Cuando un viajero se va en
silencio es porque no le revelaron el lugar de destino, ni le entregaron la
hoja de ruta para sortear las vicisitudes que halle en el trayecto. Piensa en
el honor, en que desatender el llamado lo privará de sus tiempos iniciales, en
que logrado el objetivo podrá volver la vista atrás, descubrir que cada paso
dado fue una semilla que germinó para contribuir a la delimitación del camino y
que este servirá para que otros no pierdan el rumbo. Serán momentos para
justificar el no haberse despedido, por reservarse parte de su propia historia para
no revelar el punto de partida, porque los buenos viajeros, los que no eligen
las planicies, no se marchan para olvidar. Saben que agotar la búsqueda ordenada
por el nuevo amanecer significa renovar las luces que le brindó la naturaleza y
confirmar que nunca puso límites a su destino; porque el camino de los seres
integrales no termina.
Quienes viven la vida como
un viaje de regreso inevitable no le temen a lo intrincada que pueda parecer la
selva, ni a los riscos y menos al río que busca atemorizar al mar con sus
primeras turbulencias. Reconocen que el mar es insaciable y no se atraganta. Los
buenos viajeros no esperan que la corriente se aquiete y cuando se embarcan no
preguntan por el próximo destino. Confían en que han dejado en cada recodo
sembrados recuerdos que alejarán nostalgias y cerrarán la puerta a los abismos
que persiguen. Madrugan porque quieren conocer los últimos latidos del corazón
de las tinieblas. No les preocupa que el sol no alcance el cénit. Van
convencidos de que su misión es reconquistar el día para que la noche no
convierta en juego el resto de la travesía.
Si ves regresar un viajero
en el límite sombreado de la tarde, y no ingresa a la posada, mide en su mirada
las distancias recorridas y ayúdale con tu silencio. Si desde el patio pretende
ordenar el firmamento para un extraño espectáculo, procura guardarte las
preguntas y como él busca las respuestas detrás de bambalinas. Al bajar su
mirada dirá que aún le quedan secretos cotidianos por resolver, que quizá el
recorrido está incompleto y sonreirá al exclamar que su morada final está en
otra parte. Si alguna vez leíste a Homero, a quien su ceguera no impidió conocer
la fantasía marina, al instante reconocerás al buen viajero, a ese Odiseo que
sigue la ruta imperdible de su lejana Itaca. Si así sucede, aprovecha la
ocasión para que conozcas sus andanzas, déjalo que hable de mares, dioses,
ninfas, lestrigones, cíclopes, y de todas las riquezas que pueden conquistarse
con perseverancia y humildad. Después de su relato es inevitable que llegue el
canto de los grillos. La luna bajará el telón para que veas toda su silueta. Con
la primera nube que surque el cielo lo escucharás decir que la ausencia comienza
cuando el olvido ocupa la única silla del teatro, donde antes se sentó la soledad.
Te hablará del camino e intentará mostrarte con su índice que el horizonte es
la entrada colorida al reino del espíritu. Hará énfasis en que la tristeza
ensordece y que no permitió oír las palabras bellas que dijo a quienes
estuvieron cerca de él cuando inició el peregrinaje. Te mirará con asombro, y
alegría, porque has comprendido que no puede detenerse. Dirá que la humildad es
la llave natural que esconde el corazón para eludir el tiempo y acceder a los
secretos de la naturaleza. Si te pide que guardes los lugares que compartieron mientras
esperaban el llamado, no dudes en hacerlo; piensa en los recuerdos que a él le
ayudaron a regresar para retomar el sendero. Los recuerdos que quedan en casa,
los que acogerán su alma, harán que el camino se haga interminable y a que
siempre lo mantengas de vuelta.
En este momento del viaje procura
no retenerlo. Recuerda que antes del amanecer debe refrendar sus huellas en el
camino para que no se cierre el horizonte. Déjalo marchar, no esperes otra
despedida, resérvate las nuevas preguntas porque él ya no las necesita. Y
cuando el horizonte asome con toda su nitidez, cuando los rayos del sol
devuelvan el verdor a la naturaleza, da las gracias al viajero por ayudarte a
entender que solo después de un buen viaje comprenderemos el verdadero valor de
los recuerdos y, lo más importante, que el trayecto de la vida es el mismo para
todos.
Ana
Joaquina Valdés, guárdame en tu corazón el espacio que
ocuparía un calendario de bolsillo en una casa de cinco alcobas.
René
Jaramillo Valdés.
Medellín, diciembre 21 de 2016
No hay comentarios:
Publicar un comentario