martes, 12 de julio de 2011

Eterna lucha


Los dioses del bien y del mal, al no poder dirimir la disputa por el dominio del universo, decidieron buscar un aliado y pensaron en el hombre. Pusieron en él lo mejor de cada uno de ellos. Le entregaron la tierra como albergue y por muchos siglos se olvidaron de él y de su descendencia, pensaron que era demasiado el trabajo que debería realizar si quería hacer la tierra vivible y sacarle el mayor provecho.
Creado el hombre, la lucha cruel y decidida no se detenía. El cielo parecía ser el sitio perfecto para lo que los dioses pretendían: no perder el trono. Nunca iba a haber un ganador absoluto. Pensaron que la disputa sólo podría resolverla un tercer actor y se acordaron que en la tierra tenían un aliado; el hombre, y salieron en su busca. Lo encontraron labrando la tierra, cuidando los rebaños y rindiendo culto a los astros celestes, y a la lluvia, porque éstos le ayudaban a subsistir. Los dioses se olvidaron de la disputa, le recriminaron y le exigieron obediencia. Los hombres reunidos se miraban asombrados. Observaban el sol impecable en las alturas y pensaron que él, la luna y las estrellas, nada habían exigido a cambio de los beneficios que les daban. En medio del asombro, dieron la espalda a los dioses y volvieron a las actividades del campo y por muchos años se olvidaron de ellos, pensaban que con su mente y sus manos ellos habían transformado el planeta, habían construido sus viviendas; mientras que aquellos nunca hicieron presencia en ninguna de sus labores diarias ni ante sus calamidades; y se decían que un dios no podía estar alejado de lo que había creado y que en cambio el sol y los demás astros todos los días los protegían.
Estos comentarios indignaron a los dioses y una tarde después de un eclipse total de sol, regresaron. De nuevo reclamaron obediencia, dijeron a los hombres que todo cuanto estaba en el universo les pertenecía, y que ellos eran capaces de apagar la luz del astro rey, y de la luna, como hacía poco había sucedido. "Somos capaces de desatar tormentas, diluvios o detener la furia de las aguas", dijeron a los hombres reunidos. Éstos apenas se miraban como temiendo perder la luz de sus ojos. Luego de un largo silencio pidieron una tregua, un tiempo para reflexionar, pero los dioses contestaron que entre ellos había pactada una tregua y justo ésta terminaba esa tarde después del eclipse. Los hombres dieron de nuevo la espalda y regresaron a sus casas como lo indicaba el paso vigilante de la luna. Los dioses respetaron su pacto y castigaron la desobediencia. Los rayos del sol se hicieron insoportables, se extinguieron las nieves perpetuas y la tierra se anegó. En las tierras ecuatoriales la lluvia no cesó y los hombres murieron.
El día en que los dioses volvieron a comprender que su lucha siempre sería estéril, y que ninguno se daría por vencido, crearon de nuevo al hombre, está vez con mayores limitaciones, para tener en quien esconder las tristezas de la derrota, o ver en los labios y en los ojos el otro lado de la nostalgia.

Tomado de la Revista virtual Delitosmenores http://delitosmenores.com/relato.htm

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