Sinfonía
Cubana 1
Allegro
ma non Troppo
Por: René
Alfonso Jaramillo Valdés.
Esta primera novela de la
trilogía Sinfonía Cubana, escrita por Jorge Luis Camacho, cuenta la
historia de la familia Robles–Serra, propietaria del central azucarero La Rosa,
empresa que a la llegada de la revolución se encuentra en proceso de ampliación
y planeando desligarse del monocultivo.
El dictador Fulgencio Batista
abandona el país y cede el poder al movimiento 26 de julio, comandado por Fidel
Castro. Los gritos de libertad y de júbilo soplan en la isla caribeña. El
pueblo siente en el ímpetu de los rebeldes la llegada de los cambios sociales,
económicos y humanos que siempre han soñado. En las calles de La Habana todo es
jolgorio y en el rostro de los citadinos la alegría y la sorpresa hacen
entender que la espera silenciosa valió la pena. Marchas, arengas y pancartas
recuerdan los años de litigios con España y la Guerra Grande o guerra de los
diez años. Las inclemencias sufridas durante la dictadura de Batista, en el
poder desde 1952, después de derrocar a Carlos Prío Socarrás, las carencias y
desconocimiento de las necesidades vitales se fueron convirtiendo en un extenso
puente entre el pueblo y el movimiento liderado por Fidel Castro.
Fernando Andrés Robles-Serra
dirige La Rosa y con su esposa Sonia y sus hijos (Rodrigo y Patricio) empiezan
a ver tambalear el emporio económico construido por sus ancestros, según el
legado dejado por escrito en los libros destinados a la conservación del legado
familiar. Con el cambio político en la isla también salen a flote las falencias
de los Robles- Serra. La enfermedad de Libertad, esposa de Rodrigo, por
momentos les hace olvidar la afectación colectiva, cuyos síntomas levemente han
percibido los dueños de plantaciones de caña y propietarios de empresas. Aunque
los Robles-Serra siempre se han mantenido al margen de la política las
decisiones abruptas de los nuevos dueños del poder les causa dolores
inesperados, éstos ya en el alma. El cáncer que sufre Libertad, que a veces
deja espacios para la lucidez, les maltrata el corazón, pero el ataque a la
constitución y a la economía del país y de las familias, les oprime el alma. La
imposición de las normas revolucionarias, del manifiesto comunista, destruyen
la constitución de 1940 y “reviven” la pena de muerte. Las violaciones a los
Derechos Fundamentales del hombre hacen que aumente la incertidumbre y la
sociedad cubana, los que no son abogados de la REVOLUCIÓN, se ve obligada a salir
en busca de otros horizontes. Esta primera novela de la trilogía termina con la
fiesta fin de año, 31 de diciembre, y el amanecer del día uno de 1960, cuando
la mayoría de la población espera un milagro, el despertar real de esa larga
pesadilla que fue 1959, denominado por ellos, los barbudos, como el año de la
liberación.
Los fracasados intentos de Fidel
Castro de exportar la revolución a Panamá, República Dominicana y Haití llevó a
estas naciones a romper relaciones diplomáticas con el gobierno de la isla.
Dichos desaciertos alertaron a los pobladores de que desde el exterior también
comenzaban a extinguirles la libertad. Algunos sospecharon lo que se veía
llegar, entre ellos Patricio quien dice a su padre, casi a manera de
pronóstico: “La Historia, papá, la Historia. Sin dudas preparan las condiciones
para matar algunos individuos que consideran molestos. Deshacerse de los
miembros del antiguo régimen capaces de representar un peligro es un clásico,
pasa siempre en las revoluciones”. La captura de Huber Matos, en Camagüey, la
condena a veinte años de prisión; y la misteriosa desaparición de Camilo
Cienfuegos son muestra fehaciente de lo que espera a quienes se interpongan al
poder del “pueblo”. Aparte de las ejecuciones perpetradas en La Cabaña por
Ernesto Guevara, futuro director del Banco Nacional de Cuba, a la inestabilidad
social se sumó la ley de expropiación por delitos políticos. Lo ocurrido en La
Cabaña, fortaleza comandada por el argentino, puede resumirse con sus propias
palabras: “Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial
es innecesaria. Esos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es
una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de
matar motivado por el odio”. Es una época durante la cual a los retenidos los
juzgan los jueces militares, pero la sentencia es “dictada” por Fidel Castro.
En la novela el lector halla
disgregada la historia del líder del movimiento 26 de julio. Se habla de su
profesión de abogado, del asalto al Cuartel Moncada el seis de enero de 1953, del
viaje en el yate Granma, del desembarco y la incursión en La Sierra Maestra, de
la doble vía de sus palabras, de su actuar deslealtad con quienes lo ayudaron a
derrocar a Batista. Sorprende la suspicacia del líder para desplazarse entre la
sombra que arrastra el presidente Manuel Urrutia y como se viste el gabán de
dictador hasta absorber a su enemigo. El somnífero de la revolución no les
permite ver el corazón de la fruta, distinguir que aparte del color de la
corteza lo esencial es el sabor. Fidel lanzó voces en todas direcciones
pregonando que no era comunista y consiguió mantener audible el canto de
sirena, tanto que ensordeció a quienes la revolución nubló la visión y apenas
comenzaron a despertar cuando pospusieron las elecciones prometidas por el
mismo líder. Muchos paseantes vieron más allá del malecón, de las avenidas aún
eufóricas y veían aguas planas e interminables que a simple vista sólo podía
transitar la esperanza colectiva. Quienes sospecharon de la llegada del “comunismo”
observaban en el mar ya no esa planicie alcanzable sino el abismo que se
tragaba cualquier asomo de grandeza. Los Robles- Serra sienten que las cifras
de la economía se derrumban, que los esfuerzos por sostener la igualdad del
peso cubano y el dólar a nivel internacional serán inútiles. “Los que se
regocijan hoy, verán al fin la arena tras el espejismo. Sedientos para
entonces, contrastarán que los rodea el desierto, pero será tarde. La ilusión
popular de la bonanza revolucionaria se habrá convertido en rictus”, piensa
Rodrigo.
El nuevo poder en la isla no
tiene contradictores a la vista y quien quiera levantar la mano para señalar el
horizonte cercano se arriesga a perder el brazo. A los Robles-Serra lentamente
les va llegando la sombra del desencanto. Emerge la opción de abandonar la
isla, vender La Rosa antes de que el Instituto Nacional de Reforma Agraria dé
las tierras en usufructo a los campesinos. Se habla de que la revolución quiere
indemnizar a los inversionistas extranjeros con bonos del Estado, a veinte años,
y la negativa de éstos ajustan más las puertas. La situación económica apenas
deja la luz que genera la esperanza del cambio prometido. Fernando, el padre, cuando
ve partir a Rodrigo se pregunta, ¿tengo derecho a sacrificar el futuro por
fidelidad al pasado? En los libros que han escrito los administradores
anteriores hay una leve luz que no dejará que se apague la tradición, irradia
distante, pero es la única capaz de guardarles la ilusión de regresar a
continuar con la tradición familiar en La Rosa.
Aunque el cáncer que padece
Libertad mueve sus garras silenciosamente no deja de recordarle la finitud de
la vida. A ella la motiva más el bienestar de su hijo Julio que su propia salud.
A veces cuestiona el apego y con delicadeza le recuerda a su esposo Rodrigo:
“Tener es temer, amor. Tenemos miedo porque nos aferramos a las cosas y a las
personas imposibles de poseer. Al adquirir bienes y poder, por grandes o
pequeños que sean, adquirimos también el temor de perderlos y la constante
preocupación de velar por ellos. Nos convertimos en víctimas de nuestra
ambición. Igual sucede con la familia: quien posee teme, querido; quien ama,
también”. El desmoronamiento de la familia no se detiene y los recuerdos que
guardan de La Rosa los lleva a preguntarse qué ha significado la empresa en sus
vidas y Julio en una de sus visitas piensa: “La Rosa es un gigante con nombre
de flor, donde sudan los hombres, chocan los hierros, arde el fuego, ensordece
el estruendo, se destrozan las plantas… Y todo para hacer dulce”. El niño
estudia piano y en él están puestos los ojos para que continúe la tradición,
administre la empresa, pero una cosa es el soplo del viento y otra la melodía
que le sacan los obstáculos, las barreras que a veces impone la vida. En él
convergen muchos diálogos, se cierran escenas, se entrelazan situaciones que
gestan reflexiones, cuestionamientos que hacen que el lector olvide, por
instantes, la molienda, la siembra, el corte de los tallos, el transporte y el
fin de la zafra. Es interesante y humano el diálogo que el niño mantiene con el
sartenero a la salida de la escuela de música y cómo comprende que lo auténtico
viaja por la sangre naturalmente y el cuerpo lo transporta con maestría. Se
siente atraído por la ejecución de los instrumentos, constata que la música
está implícita en cada ser humano, que la alegría y la tristeza cuando se
comparten en el diálogo íntimo hacen que el arte aniquile las diferencias y
hace olvidar el valor de las notas en el pentagrama de la existencia, que dos
notas negras no son más equivalentes a una blanca.
Este primer movimiento de la
trilogía Sinfonía Cubana muestra con claridad que lo visible se impone a
lo posible. En la revolución, el recuerdo, el pasado, sirve de muralla para
contener la tormenta que intenta lanzarlos al mar de los sargazos. Encontramos
en estas páginas momentos poéticos, monólogos, distintos planos narrativos,
incisos históricos, escenas de corte teatral, microrrelatos que hacen cambiar
el ritmo de la lectura y convierten la obra en una sucesión de vacíos que no
agotan la respiración. Estos referentes culturales, y el religioso, conforman
la atmósfera precisa para desarrollar la ruptura social y política que puso a
la isla en primer plano a nivel mundial y quizás en ejemplo para tantos jóvenes
hispanoamericanos que sintieron cercano y posible el límite máximo de la
libertad.
El equilibrio que se observa a
lo largo de la novela quizá se debe a la distancia que el autor mantuvo al
narrar los eventos y al compromiso de fidelidad con los datos históricos. Es un
drama contado desde el alma, con objetividad. Leerla es presenciar un
espectáculo desde la barrera, pero con la certeza de que en cualquier instante nos
corresponda saltar al ruedo y hacernos partícipes de esa despedida interminable
en que se convierte el desarraigo. La nostalgia que cubre un corazón agobiado
asfixia y no deja escuchar nuestra voz. Aquí el dolor de familia Robles- Serra
es la despedida de un puerto conocido hacia tierras de las que parece imposible
el regreso y si éste se da el alma no brillará igual, pues las raíces abandonadas
ya las habrá secado el olvido. La novela, Allegro ma non troppo, es
afortunada por su estructura, porque tiene variedad de voces y ritmos. Su
lectura nos deja a la espera de las otras dos puertas para poder contemplar la
magnitud del horizonte que hallaron los personajes enviados a la errancia.
René
Alfonso Jaramillo Valdés

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