SOBRE
LA NOVELA EL
COLOR DE LA MADRUGADA,
DE
RENÉ JARAMILLO VALDÉS
Una
novela en la cual un adulto habla por la boca de un niño y narra la
historia de su familia en un “periplo” de tiempo que en la novela
transcurre sin cronología, pero que es muy entendible al lector.
Es un lento recorrido desde la niñez hasta la edad adulta, a través
de caminos de falencia, de angustia, de temor y en algunas ocasiones
de desesperanza, dada la época en que se desarrolla la historia,
cuando aún las heridas de la violencia fomentada por los partidos
políticos, no había sanado y apenas empezaba el ensayo del Frente
Nacional.
Llama
la atención la forma como el escritor, René Jaramillo Valdés, a
través de su personaje describe la incesante lucha por la
subsistencia, precaria en lo físico, pero sin decaer en la lucha y
sin perder en ningún momento la ilusión de un futuro mejor.
Las
lágrimas son un común denominador en todo el trámite de la
narración y son conmovedoras, porque son las mujeres y
especialmente la madre, quien más las derrama.
Para
resaltar como lo básico y que merece la atención del lector, los
sueños de un hombre que lucha por unos ideales que él llama
libertad, incomprendidos para muchos que se convierten en sus
opositores, pero apoyado por su círculo familiar más íntimo,
-madre, suegra, esposa e hijos, que nunca desfallecen y están a
su lado sin ninguna reserva y lo más conmovedor es que de ninguno de
ellos escucha una crítica por la forma como dilapida su fortuna
y su tiempo, en busca de un objetivo, que nadie le agradece.
Ese
largo camino hacia la libertad, marca su destino y el del resto de
la familia y se convierte en una carga demasiado pesada para llevar
en los hombros y que al final significa tener que abandonar el lugar
que lo había visto nacer, arrastrando con él a su sufrida esposa y
a toda su descendencia.
Los
términos coloquiales que se utilizan en toda la novela, ayudan a
recordar esas palabras campesinas que lentamente se han evaporado del
idioma y han sido sustituidas por otras palabras cuyo significado
pueden decir lo mismo, pero que sin duda no tienen el mismo sabor.
Esas palabras y algunas de las escenas narradas, me hicieron volver
a la época de mi juventud cuando corretear por el campo, era un lujo
al que no le “parábamos bolas”.
La
novela no tiene ratos felices, todos los episodios y anécdotas
transmiten la lucha incesante de los seres humanos cuyas vivencias
existenciales, de una u otra forma enfocan más la lucha por lograr
una subsistencia digna, que la satisfacción de haberla logrado.
Donde
es más notorio este aspecto es cuando la familia se traslada a vivir
a la ciudad de Medellín, en un ambiente que para un pueblerino
siempre será hostil y es porque las preocupaciones aumentan, ya no
se trata solamente de subsistir, de pagar un arriendo, de mercar, en
fin, de tener lo básico, son muchas cosas: es perder la identidad y
convertirse en un desconocido para la mayoría de las personas, es
la inseguridad y es la ingratitud marcada de las personas que antes
te necesitaban, como el caso de los políticos narrados por el
escritor.
Los
personajes individualmente tienen comportamientos disímiles, las
hermanas siempre dispuestas a ayudar a la familia, pese a que
desde muy temprana edad buscan destetarse del hogar buscando el
camino más incierto, el del matrimonio.
La
persona que se roba la atención en la última parte de la novela es
“Pacho”, cuyo comportamiento en la narración, cambia de
protector a destructor. Después de extenderle la mano a Luis, su
padre, para que consiguiera sin dificultades el sustento de la
familia, se convierte en una pesadilla para los suyos por la forma de
beber y despilfarrar el capital del negocio.
En
mi caso como lector me quedé con las ganas de saber si algún día
dejó de beber.
Tal
vez indirectamente René Jaramillo Valdés, cuando escribió esta
novela, mostrando las peripecias y angustias de “su familia”
durante casi veinte años y esa evocación que se transluce en
sentimiento de amor y gratitud hacia un padre y una madre, que en el
contexto como lo conocemos, no eran importantes fuera de su entorno
familiar, pero que sí estaban sembrados con unas raíces profundas e
inamovibles en el corazón de sus hijos, que los amaban con toda la
fuerza de la sangre, que es el activo más importante que puede tener
una familia, lo que buscaba era escribir la historia de miles de
familias anónimas que por avatares de la vida tuvieron que
emprender el mismo camino de los protagonistas del “Color
de la Madrugada”.
Así
lo siento, porque ese también fue el caso de mi familia.
TALLER
PLUMA CHAMÍ
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