Llegar por primera vez a una ciudad es asistir a una cita con alguien que no conocemos, pero en un lugar que creemos haber visto antes. He aquí el poder de la ciudad, su capacidad de provocación. Ella nos plantea un reto, nos propicia los espacios para que interactuemos y hagamos que en ella la vida y el movimiento perduren como resultado de nuestra intervención. Ese asombro, esa mezcla de fascinación que alcanzamos a sentir desde el otro lado, desde la llegada a un sitio aparentemente desconocido, nos revela que ella sólo va a revelarse a quien esté dispuesto a interrogarla. Por lo tanto, la ciudad no se nos muestra si no la provocamos, si en vez de transformarla permitimos que la vida transcurra estérilmente. Ella es benévola, nos traza calles, plazas, casas, ventanas, alcobas, para ver diseminar nuestra historia personal; la misma que al ser recordada refuerza la memoria de la ciudad, la vivifica y la torna accesible a quienes deseen enfrentarse a ese instante infinito que llama Pere Salabert, aquel momento cuando todo es desconocido, pero a la vez conocido, instante que nos induce a arriesgarlo todo, a dar el paso definitivo para enfrentarnos a una finitud que sólo el movimiento, la fuerza de intervención que imponga nuestra vida en la ciudad, podrá detener. Pero ¿qué actitud impone este movimiento?
Digamos que el arte, la estética fundamentada principalmente -dice Salabert- en la estesia (sensibilidad), ese otro modo de proceder, de intervenir, para perpetuar huellas, para que las calles y los lugares que nos presta la ciudad tengan un sello singular, un olor instintivo que los haga únicos en el momento de proteger lo nuestro, porque sólo así subsistirá la ciudad. La ciudad pensada de esa manera se convierte en el espacio esencial para jugar a la vida. Pero a la ciudad hay que saberle jugar, hay que descubrirle su propia historia, debemos presentarnos como recién llegados, aún sabiendo que con la imaginación ya la habíamos habitado y que en esa ciudad imaginada preferimos perpetuar las historias personales, y sobre las cuales quisiéramos volver cuando ella intente o quiera borrar el rastro de quienes decidimos abandonarla. Ese misterio de querer recoger nuestras huellas, es el vacío sufrido por los lugares que una vez conocieron la historia de quien les imprimió movimiento, y que descubrió desde la fascinación los senderos de la sensibilidad, sitios donde la ciudad se desnuda para dejarse construir y que ahora deben marcharse. No confrontarla, no explorarla de la manera como ella nos incita, nos convierte en simples observadores, en espectadores que miran el campo de juego como algo mutable y donde la actuación no tendrá sentido. Pero basta que observemos un mural, una escultura, que crucemos una esquina donde una noche el insecto de la violencia sembró en nuestra piel larvas de rencor, para que surja de nuevo el movimiento y la ciudad nos recalque que la historia es compartida. No mirar la ciudad como alteridad, hace que ella empiece a recobrarse como hilo de una cometa que perdió una tiranta cuando con poca cola quiso desafiar los vientos de agosto. Esa toma de conciencia de la ciudad real nos permitirá, como la cometa, dar vueltas y retomar el sendero de nuestra historia verdadera.
Un personaje de mis novelas reniega de la ciudad, dice que las calles por donde camina le parecen conocidas, pero que en sus pensamientos siente vacíos y yo creo que el personaje tiene razón en desdeñar de la ciudad, pues él no sabe que esos vacíos pertenecen a la realidad, que desde ellos vigilo sus pasos, sus actos y calculo cuales historias de mi vida personal puedo esconder o representar en él. Este desdoblamiento de la ciudad es el que permite que el autor y sus personajes pacten encuentros, resuelvan diferencias, y donde un movimiento en falso representa la pérdida de una historia, pérdida que será motivo suficiente para que la ciudad nos reclame lo que con ella compartimos. Siendo la vida un juego y la ciudad el escenario, el artista no debe atreverse a explicar sus obras. Por eso yo como escritor, escribo para que mis personajes se apropien de mi historia personal, para que me despojen de ella hasta hacerme sentir deshabitado y la diseminen por los lugares que la ciudad nos propicia. Es en este momento cuando salgo a recuperar mi lugar en el mundo, cuando siento la grandeza de la ciudad que nos permite recobrar la realidad y nos provoca el asombro; el reencuentro con nosotros mismos. Ciudad y personaje, como cicatrices que recuerdan bravos enemigos, me han devuelto pasajes de mi vida, historias que mi memoria creía malogradas, y es en esas historias recuperadas donde se funda la importancia de la literatura y la conservación de la conciencia humana.
Digamos que el arte, la estética fundamentada principalmente -dice Salabert- en la estesia (sensibilidad), ese otro modo de proceder, de intervenir, para perpetuar huellas, para que las calles y los lugares que nos presta la ciudad tengan un sello singular, un olor instintivo que los haga únicos en el momento de proteger lo nuestro, porque sólo así subsistirá la ciudad. La ciudad pensada de esa manera se convierte en el espacio esencial para jugar a la vida. Pero a la ciudad hay que saberle jugar, hay que descubrirle su propia historia, debemos presentarnos como recién llegados, aún sabiendo que con la imaginación ya la habíamos habitado y que en esa ciudad imaginada preferimos perpetuar las historias personales, y sobre las cuales quisiéramos volver cuando ella intente o quiera borrar el rastro de quienes decidimos abandonarla. Ese misterio de querer recoger nuestras huellas, es el vacío sufrido por los lugares que una vez conocieron la historia de quien les imprimió movimiento, y que descubrió desde la fascinación los senderos de la sensibilidad, sitios donde la ciudad se desnuda para dejarse construir y que ahora deben marcharse. No confrontarla, no explorarla de la manera como ella nos incita, nos convierte en simples observadores, en espectadores que miran el campo de juego como algo mutable y donde la actuación no tendrá sentido. Pero basta que observemos un mural, una escultura, que crucemos una esquina donde una noche el insecto de la violencia sembró en nuestra piel larvas de rencor, para que surja de nuevo el movimiento y la ciudad nos recalque que la historia es compartida. No mirar la ciudad como alteridad, hace que ella empiece a recobrarse como hilo de una cometa que perdió una tiranta cuando con poca cola quiso desafiar los vientos de agosto. Esa toma de conciencia de la ciudad real nos permitirá, como la cometa, dar vueltas y retomar el sendero de nuestra historia verdadera.
Un personaje de mis novelas reniega de la ciudad, dice que las calles por donde camina le parecen conocidas, pero que en sus pensamientos siente vacíos y yo creo que el personaje tiene razón en desdeñar de la ciudad, pues él no sabe que esos vacíos pertenecen a la realidad, que desde ellos vigilo sus pasos, sus actos y calculo cuales historias de mi vida personal puedo esconder o representar en él. Este desdoblamiento de la ciudad es el que permite que el autor y sus personajes pacten encuentros, resuelvan diferencias, y donde un movimiento en falso representa la pérdida de una historia, pérdida que será motivo suficiente para que la ciudad nos reclame lo que con ella compartimos. Siendo la vida un juego y la ciudad el escenario, el artista no debe atreverse a explicar sus obras. Por eso yo como escritor, escribo para que mis personajes se apropien de mi historia personal, para que me despojen de ella hasta hacerme sentir deshabitado y la diseminen por los lugares que la ciudad nos propicia. Es en este momento cuando salgo a recuperar mi lugar en el mundo, cuando siento la grandeza de la ciudad que nos permite recobrar la realidad y nos provoca el asombro; el reencuentro con nosotros mismos. Ciudad y personaje, como cicatrices que recuerdan bravos enemigos, me han devuelto pasajes de mi vida, historias que mi memoria creía malogradas, y es en esas historias recuperadas donde se funda la importancia de la literatura y la conservación de la conciencia humana.
La ciudad confrontada y explorada en su ambigüedad, hace que la novela sea un universo donde las palabras del narrador sean sólo indicios por los cuales el lector transite hacia encuentros inesperados, donde éste haga suya la historia, la moldee como si ella fuera el canal, el camino que requería para iniciar su propia búsqueda.
Tomado de Periódico Nexos, Universidad Eafit, Edición 103.
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