Hermanados en la piedra
Por: René Alfonso Jaramillo Valdés
Epígrafe.
“Nosotros que partimos para esta peregrinación
miramos las estatuas quebradas
nos olvidamos de nosotros y dijimos que no se
pierde la vida tan fácilmente
que la muerte posee sendas inescrutables
y una justicia propia;
que cuando morimos erguidos sobre nuestros pies
hermanados en la piedra
unidos con la dureza y la debilidad,
los antiguos muertos escaparon del círculo y
resucitaron
y sonríen en una extraña quietud”.
Yorgos Seferis. (Esmirna 1900 – Atenas 1971)
El lector se preguntará por qué inicié el texto con el
fragmento número 21 del poema Mythistorima, del gran poeta griego Yorgos Seferis.
Mi deber es dar claridad a su inquietud, pues mi intención es abrirle el portón
para que observe el movimiento que permanece en la distancia, piense en la
finitud de la vida, en como algunos acontecimientos escapan al tiempo y se convierten
en sombras que cruzan sigilosamente esquinas, con la intención de confirmar con
sus mensajes la estrecha relación que tenemos con los misterios.
Cada sombra que se nos adelanta lleva implícito el
afán del sol que declina. Lo sagrado y lo mágico relampaguean cuando las vemos
pasar. Procuran detenerlas para fijarle a los caminantes los lugares que inevitablemente
deben buscar si alguna vez pierden el rumbo y desean regresar al sitio de
partida. Lo inexplicable sólo tiene cabida en la mente qué es interrogante para
el hombre mismo y cualquier respuesta que dé a los enigmas es la parte de su
vida que no entrega a la muerte.
Cuando no se sabe la duración de la travesía la señal
que aproxima la distancia debe verse desde muchos ángulos y qué mejor faro que
la seña dejada en piedra, esa marca de un cruce que llama a detenerse, que advierte
o simplemente muestra la dirección correcta del camino. Así lo ha entendido el
hombre desde el inició de la civilización. Sintió la finitud adherida a su
cuerpo, la que los invadía con secretos que ni el pensamiento o el tiempo
alcanzaron a descifrar. Muchas de las civilizaciones tallaron sus dudas, sus
miedos, los logros de la época, y lo que no pudieron esclarecer lo insinuaron
con sus representaciones. Monolitos, megalitos, dólmenes, plataformas
ceremoniales, colosos de piedra, petroglifos, pirámides y pinturas rupestres,
sirvieron para proteger legados que ellos consideraban de importancia para el
desarrollo de la humanidad. Ejemplos de estos talladores, y hermanos de la
piedra, están exhibidos en Stonehenge, Machu Pichu, Teotihuacan, Las estatuas
de la isla de Pascua, las tallas Olmecas, los Chibchas, las pirámides egipcias
y mayas y la cultura agustiniana. Estas culturas encontraron en la piedra el
símbolo de la perennidad, de la totalidad, de la forma perfecta para guardar los
misterios. Qué mejor espacio para propagar las certezas e incertidumbres que en
aquello que en su quietud permitía movimiento al espíritu. Estas culturas
tallaron en la piedra su fuerza, su creatividad y su energía. A los monumentos
les concedían los poderes que sentían. A lo ancho y largo del planeta
aparecieron Betilos (espacios sagrados), lugares para el sacrificio, para
rituales funerarios, para la adivinación y túmulos para recordar tragedias o
agradecer beneficios recibidos. Las piedras horadadas, si se cruzaban, tenían
poder de curación. A las moldeadas por el tiempo, por lluvias y vientos
huracanados, el hombre con sus incertidumbres y afanes les daba el nombre que más
se acercaba a sus vacíos o necesidades. Parecería que el ser humano al tallar
la piedra o descubrir en ellas figuras adversas a sus creencias quisiera eternizarlas,
inmovilizarlas, para despreocuparse de ellas. La “silla del diablo” es un
ejemplo común en el hemisferio occidental. En Colombia, además de sillas del
diablo, lucifer tiene púlpito en la Sierra Nevada de El Cocuy, una roca de
hielo de más de setenta metros de altura. Caso contrario sucede con las piedras
sagradas, las ermitas, aquellos lugares revestidos de sentido mágico y
religioso, frecuentados en todas las épocas cuando el ser humano siente
adormecer su espíritu.
Se sabe poco de los constructores de los grandes
monumentos líticos, como las pirámides egipcias, maravillas que hoy todavía
asombran y aumentan la litolatría. La distancia en siglos del descubrimiento de
los megalitos, las esferas de piedra y los dólmenes generan preguntas que aún
no hemos atinado a responder. Al no tener certeza de sus constructores
desconocemos los propósitos de sus mensajes. Aquí quiero referirme a las
estatuas del Parque Arqueológico San Agustín, departamento del Huila, Colombia.
En este parque sobresalen el Alto de los ídolos y el Alto de las piedras, en
Isnos. En Isnos se hallan tumbas, pequeños templos y figuras humanas y de
animales míticos tallados en piedra. Una de estas figuras zoomorfas, tallada
para custodiar las tumbas y los templos, es la que me ha motivado a escribir
este breve homenaje la piedra. Se trata de El Águila y la serpiente o también
llamada El Búho y la serpiente.
Mi relación con la piedra viene desde mi niñez. Nos
acercamos en la soledad, al yo sentir la totalidad de la noche, en la inmensidad
de los días, donde, a veces, alejado del bullicio y acompañado por las
pulsaciones de la naturaleza, comprendía las vibraciones de los árboles y del
campo, mi lugar de permanecía durante la mayor parte del año. En las noches mis
sueños infantiles eran extensos viajes a tierras inhóspitas e infinitas donde el
descanso era abrazado por una vastedad asombrosa, incapaz de mover el punto
donde me hallaba parado. Allí un sosiego indescriptible congelaba mi sangre. Al
despertar ese punto que había visitado durante el sueño me remitía de manera
inexplicable a los sonidos que mi madre producía al quebrar el maíz seco para hacer
mazamorra. Era piedra contra piedra, el sonar de dos eternidades que chocaban
para producir el milagro, el asombro; el amanecer. Supe años más tarde que
aquellas rocas alargadas, redondas y planas, en la que mi madre aporreaba el
grano, mi padre las encontraba después de las tempestades en la orilla del
riachuelo que pasaba por la finca. Como esas piedras que estaban en la cocina,
a mi casa llegaron otras figuradas que mis viejos guardaban en lugares
especiales alrededor del patio. La que más recuerdo es aquella en la que
estregábamos la ropa nuestra y de los trabajadores. Parecía un sarcófago para
niño. Su tamaño, su peso, en esa época, me hacía pensar que la naturaleza daba
forma hasta a las necesidades que teníamos y mandaba las soluciones precisas,
pero había que descubrirlas entre sus incontables maravillas.
Nuestra casa, enclavada en la mitad de la montaña,
tenía el patio rodeado de piedras que hacían de muro de contención. Otros
momentos de esta hermandad, de la quietud y de mi movimiento, lo sentía cada
vez que al salir de las sombras me sentaba en la Piedra Plancha y veía las
primeras luces del día. Mi hermana y yo salíamos a oscuras, orientados por el
canto de los gallos de las fincas vecinas, rumbo a la escuela del pueblo. En la
parte alta de la Loma de los Chorros, la piedra era el punto de descanso y
reloj, a la vez. Sentarnos allí nos permitía observar los secretos y la magia
que el día jamás revelaba a la noche. Otro recuerdo imborrable es la Bola de
cacao, piedra que vigila y sirve de mirador natural de Guadalupe. En mi
infancia su amenaza inmóvil mantenía nuestros sueños en desbandada. En la
escuela se fabulaba con su desprendimiento, con el peligro que ésta constituía,
con la suerte atroz que esperaba a la población y por muchos años nuestras
miradas asustadas hicieron de puntales para sostenerla en su sitio. Cuando
pasábamos temporadas en el pueblo, en la casa de El Volcán, las primeras noches
eran de largas vigilias, a la espera de que entre el canto de los grillos del amplio
solar el estruendo de la roca desprendida nos avisara del inicio de la
tragedia.
En la época de cosecha de café volvíamos a la finca.
De regreso de la escuela, a los lados del camino encontrábamos arrumes de
piedras de variados tamaños con las que los campesinos consagraban el lugar y
rendían homenaje a quien había sufrido su última tragedia. Poner la roca encima
de las otras se convertía en descanso de caminantes y de la víctima, pero para
nosotros era un abismo que cada vez aprendimos a esquivar. Las veces que pasábamos
corriendo, detrás, las rocas comenzaban a rodar y apenas se detenían en la
orilla de la quebrada. Cuando nos disgustábamos en la escuela y caminábamos
distantes, antes del túmulo volvíamos a contentarnos; solos no éramos capaz de
seguir.
Mi hermandad con la piedra se reveló a los nueve años.
Fue una mañana que mi hermano y yo marcábamos una novillona con hierro al rojo
vivo. La vaca bramó y el toro, que se hallaba en una colina cercana, se dejó
venir contra nosotros y nos tuvimos que montar a una enorme piedra que había en
el potrero. El toro dio varias vueltas a la roca buscando la forma de treparse,
rastrillaba los cascos delanteros, echaba espuma por el hocico y bramaba.
Mientras tanto yo me orinaba en los pantalones. Hasta buena parte de la tarde el
animal estuvo pendiente de la piedra y aunque nos habíamos acostado para que se
olvidara de nosotros, desde la colina nos vigilaba. En esa oportunidad nos
salvó la piedra. Por esto la llevo como un grato recuerdo. Contuvo la furia que
venía hacia nosotros y me enseñó a confiar en la quietud.
En Medellín, ciudad a la que llegué a vivir en 1967, tuve
dos encuentros más con la piedra que afianzaron la sensación de totalidad que
encierran sus formas. Cuando visité la piedra de El Peñol y me paré en lo más
alto, al abrir los brazos sentí de nuevo el milagroso movimiento que genera la
quietud. Mi imaginación voló detrás del aire que huía sobre los espejos de agua
y pensé que dentro del grandioso monolito se podían construir habitaciones,
innumerables cavidades, para esconder en ellas, como en una caja de sorpresas,
lo más relevante de cada nación hispanoamericana. Fue una idea loca, una utopía.
Las piedras son hermanas del entorno y más de lo que busca agotar las formas
que su totalidad refleja. La realidad que se refugia detrás del velo del
pensamiento sale a confirmar las utopías y nos crea nuevos e ineludibles interrogantes.
Esta visita al monolito de El Peñol hizo que me informara del asentamiento
Petra, y sus habitaciones labradas en la misma roca, en un valle angosto, al
este del valle de la Aravá, en Jordania.
Quizá hoy comprendo mejor lo que significan las
hermandades, las comunidades, término que nos remonta a la época del
feudalismo, de la alta Patrística, de la baja edad media. Lo que a aquellas las
hace posibles, cercanas, es la necesidad de mutuo reconocimiento, de la
confirmación de la atracción, que de no manifestarse se convierte en la
anulación de las partes y la entrega total al poder de las sombras. Ese palpito
que surge a primera vista no es otra cosa que el de un reencuentro, el abrazo
aplazado que al final de la travesía confirma que los caminos pueden
distanciarse, pero no pueden llevarse al caminante a otro lugar que no sea el
pactado cuando eligió la ruta. Y eso, quizá, fue lo que sentí aquel miércoles
cuando vi entrar al auditorio de la Biblioteca Pública Piloto al hombre que
cargaba una talla de figura zoomorfa, ahuecada, que luego descargó al lado del
escritorio donde estaba el maestro Manuel Mejía Vallejo. Recuerdo los elogios
que el escritor hizo a los artesanos, a los talladores, a la sabiduría que
sencillamente guardan las manos del artista. Dijo que él también tallaba, que
hacía juguetes de madera y prometió traer unas muestras para que las
observáramos.
Yo no salía del asombro. Mi atención estaba puesta en
la talla de piedra liviana. Me preguntaba en qué lugar del auditorio la iban a
exhibir, qué resguardo indígena la había enviado o si el propietario nos
hablaría del proceso de tallar la roca. Por último, pensé que era un regalo que
le hacían al maestro Manuel, por haber nacido en el suroeste del departamento,
donde estaban ubicados algunos resguardos ancestrales. Seguí absorto. Los demás
asistentes al taller de escritores continuaban atentos a las observaciones que
el maestro hacía de los trabajos literarios que había analizado. Recuerdo que
sólo vine a despertar del sueño cuando oí decir que el hombre obsequiaba la
talla para rifarla entre los asistentes. Al instante me empezó un temblor
inédito, me temblaba hasta la ropa, igual al sentido cuando el toro nos
persiguió en el potrero y nos hizo encaramar a la roca, porque le habíamos
maltratado a la novillona preferida. Al rato pude pensar en lo retirado que
estaba de las bancas de adelante. Tuve la intención de cambiarme de sitio, pero
me dije que debía conservar la quietud para no distorsionar el movimiento que
comenzaba a recorrer mi sangre. Con este argumento, casi tonto, me quedé en el
sitio. “Ya tengo el número”, me dije después de que Manuel dijo que el sorteo
se haría del uno al cincuenta. Le oímos la pequeña introducción que hizo de la
figura. Se trataba un búho que tenía cogida con sus garras, y su pico, una
serpiente. Era una réplica del Águila y la serpiente, talla descubierta y
exhibida en el parque arqueológico San Agustín. Estábamos ansiosos. Todos
queríamos ganarnos la talla.
Mi turno para probar suerte quizá no llegaría. Manuel
ya tenía elegido el número ganador de la talla y lo había compartido con el
hombre que la obsequió. Me dispuse a esperar que lo que había pensado, rememorado,
desde que vi la obra de arte, confirmara la hermandad. Cada número descartado,
cuando el maestro decía “el que sigue”, era un paso mío dado en La Loma de los
Chorros, cuando subía a la escuela y me sentaba en la Piedra Plancha a recibir
las primeras luces del día. Paso a paso llegó mi turno y dije el número 28.
Manuel se asusto más que yo. Abrió los brazos y dijo: se la ganó. Yo me
petrifiqué. No escuché los aplausos ni los comentarios que aludían al arte y al
valor de la pieza que acababa de ganarme. Mientras la recibía escuché decir que
el búho con la serpiente entre sus garras significaba que el bien siempre
vencía el mal, que la sabiduría derrotaba la ignorancia; que la serpiente era
portadora de fertilidad.
Salí del auditorio con búho y la serpiente al hombro.
No tenía dinero para pagar un carro y transportarla con el mayor cuidado. Eso
no importó. Iba feliz. Un sueño que yo había olvidado se cumplía; quietud y
movimiento caminaban juntos. Sobre mis hombros descansaba el más valioso de los
tesoros, se había consumado el encuentro. Mientras caminé sobre el puente de la
calle Colombia, el escaso bullicio del río Medellín me hizo pensar que sobre
las corrientes podían soplar fuertes vientos y huracanes, pero que no lograban
hacerles abandonar el cauce. Nuestro destino de hermandad era inamovible, impostergable.
Caminé hasta la plaza Rojas Pinilla, en el centro de
la ciudad, y aun no aparecía el cansancio. No recuerdo cuántas ofertas me
hicieron por la obra de arte, me detuvieron para que la mostrara y lo hice con
alegría, porque la admiraban. Uno de los interesados la midió: 65 centímetros
de alto por 40 centímetros de ancho. Me dijo que pidiera lo que quisiera y respondí
que no tenía precio. Desde ese miércoles el valor de la obra de arte y de la
hermandad son incalculables. El búho permanece al lado de mi escritorio: somos
quietud y movimiento.
Medellín, marzo de 2023

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