domingo, 29 de octubre de 2017

Freddy Téllez, el aventurero del yo.


Por: René Jaramillo Valdés.

Sigo pensando que los únicos viajes que no terminan son aquellos que emprendemos hacia nosotros mismos. En la mayoría de estas búsquedas los hechos cercanos obnubilan y su resplandor prolonga las orillas del sendero para indicarnos lo lejos que estamos de alcanzar el reencuentro. Pero estar consciente de este fracaso hace que continuemos explorando los secretos que animan la vida y saltar los vacíos que nos impone nuestra propia historia.
Un mes antes de la Fiesta del Libro de la ciudad, Freddy Téllez me escribió para ponerme al tanto de la presentación de su novela “individuo Errante”, que había publicado la editorial Sílaba, y se mostró interesado en que nos reuniéramos en esos días que iba a estar en Medellín. Le respondí que sí, que nos veríamos para que habláramos de libros y de los avatares que conforman los días.

Tuve tiempo de recordar el encuentro anterior con mi amigo en la librería El Acontista, durante la presentación de la segunda novela “El docto y el imbécil”, de la trilogía “El aventurero del yo”. En medio del barullo de los asistentes al evento hablamos de su libro “Filosofía y extramuros”, publicado en 1999, por la editorial Eafit. Le confirmé el entusiasmo que me había suscitado la obra, quizá porque estaba a meses de licenciarme en Filosofía y Letras, en la Universidad Santo Tomás de Aquino. Entre lectores, y conocidos furtivos, pudimos mencionar inquietudes literarias, personajes fallidos y aquellos que habían logrado salir de las páginas y ponerse en boca de quienes agradecían las historias, porque les ayudaron a recomponer sus vidas. Lo escuchado esa noche de tertulia, días después, me hizo reflexionar sobre el poder de las palabras y en la forma como éstas maniataban el corazón de los hombres, hasta hacerlos perder en la maraña de sus ambiciones. Pensé en cómo la imaginación sacudía la realidad para que el arte, con su serenidad, le devolviera los colores y movimientos; para que siguiéramos confiando en ella. Como conclusión de aquella noche de abril de 2014, escribí que los libros son puentes extensos y frágiles desde donde, sin temores, se pueden contemplar todos los abismos, incluyendo los más profundos; los propios.
El Ser aventurero, silencioso, y huidizo de mi amigo me llevó a releer los escasos correos electrónicos que nos habíamos escrito. Lo imaginé cruzando fronteras europeas, huyendo de soledades siempre inesperadas, pensando en volver a América para fortalecer sus raíces y buscando escenas entre sus libros que le devolvieran el sabor de su terruño. Releí capítulos del libro “Filosofía y extramuros”, extracté fragmentos que me sirvieran de puente mientras él estuviera en la ciudad y me dije que las ciudades, en su sabiduría, extractaban la mejor esencia de cada ser humano que las visitaba para ayudarle a encontrar el rumbo. Me dije que quizá él estaba destinado a reconstruir su historia desde lugares inhóspitos, donde despojarse de miedos lo fortalecería para volver a empezar.     
“La errancia exílica es una búsqueda de identidad en cuanto desplazamiento sin fin y sin centro, que hace de la distancia y la geografía un vagar incesante, al igual que el cuestionamiento que la acompaña. Una vez llegado adonde se quería, se vuelve a partir, porque adonde se llega siempre, no es nunca “el lugar”. Releí. A esto volvía Freddy a Medellín, a renovar su historia, a entrar en comunión con sus calles para que sus huellas las conservara el tiempo y pudiera regresar cada vez que necesitara reforzar los lazos con la ciudad.
El domingo 10 de septiembre a las 6:30 de la noche, mi amigo entró al auditorio, “El Colombiano Orquideorama”, acompañado de Lina María Pérez Gaviria y de Efrén Giraldo, quienes presentaban sus libros, publicados por la misma editorial. La conversación giró en torno a “El personaje del artista en la literatura: ¿identidades en cuestión?”. Cada pregunta hecha por la interlocutora hizo que los autores se acercaran a los rastros de animal preciado, y perseguido por la soledad, que deambulaban por sus obras. Los instó a que se hicieran visibles, a mostrarse desde el puente cálido y sensible en que se convertían los libros, cuando en éstos se graban las verdades que el corazón espera que otros conozcan. Identidades que los pueblos requieren para hacer de los transeúntes sus moradores perpetuos. Los escritores, a veces, respondieron con vaguedad, pero conscientes de que los pasos que daban eran los mismos que transitaban por sus libros.
Terminada la charla me acerqué a Freddy, le presenté a mi esposa y nos retiramos a tomar un refresco en la caseta que había al costado del auditorio. Conversamos de la organización de la Fiesta del Libro, de su regreso a Suiza. Nos despedimos. Yo debía madrugar a trabajar. Quedamos en contactarnos antes de él viajar a Bogotá, donde debía cumplir otros compromisos culturales.
En casa hojeé el libro de Freddy “Individuo Errante Falah Mengu,” que compré durante el evento. Observé la imagen gris de la carátula, el hombre de barro que apenas iniciaba la reconstrucción de su sombra, el peso del gabán que no dejaba dar pasos perfectos y el rostro que se perdía debajo del sombrero. Recordé el tema de la Fiesta del Libro “Identidades”, a Brasil, el país invitado y pensé que los libros tejen caminos que en muchas ocasiones sólo pueden transitar los corazones donde mora el bien, donde las puertas del espíritu permanecen abiertas. Me dije que las tragedias y sentimientos que guardan los cuentos y novelas no tienen otro fin que ayudarnos a esquivar distancias innecesarias y terrenos escarpados, y que nada fortalece más a las ciudades que revelar las cualidades de sus habitantes.
Freddy me llamó el jueves y concertamos la cita para el día siguiente. Insistió que quería visitar el centro de la ciudad. Confirmamos la hora, el sitio del encuentro, le recomendé tomar el Metro y bajarse en la estación Parque Berrío. Instantes después recordé otro de los apartes que había subrayado en “Filosofía y extramuros” y fui a leerlo, pues de cierta manera contradecía lo que mi amigo esperaba vivir al desplazarse por la ciudad: esperaba reconquistarla. “Contrariamente al callejeo o al paseo, la errancia no es nunca un placer. Es una obligación a la cual sucumbimos sin saber por qué, arrojados fuera de nosotros mismos. No conduce a ninguna parte. Ella es fracaso”, (Bernard Delvaille). Volví a recordar mi tesis de que los libros que cada autor escribe el tiempo los conserva como opciones de vida para hacer frente al olvido.
Freddy descendió por las escaleras de la estación con el morral ajustado al pecho. Acordamos caminar por Junín y visitar la repostería “Astor”, donde podríamos conversar con tranquilidad. Me contó que estaba hospedado en la casa de su editora en Colombia, en Sabaneta, que la pensión que disfrutaba le permitía dedicarse de tiempo completo a la literatura y que, cuando no lo ocupaba la creación, traducía sus libros, ya que había conseguido editor para el idioma francés. Allí pudimos charlar como dos anónimos que transitaban por los senderos inéditos que propiciaba el arte, la escritura, y que desde el mismo puente podíamos observar la infinidad de abismos que esperaban a nuestros personajes.
Terminamos de beber el jugo que habíamos pedido y salimos hacia el Parque de Bolívar, lugar donde anidaban algunos de sus recuerdos. No nos detuvimos a atender los ofrecimientos de los vendedores ambulantes ni estacionarios. Lo advertí de la otra ciudad que emergía después de las seis de la tarde, la Medellín que veía luces mientras navegaba en sombras. Nos paramos frente al monumento al Libertador, para contemplar la imponencia del caraqueño, rememorar sus tempranas, y justas, hazañas libertarias, pero el olor a marihuana nos hizo aligerar el paso. Las puertas de la Catedral Metropolitana estaban abiertas. Después de la alharaca que las sombras de los árboles esperaban apaciguar, nos aguardaba el silencio y el recogimiento. “Entramos”, dijo mi amigo. Entremos, respondí. Una procesión con la virgen se desplazaba por la nave izquierda del templo. Las oraciones se recubrían con incienso y se elevaban en ecos que todos parecían repetir. Rezaban el Santo rosario. “Hacía mucho tiempo no presenciaba una ceremonia religiosa”, dijo Freddy, después de tomar fotografías de aquellos momentos luminosos y solemnes. En el atrio no guardó la cámara, ya la cargaba con menos prevención. Tomó fotografías panorámicas del parque y volvimos a cruzarlo para volver al pasaje Junín.

Al llegar a la Playa decidimos visitar el parque de las esculturas. Junto a las obras del maestro Fernando Botero, Freddy se sintió en ambiente europeo. De nuevo la cámara giró en todas direcciones. Este fue el momento en que lo vi olvidarse del tiempo, miraba desprevenido los alrededores, que ahora le eran más familiares.
Acompañé a Freddy hasta la estación Parque Berrío. Antes de subir las escaleras quiso tomar una fotografía a la Gorda Botero, pero el hombre que estaba sentado en la base de la escultura, quizá avergonzado, se lo impidió. Nos despedimos y tomamos rumbos distintos, él hacia el sur y yo hacia la estación Caribe.         
Algunos encuentros hacen que veamos las ciudades desde otros ángulos, que descubramos en ellas alientos de vida que para la mayoría de transeúntes son imperceptibles, pasan como el viento. La belleza sucumbe fácilmente ante el barullo y el afán por la supervivencia. Sus calles y avenidas no son más que senderos cotidianos que acortan el regreso a casa, pero nos distancian de la historia, de los instantes que aquella quiere que compartamos juntos. La cámara de Freddy captó instantes donde espera reacomodar sus recuerdos y así sellar acuerdos que cada hombre pacta con los pueblos que le permiten contemplar lo más profundo de su espíritu. El artista, como el buen arquitecto, le interesa el conjunto, la impresión que deja su obra en el alma de quien se detiene a observarla. Las piezas fotográficas que mi amigo pudo recuperar, guiado por los recuerdos, son prueba fehaciente de que las ciudades tienen memoria, que en su espíritu mora la historia escrita en compañía y que conservar la identidad se hace fácil cuando en ellas permitimos que fluya la vida, el arte; ese puente invisible y perfecto para el que no existe el tiempo ni las distancias. Nuestro puente, los libros, por los cuales cruzamos ciudades y afrontamos sus abismos, nos hicieron entender que el exilio, como el arte, sitúa al hombre al otro extremo del mundo para mantenerlo en constante reconquista de sí mismo, de su espíritu.    
                                                                                                                                            Fin.

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