Por: René Jaramillo Valdés.
Sigo pensando que los únicos
viajes que no terminan son aquellos que emprendemos hacia nosotros mismos. En
la mayoría de estas búsquedas los hechos cercanos obnubilan y su resplandor
prolonga las orillas del sendero para indicarnos lo lejos que estamos de
alcanzar el reencuentro. Pero estar consciente de este fracaso hace que continuemos
explorando los secretos que animan la vida y saltar los vacíos que nos impone
nuestra propia historia.
Un mes antes de la Fiesta del
Libro de la ciudad, Freddy Téllez me escribió para ponerme al tanto de la
presentación de su novela “individuo Errante”, que había publicado la editorial
Sílaba, y se mostró interesado en que nos reuniéramos en esos días que iba a
estar en Medellín. Le respondí que sí, que nos veríamos para que habláramos de
libros y de los avatares que conforman los días.
Tuve tiempo de recordar el
encuentro anterior con mi amigo en la librería El Acontista, durante la presentación
de la segunda novela “El docto y el imbécil”, de la trilogía “El aventurero del
yo”. En medio del barullo de los asistentes al evento hablamos de su libro
“Filosofía y extramuros”, publicado en 1999, por la editorial Eafit. Le
confirmé el entusiasmo que me había suscitado la obra, quizá porque estaba a
meses de licenciarme en Filosofía y Letras, en la Universidad Santo Tomás de
Aquino. Entre lectores, y conocidos furtivos, pudimos mencionar inquietudes
literarias, personajes fallidos y aquellos que habían logrado salir de las
páginas y ponerse en boca de quienes agradecían las historias, porque les
ayudaron a recomponer sus vidas. Lo escuchado esa noche de tertulia, días
después, me hizo reflexionar sobre el poder de las palabras y en la forma como
éstas maniataban el corazón de los hombres, hasta hacerlos perder en la maraña
de sus ambiciones. Pensé en cómo la imaginación sacudía la realidad para que el
arte, con su serenidad, le devolviera los colores y movimientos; para que
siguiéramos confiando en ella. Como conclusión de aquella noche de abril de
2014, escribí que los libros son puentes extensos y frágiles desde donde, sin
temores, se pueden contemplar todos los abismos, incluyendo los más profundos;
los propios.
El Ser aventurero, silencioso,
y huidizo de mi amigo me llevó a releer los escasos correos electrónicos que
nos habíamos escrito. Lo imaginé cruzando fronteras europeas, huyendo de
soledades siempre inesperadas, pensando en volver a América para fortalecer sus
raíces y buscando escenas entre sus libros que le devolvieran el sabor de su
terruño. Releí capítulos del libro “Filosofía y extramuros”, extracté
fragmentos que me sirvieran de puente mientras él estuviera en la ciudad y me
dije que las ciudades, en su sabiduría, extractaban la mejor esencia de cada
ser humano que las visitaba para ayudarle a encontrar el rumbo. Me dije que
quizá él estaba destinado a reconstruir su historia desde lugares inhóspitos,
donde despojarse de miedos lo fortalecería para volver a empezar.
“La errancia exílica es una
búsqueda de identidad en cuanto desplazamiento sin fin y sin centro, que hace
de la distancia y la geografía un vagar incesante, al igual que el
cuestionamiento que la acompaña. Una vez llegado adonde se quería, se vuelve a partir,
porque adonde se llega siempre, no es nunca “el lugar”. Releí. A esto volvía
Freddy a Medellín, a renovar su historia, a entrar en comunión con sus calles
para que sus huellas las conservara el tiempo y pudiera regresar cada vez que
necesitara reforzar los lazos con la ciudad.
El domingo 10 de septiembre a
las 6:30 de la noche, mi amigo entró al auditorio, “El Colombiano
Orquideorama”, acompañado de Lina María Pérez Gaviria y de Efrén Giraldo,
quienes presentaban sus libros, publicados por la misma editorial. La
conversación giró en torno a “El personaje del artista en la literatura:
¿identidades en cuestión?”. Cada pregunta hecha por la interlocutora hizo que
los autores se acercaran a los rastros de animal preciado, y perseguido por la
soledad, que deambulaban por sus obras. Los instó a que se hicieran visibles, a
mostrarse desde el puente cálido y sensible en que se convertían los libros,
cuando en éstos se graban las verdades que el corazón espera que otros
conozcan. Identidades que los pueblos requieren para hacer de los transeúntes sus
moradores perpetuos. Los escritores, a veces, respondieron con vaguedad, pero
conscientes de que los pasos que daban eran los mismos que transitaban por sus
libros.
Terminada la charla me acerqué
a Freddy, le presenté a mi esposa y nos retiramos a tomar un refresco en la
caseta que había al costado del auditorio. Conversamos de la organización de la
Fiesta del Libro, de su regreso a Suiza. Nos despedimos. Yo debía madrugar a
trabajar. Quedamos en contactarnos antes de él viajar a Bogotá, donde debía
cumplir otros compromisos culturales.
En casa hojeé el libro de
Freddy “Individuo Errante Falah Mengu,” que compré durante el evento. Observé
la imagen gris de la carátula, el hombre de barro que apenas iniciaba la reconstrucción
de su sombra, el peso del gabán que no dejaba dar pasos perfectos y el rostro
que se perdía debajo del sombrero. Recordé el tema de la Fiesta del Libro
“Identidades”, a Brasil, el país invitado y pensé que los libros tejen caminos
que en muchas ocasiones sólo pueden transitar los corazones donde mora el bien,
donde las puertas del espíritu permanecen abiertas. Me dije que las tragedias y
sentimientos que guardan los cuentos y novelas no tienen otro fin que ayudarnos
a esquivar distancias innecesarias y terrenos escarpados, y que nada fortalece
más a las ciudades que revelar las cualidades de sus habitantes.
Freddy me llamó el jueves y
concertamos la cita para el día siguiente. Insistió que quería visitar el
centro de la ciudad. Confirmamos la hora, el sitio del encuentro, le recomendé
tomar el Metro y bajarse en la estación Parque Berrío. Instantes después
recordé otro de los apartes que había subrayado en “Filosofía y extramuros” y
fui a leerlo, pues de cierta manera contradecía lo que mi amigo esperaba vivir
al desplazarse por la ciudad: esperaba reconquistarla. “Contrariamente al
callejeo o al paseo, la errancia no es nunca un placer. Es una obligación a la
cual sucumbimos sin saber por qué, arrojados fuera de nosotros mismos. No
conduce a ninguna parte. Ella es fracaso”, (Bernard Delvaille). Volví a
recordar mi tesis de que los libros que cada autor escribe el tiempo los
conserva como opciones de vida para hacer frente al olvido.
Freddy descendió por las
escaleras de la estación con el morral ajustado al pecho. Acordamos caminar por
Junín y visitar la repostería “Astor”, donde podríamos conversar con
tranquilidad. Me contó que estaba hospedado en la casa de su editora en
Colombia, en Sabaneta, que la pensión que disfrutaba le permitía dedicarse de tiempo
completo a la literatura y que, cuando no lo ocupaba la creación, traducía sus
libros, ya que había conseguido editor para el idioma francés. Allí pudimos
charlar como dos anónimos que transitaban por los senderos inéditos que
propiciaba el arte, la escritura, y que desde el mismo puente podíamos observar
la infinidad de abismos que esperaban a nuestros personajes.
Terminamos de beber el jugo
que habíamos pedido y salimos hacia el Parque de Bolívar, lugar donde anidaban
algunos de sus recuerdos. No nos detuvimos a atender los ofrecimientos de los
vendedores ambulantes ni estacionarios. Lo advertí de la otra ciudad que
emergía después de las seis de la tarde, la Medellín que veía luces mientras
navegaba en sombras. Nos paramos frente al monumento al Libertador, para
contemplar la imponencia del caraqueño, rememorar sus tempranas, y justas, hazañas
libertarias, pero el olor a marihuana nos hizo aligerar el paso. Las puertas de
la Catedral Metropolitana estaban abiertas. Después de la alharaca que las sombras
de los árboles esperaban apaciguar, nos aguardaba el silencio y el
recogimiento. “Entramos”, dijo mi amigo. Entremos, respondí. Una procesión con
la virgen se desplazaba por la nave izquierda del templo. Las oraciones se
recubrían con incienso y se elevaban en ecos que todos parecían repetir.
Rezaban el Santo rosario. “Hacía mucho tiempo no presenciaba una ceremonia
religiosa”, dijo Freddy, después de tomar fotografías de aquellos momentos
luminosos y solemnes. En el atrio no guardó la cámara, ya la cargaba con menos
prevención. Tomó fotografías panorámicas del parque y volvimos a cruzarlo para
volver al pasaje Junín.
Al llegar a la Playa decidimos
visitar el parque de las esculturas. Junto a las obras del maestro Fernando
Botero, Freddy se sintió en ambiente europeo. De nuevo la cámara giró en todas
direcciones. Este fue el momento en que lo vi olvidarse del tiempo, miraba
desprevenido los alrededores, que ahora le eran más familiares.
Acompañé a Freddy hasta la
estación Parque Berrío. Antes de subir las escaleras quiso tomar una fotografía
a la Gorda Botero, pero el hombre que estaba sentado en la base de la escultura,
quizá avergonzado, se lo impidió. Nos despedimos y tomamos rumbos distintos, él
hacia el sur y yo hacia la estación Caribe.
Algunos encuentros hacen que
veamos las ciudades desde otros ángulos, que descubramos en ellas alientos de
vida que para la mayoría de transeúntes son imperceptibles, pasan como el
viento. La belleza sucumbe fácilmente ante el barullo y el afán por la
supervivencia. Sus calles y avenidas no son más que senderos cotidianos que
acortan el regreso a casa, pero nos distancian de la historia, de los instantes
que aquella quiere que compartamos juntos. La cámara de Freddy captó instantes
donde espera reacomodar sus recuerdos y así sellar acuerdos que cada hombre
pacta con los pueblos que le permiten contemplar lo más profundo de su
espíritu. El artista, como el buen arquitecto, le interesa el conjunto, la
impresión que deja su obra en el alma de quien se detiene a observarla. Las
piezas fotográficas que mi amigo pudo recuperar, guiado por los recuerdos, son prueba
fehaciente de que las ciudades tienen memoria, que en su espíritu mora la
historia escrita en compañía y que conservar la identidad se hace fácil cuando
en ellas permitimos que fluya la vida, el arte; ese puente invisible y perfecto
para el que no existe el tiempo ni las distancias. Nuestro puente, los libros,
por los cuales cruzamos ciudades y afrontamos sus abismos, nos hicieron
entender que el exilio, como el arte, sitúa al hombre al otro extremo del mundo
para mantenerlo en constante reconquista de sí mismo, de su espíritu.
Fin.
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