se llega por lecturas sucesivas, comentadas; algunos por encuentros fortuitos, los cuales leemos porque garantizan esparcimiento y ratos amenos. Existen otros de cáscara blanda y corazón duro, que requieren de más imaginación para complementar el perfil de los personajes. A éstos los lectores deben aportar apartes de su historia personal, porque de lo contrario ambos quedarían a mitad del camino. Cuando libro y lector se reconocen como mundos separados y paralelos, comprenden que conquistarse los convierte en orillas inseparables, reflejadas en una corriente cristalina y donde correr el riesgo de naufragar siempre llevará implícito un asomo de libertad. Superado el naufragio y el barullo de los afanes cotidianos, o ascender por la vertiente hasta hallar la fuente y los albores literarios, provoca el acercamiento intelectual, el deleite que guardan las palabras cuando se ha comprendido su sonoridad, la cáscara blanda, y debemos abrir la nuez. Este es el preámbulo que se me antoja para celebrar el encuentro de Dasso Saldívar con la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Novela donde el embrujo de las palabras alcanza a transmitirle al lector la necesidad de adaptarse al mundo que el autor va descubriendo a medida que se interna en el berenjenal literario. Allí la exuberancia de la selva de palabras no extravía a quienes distinguen las fragancias del pensamiento del autor, ni a los que descifran en el comportamiento de los personajes señas intermitentes que buscan guiarlos hasta el reconocimiento y al encuentro entre historia y lector.

Una obra literaria empieza a sumergirse en la universalidad cuando en las páginas sus luces son el reflejo de la infancia del lector y recuerdos de maravillas vividas en tiempos remotos que iluminan el trayecto interrumpido por la luminosidad artificiosa de su edad madura. Si su lectura ayuda a recuperar la imaginación, a recordar leyendas, mitos, tradiciones y a vislumbrar los primeros paisajes que poblaron su universo infantil; dota al lector del fino hilo de la experiencia para regresar, sin contratiempos, a la tierra de sus ancestros.

La lectura de esta novela perturbadora, reveladora de la realidad colombiana, le pone al biógrafo un pie en la otra orilla, en la línea de vuelta, y le exige documentarse con rigurosidad arquitectónica para exhibir fundamentos precisos de la búsqueda y los hallazgos más sobresalientes de la estética narrativa que la sostiene. El estudio juicioso y ordenado que se realiza alrededor de la vida y obra de nuestro premio Nobel, no descarta hechos que insinúan luces sobre el autor o resquicios que conduzcan a momentos mágicos que complementan el accionar de los personajes literarios. Por esto las amistades tejidas entorno a la novela sirvieron de amalgama cuando la historia de La Casa estuvo a punto de desmoronarse.

La documentación y el análisis, en caliente, que Dasso realizó desde la publicación de Cien años de soledad, el mayo de 1967, ha mantenido frescas las huellas de los fundadores de Macondo. García Márquez, El viaje a la semilla, tiene el privilegio de dejarse leer como una novela. Esa es la sensación que le queda al lector que aprecia la pasión puesta por el biógrafo a cada dato encontrado en su peregrinar detrás del aliento del escritor. No omite para no invalidar el espacio logrado por los personajes y les conserva los momentos esenciales de la historia del pueblo mítico de Macondo, que parecía atormentarlos. De esta manera el libro se convierte en un portón que después de cruzado, abierto, cada lector adquiere la libertad de elegir los códigos, las sendas para transitarlo. Podrá cambiar de orilla en el instante que le plazca, contemplar la realidad o abstraerse para dar cabida a la magia que circunda a los pobladores que se han perdido en la manigua cotidiana.

La primera vez que oí hablar de Cien años de soledad fue a un cliente de la tienda mixta que administraba mi padre. El hombre era aprendiz de mecánica automotriz, ferviente seguidor de la obra de Fernando Gonzáles, el filósofo de Otraparte. A aquel le fascinaba contarme los capítulos de la novela que leía en las noches, quizá porque sus narraciones me causaban expectación. Yo tenía catorce años, atendía el negocio, después de llegar del colegio, y mientras mi padre descansaba nosotros conversábamos de libros y escritores colombianos. Las historias que escuché narrar a los clientes, en medio de las copas de licor, acrecentaron mi obsesión por la novela de Gabo, hasta convertirla en un tesoro destinado que debía tener en mis manos. Cuando apareció García Márquez, El viaje a la semilla (editorial Alfaguara, 1997), yo ya había leído la historia de los Buendía. El seguimiento minucioso desplegado por Dasso, a lo largo de la biografía, me hizo pensar que los libros, a veces, son brumas que cubren las cordilleras sin importar su altura o las nieves perpetuas y que las aguas subterráneas que el sol evapora dejan intacto el cauce para que sea ese el misterio que estamos llamados a develar. Pensé, además, en los libros que contienen otros libros, que como ríos tributarios su caudal se desborda y sólo los detiene la serenidad del océano o las manos apacibles de un lector agradecido por los mundos que pudo conocer; universo al que podrá regresar cuando quiera recordar el origen de las brumas que misteriosamente abandonaron su lecho.

Medellín, junio 21 de 2022

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